miércoles, 14 de febrero de 2018

Etapa 45 (402) Rotterdam-Ter Heijde


Etapa 45 (402) 28 de julio de 2013, domingo.
Rotterdam-Schiedam-Vlaardingen-Maassluis-Hoek van Holland-Ter Heijde.

Amanecer en el stayokay. Rotterdam.
Me despierto poco después de las seis. Pero no tengo prisa, puesto que entre semana es antes pero, los fines de semana, retrasan el desayuno media hora y lo dan entre las 8:00 y las 10:00. Me levanto, lavo, visto y, para poco después de las siete, salgo del dormitorio. En vista de que tengo que esperar, bajo a recepción para escribir el diario, puesto que en la habitación, con los durmientes y sin mesa adecuada, no tengo condiciones para hacerlo. Pero abajo, veo los ordenadores libres y me dispongo a leer el correo y borrar lo que no necesito guardar. No puedo acceder a Internet, puesto que hace falta una clave para entrar. El guarda de noche me dice que a él no le diga nada, que ya ha terminado su servicio, y que se lo comente a la entrante. Ella me dice que el servicio es de pago. Le digo que, siendo de la misma organización que el de Domburg, el de allí era gratuito. Cuando, por fin, acaba entendiendo lo que le estoy diciendo, me responde: “distinto manager”. Me retiro a mesa mejor iluminada, pero con balcón abierto, por el que entra demasiado aire fresco. Para colmo, el aire acondicionado aporta aún más frío.

Desayuno y despedida.
Escribo mucho del día de ayer, pero abandono al dar las ocho y abrir el comedor. Soy de los primeros en entrar al comedor y bebo tres zumos de naranja con los que consigo que pasen por mi garganta, el bocata de embutido que me ha preparado y el huevo duro. Una pera, un yogur natural al que hecho bien de azúcar. El otro panecillo redondo lo embadurno de mantequilla y mermelada de albaricoque, a la que añado un poco de otra de fresa, que venía a granel y que he cogido en un platillo. Un café créme al que, sin acabar, añado un capuchino que, casi, me rebosa la taza. Padre e hijo desayunan a la vez que yo. Enfrente desayuna un joven que, al subir a la habitación, sabré que es el motorista que llegó de noche. Salgo satisfecho, tras haber hecho un desayuno que me parece ha sido muy completo. Ahora, una vez sabido el coste de este albergue, puedo hacer cálculo de lo que me costó la cena de Domburg: sería 16,40 € que, siendo sólo una pechuga de pollo, pero habiendo podido añadir todo lo que añadí de ensalada, pasta rellena y verdura, puedo decir que no resultó tan mal. Todo ello en el supuesto de que el coste de la cama fuera el mismo. Lo peor de Domburg fue que no marchara bien la Visa y que la recepcionista no hiciera ningún intento de teclear los números de mi tarjeta en su teclado. ¡Lástima! El chico de la cocina y el bar merellena mi botellín de agua. Voy a recepción y pido un plano de la ciudad. Como nadie me atiende, cojo uno del panel y luego lo miraré. Subo a la habitación y el inglés, el asiático, y el australiano, continúan acostados. Tomo mi pastilla contra la hipertensión y la empujo con el agua recién obtenida. Hago el equipaje. El chico de la moto ha deshecho su cama y el atillo con los tres elementos de ropa sucia lo mete debajo de la cama. Le pregunto si ese es el lugar donde hay que dejarlo, y rectifica y lo pone sobre el colchón. Yo hago lo propio. El austriaco observa cómo hago el equipaje y se asombra de que sea todo mi equipo para dos meses. Como tengo las mochilas puestas, me despido dándole la mano, pero acabamos abrazados y con un par de besos. A veces se muestra así la admiración que alguien produce a otro, aunque sea un desconocido. Es una pena no poder conversar más pero, con lo que hablamos ayer, creo que ya quedo casi todo dicho. Salgo en dirección a la catedral. 

Rotterdam. 
Visita de despedida relámpago.
El cielo está cubierto, pero el sol se está abriendo paso entre nubes y la muestra la tengo nada más salir del stayokay, cuando el sol se refleja en el acristalado de un edificio que parece estar construido con la superposición de contenedores enormes. Por delante, están construyendo otro y las gruas, paradas por ser domingo, están para ayudar a poner la bóveda circular partiendo de las dos bases ya construidas sobre las que se sustentará. Hoy va a ser una jornada en que la arquitectura moderna va a ser protagonista. 
 
También la antigua. En primer término un edificio más bajo, que lo mismo podría ser una estación de Metro, de autobuses, o algún palacio de telecomunicaciones. Parece que tuviera un rádar en forma de platillo volante aplanado. Abajo, hay también muchísimas bicicletas aparcadas. Pero, antes de continuar hacia la catedral, estoy buscando en el edificio donde he dormido, alguna visión curiosa del mismo. Y la logro en la forma en que os presento la siguiente. Es mi granito de arena para contribuir a un día de tan floreciente filigrana arquitectónica. 
 
Por el patio de terrazas me asomo al canal próximo y fotografío a lo lejos un edificio que llaman Westermeijer y que, cuando fue construido en 1898, fue considerado el rascacielos más alto de Europa, el Witte Huis. Salgo del entorno del stayokay y, ahora sí, voy hacia la catedral. Es lo único que tengo intención de visitar. No tengo pérdida, pero para muestra de la buena señalización de la ciudad, muestro este poste que ayuda al visitante, sea turista o caminante. Informa mucho y bien. No tengo más que seguir la flecha hacia la Biblioteca y a Lawrens… que es la catedral de San Lorenzo. 
 
Desde esta posición, tengo oportunidad de conseguir dos instantáneas del stayokay. 

 





Una con los cubos colocados en posición disforme y curiosa, con ángulo como base y techo. Una base que, como comentaba ayer, no se ajusta a las literas adosadas, que requeriría un proyecto rompedor, y que no se ajusta al deseo de uniformación con el resto de stayokays. 
 

La otra foto es más lineal, sin exabruptos, aunque mantiene el mismo esquema que recuerda a las colmenas. Los colores gris y amarillo ayudan a esa asociación, aunque más lo harían el amarillo y el negro.



Catedral y Erasmus de Rotterdam.
Enseguida llego a la plaza de la catedral. En la torre ondea un bandera de barra blanca entre azules, aunque quizás sea un azul verdoso, si bien no me recuerda para nada ni al Betis, ni a Andalucía. Son las 9:10 horas en el reloj de la torre y, en la plaza posterior del ábside, están montando el entramado como para un mercadillo dominical, aunque me parece que lo ponen muy tarde para ser para todo el día. 


Como es domingo, tengo la certeza de que la catedral celebrará misas y podré disfrutar de acceso sin tener que pagar entrada alguna. Pero mi gozo en un pozo. Funciona como museo y no está dedicada al culto. 

 




No sé si la abrirán más tarde, pero no me voy a quedar a esperar a que lo hagan. Pasado el tingladillo mercadillero, saco foto desde el ábside y luego, después de comprobar que está cerrada, fotografío una placa informativa de cuándo fue construida, derruida durante la 2ª Guerra Mundial, reconstruida la torre, reconstruida la catedral y colocado el órgano más importante de toda Holanda. 
 
Saco también foto de las puertas de bronce, que son de construcción moderna y que representan la paz y la guerra. Me alejo hacia el centro de la plaza y ya puedo fotografiar la torre en la fachada principal, al completo. 

 














 






Estoy junto a la estatua erigida en memoria de Desiderio Erasmo. Humanista nacido en 1468. La placa está escrita en latín y en ella se le reseña como S.P.Q. Roterodamus. Mi hija Vera estuvo en Atenas con una beca Erasmus, así que me siento en la buena disposición de persona agradecida. 

 
Bien es cierto que aquella beca fue irrisoria, así que mi agradecimiento no pasa de ser simbólico. Tras fotografiar la escultura de bronce más antigua de Holanda, la de Erasmo de Rotterdam, me acerco a la Biblioteca, que está muy próxima a la catedral. 
 
 











En la foto que saco de ella, por la derecha, aparece el edificio de colmenas del stayokay, con lo que se puede apreciar el reducido espacio en el que me estoy moviendo. Con esta visita a la catedral, se puede decir que doy por terminada mi visita a la ciudad de Rotterdam. No es justo dedicarle tan poco tiempo, pero ese error lo corregiré cuando finalice el recorrido costero de este verano, pues aquí pasaré un par de días de relajo. Ahora todavía veré parte de la ciudad. Al marchar de Erasmus me llega mi momento de nostalgia. Ayer hablé con Vera. Mi mente me lleva a los momentos difíciles de mi separación. Ella estaba ajena a todo, en Atenas, y no era una noticia para dar ni por correo, ni por teléfono. Se enteró al regreso, cuando nuestro matrimonio ya se había roto legalmente. Lloro con desconsuelo. Fue lo más terrible de aquel momento, la separación de mis hijas que, siendo ya mayores de edad, no entraban en el régimen de compartir domicilio con su madre y conmigo. Además las condiciones de calidad de vivienda en la casa materna, en relación a lo que yo pude acceder y podía ofrecer, se decantaba por que se quedaran en la de ella. Época horrible que me lleva hasta emitir algún hipo además de las lágrimas. Estoy solo, intentando salir de esta gran ciudad, y me lo puedo permitir. 
 
La preocupación de seguir el mapa y coger bien la dirección que me lleve a Vlaardingen, me ayuda a olvidarme del doloroso tema. Voy viendo todo lo que me pilla de paso en mi marcha en búsqueda de la costa, a lo largo del puerto y bocana de salida, y entrada del mismo, al mar. Esta ciudad ha construido muchos puentes modernos, por esa razón me llama la atención el primer puente antiguo que veo. La marea está alta, pero no llega a cubrir los tres ojos del puente que, ahora, se me ofrecen orientales, siendo el más rasgado el ojo central. Un faro antiguo, rojo y blanco se presenta al otro lado del puente.

Un árbol con calcetín.
Más adelante veo un arbolito que me trae al recuerdo al de Helleveetsluis. Aunque estamos en verano, a éste ya le han protegido con un doble calcetín, preparándolo para el próximo invierno. Gente precavida esta holandesa. De esta forma, a un tronco recto, anodino y vulgar, le han conseguido poner una nota de color que hace que el caminante se fije en él. La ventaja de esta fórmula, sobre la del Bosque de Homa vizcaíno, es que aquí se puede deshacer sin alterar el tronco intervenido. Curiosamente el bosque de Homa, con el paso del tiempo, y algunos amantes de la naturaleza al natural y poco amigos de la intervención artística, que no justifican, se había conseguido que la pintura casi desapareciera. Pero desde los amigos del arte, que consideran artística la intervención, la pintura se restauró. Así sigue abierta la polémica entre arte y naturaleza. ¿Qué perdemos con el encalcetinado de este arbolito? Que hemos perdido el Norte, y el resto de puntos cardinales, que suele ser perceptible en la corteza.

Periferia de Rotterdam.
Poco después abandono la zona urbana y salgo al puerto. El Nehalennia está amarrado. Parece que no cumple una función marinera, sino que sirve como bar, quizás restaurante, con terraza. Es lo que me da a entender la disposición de las mesas y sillas ordenadas de la cubierta. Como todavía no hemos salido de la parte más urbana del puerto, puedo ver uno de los puentes modernos que antes comentaba. 
 
Al otro lado de este puente, está amarrado un gran crucero transatlántico que cumple su función de hotel ambulante cuando llega a un puerto importante, donde se organizan las visitas a la ciudad de turno, que es lo que caracteriza a la forma de viajar en crucero. Antes de llegar al puente, encuentro un monumento abstracto que rememora otra época terrible para la paz mundial. Se recuerda con él aquél período entre 1940 y 1945 en que se desarrolló la Segunda Guerra Mundial. No es casual que me fije en él, ya que yo nací aquel año en que finalizó la guerra, poco antes de las bombas atómicas en Japón. 

 






Más adelante me encuentro con un edificio eclesiástico, con tejadillos verdes y cúpula dorada, que me recuerda a construcciones ortodoxas y que no sé en qué información me basé para considerarla sinagoga. Hay muchísimos cables intermedios, que intento evitar pero que, por hacerlo, corto la parte alta del edificio. Después, sin preocuparme de evitar los cables, la fotografío con la parte alta que me faltaba. 

 




Avanzo hacia Vlaardingen y llego a un edificio antiguo y enorme que me resulta imposible fotografiar en su totalidad, por lo que lo hago en dos instantáneas. Hubiera podido pensar que en otro momento pudiera haber sido un cuartel militar de época imperial o, en la belle epoque, reconvertido en hotel. 

 
En la actualidad, parece un hotel, aunque no todo el edificio esté destinado a dicha finalidad hostelera. El edificio es de cuatro plantas y semisótano, siendo la última retranqueada y aprovechada parcialmente. La fachada combina tonos rojizos y blancos. Una arboleda en espacio con hierba adorna la zona curva del edificio. 
 



En una avenida más abierta, pasa un tranvía y lo fotografío. Entonces me doy cuenta de que en el edificio que está detrás pone la palabra KUNSTHAL (con la L invertida, como si fuera media T, lo mismo que ocurre con la A). 
 
Esto trae a mi mente la ciudad en que vivo. Allí tenemos una escuela de diseño que lleva este nombre y, por tanto, relaciono el edificio que veo con algo que tenga que ver con el arte. Pero a estas horas estoy menos para ver algo artístico y más con deseos de llegar a buena hora a la costa y poder darme un buen baño en el mar. No obstante, una vez que ha pasado el tranvía, fotografío el edificio que me ha llamado la atención, aunque arquitectónicamente no tenga nada especial para destacar. 
 
Tendré ocasión de ver otros muy curiosos más adelante. En un cartel leo las palabras Rotterdam, lo que me asegura de que aún no he salido de la ciudad, y “verbouwt”, que no sé lo que quiere decir. 

 








Pronto veo un edificio muy largo del que no tengo oportunidad de sacar en una sola foto y si paso al otro lado de la carretera, que tiene mucha circulación, los setos me la ocultarían casi en la totalidad. La saco en dos cachos. Se trata de una iglesia nórdica. No sé en qué se diferenciarán sus ritos de la ortodoxa, de la protestante, o de la católica. Casi todas las iglesias han hecho mucho más por agrandar la distancia que las separa, eludiendo los esfuerzos por poner el énfasis en lo que tienen en común, que debiera ser el amor al ser humano. 
 
Esta iglesia nórdica va quedando atrás, cuando en un gran espacio abierto, donde veo una torre del tipo de telecomunicaciones, un palillo en el que han pinchado una aceituna y un guisante, veo a un grupo de jóvenes arriesgados por profesión. Unos cables unen la torre con la base en que se asientan ellos. También tienen grampones. Llego en un momento de descanso y no puedo ofrecer fotos de descenso ni de escalada, que es lo que entiendo que hacen de todo lo que me cuentan. Leo en sus camisetas HS y la palabra International, pero no acabo de saber qué empresa les contrata. Pareciera que se se estuvieran preparando para ser útiles en protección civil, haciendo labores de bomberos, en incendios, inundaciones y rescates. 

Se ve que son jóvenes en un perfecto estado de salud y buena preparación física que culmina en una bella estructura corporal. Uno de ellos me dice que es de Vlaardingen, y que no tendré problema para llegar allí si sigo bien recto. Antes de marcharme les cuento el viaje que estoy haciendo, y los días que llevo caminando, se asombran y me desean suerte sonrientes. Les pido que me dejen sacar una foto informal, pero alguno se coloca. Me desean buen camino. Sin abandonar el lugar, saco foto de la torre de la que se cuelgan y descuelgan y, como contraste, un pequeño templete, tipo pagoda enana japonesa o china. 

 






Me despido de los deportista que emplean su saber en trabajo con futuro, y lo que sí sé que es japones será el restaurante por donde paso a continuación. Sigo por el canal, pero me dejará por poco tiempo. Unos gazapos retozan en la hierba, sin dar muestra de miedo al humano. Después del que comí en Brujas, ya no tengo instinto asesino y me limito a contemplarlos con incredulidad, al verlos tan mansos y adaptados al ambiente de la ciudad. 
¿Serán conejos acróbatas del circo que voy a ver más adelante? Es así como llego a la carpa que tiene montada en una explanada el circo Herman Renz. A esta hora no hay ni alma por los alrededores, pero supongo que al atardecer la cosa cambie. No soy amigo de circos y en mi plan de viaje no encaja esta actividad artística. Tampoco estoy dispuesto a esperar a la hora de actuación y ni me molesto en informarme del horario.

Schiedam. Molinos y mercadillo.
Empeñado en llegar a Vlaardingen, que es el primer nombre que señala mi mapa siguiendo el puerto, no me doy cuenta de que, por encima de la doblez que he hecho para hacer mi mapa más manejable, aparece Schiedam, que va a ser lo primero con que me voy a encontrar. 

En el propio mapa, aparece destacada la grafía de cinco molinos, como una de las características más sobresalientes del lugar. A mi derecha hay un canal que, cuando llegue a uno de los molinos, veré cómo se bifurca en dos direcciones paralelas hacia el interior. Yates y veleros se encuentran amarrados enfrente del mismo. Lo fotografío antes de llegar y lo vuelvo a hacer estando ya frente a sus aspas. El molino está en el extremo más próximo a mí del dique separador. Si estuviera frente a un mar abierto, sería un lugar más apropiado para un faro que para un molino pero, supongo, cuando lo construyeron aquí, alguna función más adecuada cumpliría. 

Al margen de ello, ofrece una estampa muy bella y con eso me conformo. Avanzo para salir al puerto de nuevo, y encuentro una rotonda curiosa, nada floral y demasiado frutícola. Se trata de unos paneles, colocados en círculo, que representan fotos. El primero, el de mayor circunferencia, ofrece agua en movimiento o, al menos es lo que yo interpreto. No es realista y el motivo reducido se repite hasta la saciedad. El siguiente, que es el mediano en tamaño, ofrece muchas naranjas, no sé si valencianas, italianas, argelinas o marroquíes. El último, el más alto y el menor, ofrece bananas. Estoy tentado de escribir plátanos de Canarias pero, estando en Holanda, me inclino a pensar que sean bananas de sus colonias. 
 
Así vuelvo a salir al puerto, donde veo grandes barcos, cargueros y las grúas que se encargan de carga y descarga. No en vano estoy en el puerto con más movimiento comercial de Europa. Encuentro un coche con una imagen de mujer aunque con gesto poco femenino, que anuncia Axidus.com. Se trata de una organización de empleo temporal que trata de adecuar oferta y demanda laboral. 
 
Es probable que su labor sea eficaz, pero la imagen impresa en la carrocería me desagrada. Es la razón por la que la fotografío. Si la imagen me disgusta, más todavía la combinación de colores elegida. Sobre el morado poco tengo que decir, pero el verde encajaría mejor con la gama de los azules, pero para gustos se hacen los colores. 


 
Poco después, perdido entre pabellones industriales, veo otro molino, que volveré a ver con la base al completo antes de pasar el puente sobre el canal. Al fondo se ve una torre de iglesia de forma curiosa. Me recuerda a un supositorio y después de acercaré a ella. 


De momento, me acerco al canal y sus barcazas, que antes quedaba oculto. Visto desde aquí es un bonito molino. Pasado el puente, ya puedo acercarme a la iglesia. Compruebo que todos los accesos están interceptados para que no puedan acceder ocupas y pordioseros. Va avanzando la jornada. 

 
El reloj de la torre supositorio señala las once y media. Hoy es día de mercadillo. Aquí se vende de todo. 

 






Algunos disponen de un puesto formal, con mesa y toldo, pero otros se colocan sobre la hierba, ofreciendo sus productos con cierta informalidad. El éxito de la jornada dependerá de la oferta y la demanda. 
 
Hablo con una pareja de Rotterdam, que se maravilla de la originalidad de mi viaje. Pronto volveré al gran canal. Donde voy a coincidir con un enorme carguero de nombre Geopotes. No voy a poder continuar mucho por él, ya que hay zonas industriales que me obligan a hacer otro recorrido. 
 
Es así como llego a un edificio que me da la imagen del imperio y que, con una altísima grúa, seguramente servirá para cargar y descargar y luego almacenar la mercancía de los barcos. 

 

Pronto voy a saber el lugar donde me encuentro, pues veo el punto 9 que indica la dirección Pernis. 

 




Este es el lugar en que dudé al venir ayer y decidí continuar por el lado sur. Ya estoy llegando a Vlaardingen. Una barrera levantada, con gran aparato físico, controla el paso de trenes. Está preparada para cerrar el paso a dos bandas, una a los peatones y, la otra, a los ciclistas.










Vlaardingen.
Me voy acercando a unas casas con canal. No sé si se trata de villas adosadas con tres alturas, o si solamente tienen acceso al canal los propietarios de la primera planta pero, en cualquier caso, siento la misma sensación de peligro, sobre todo para los menores que no saben nadar, que recibí ayer al pasar por Zuidland. Aquí también las zonas ajardinadas y las plantas son muy bonitas y la superficie del agua ofrece un verde vegetal que, cuando yo era pequeño, llamábamos moco de rana. 
Lo habitual en lugares similares era escuchar el croar de algún batracio. En este canal, en contra de lo que ocurría en Zuidland, no se ve ninguna barca que lo recorra. Ya, dentro de la ciudad, llego a un canal más ancho con embarcadero. Aquí se ven embarcaciones deportivas, algún velero y una barcaza para transportar materiales. Poco más adelante, el puerto se ensanchará más.

Café Rotterdam 1928.
Cuatro personas hablan y una mujer me dice que, pasando el puente, encontraré más de un restaurante. Pero todo lo que encuentro está cerrado y, lo único que veo abierto es el Café Rotterdam. Aunque ya se ve que no es restaurante, entro y pregunto. La mujer me confirma que no lo es. Al preguntarle si, más adelante, encontraré alguno abierto, la señora se apiada y me pregunta qué quiero comer. Le digo una ensalada, y si es de pasta mejor. Me dice que me servirá lo que tiene preparado y que me cobrará 5 €. Le respondo que estoy de acuerdo. Se ve que esta mujer sabe que, hoy domingo, no encontraré otra cosa en el camino mejor que lo que ella me ofrece. Le pido una cerveza, y me siento a escribir. Enseguida me sirve la cerveza Jupiler que le he pedido y, no he escrito ni una línea, cuando me trae un plato de arroz, con patata, pimiento, zanahoria (lo que menos me gusta por estar confitada), y algún trozo de pechuga. Tendría que decir que, para mi gusto, no está nada apetitoso, pero como no tengo demasiada hambre después del amplio desayuno que he hecho, acabo haciendo de tripas corazón y me lo como todo. Para poderlo pasar, tengo que añadir una segunda cerveza y pago en efectivo. La suma total será de 8,90 € (1,95 cada cerveza). Me pongo a escribir y, cuando estoy en ello, la buena mujer me regala una tapa de jamón York con mayonesa y otra de algo con curry, que me disgusta, lo como a regañadientes y a palo seco, ya que no me parece bien pedir una tercera cerveza. Son las dos cuando voy al servicio y lleno de agua el botellín. Agradezco, me despido y continúo mi marcha. En el tiempo en que he estado allí, entra una pareja, con marido enganchado a las maquinas tragaperras, él se ha gastado sus monedas, y se van. Vuelven a entrar con más monedas. ¡Qué enfermedad!, menos mal que no es contagiosa. Al jugador se le acaban las monedas de nuevo y no tiene éxito; la máquina no regurgita sus monedas almacenadas. Se ve que las reserva para otro que le caiga mejor. Se marchan otra vez. Mi estómago está a deseo de echar unos cuantos pedos pero, por no hacerlo en lugar cerrado mi voluntad, como la tragaperras, los retiene. También, en una mesa, hay varios jugadores de cartas que, sin acabar la consumición anterior, ya están pidiendo la siguiente, y van tres. Me despido de todos, y pronto vuelvo al camino próximo al puerto.

Saliendo de Vlaardingen por la tarde.
Salgo del Rotterdam, y doy rienda suelta a mi pedorrera, de la que me voy liberando poco a poco. Me arrimo al borde pues hay un buen carril peatonal, que también es usado por ciclistas y alguna motocicleta. Así mismo veo pescadores de caña. Aquí el puerto se ha ensanchado y los barcos que veo a lo lejos, ya son pesados cargueros que se sitúan cerca de potentes grúas que son las que facilitan la carga y descarga de los productos que transportan. Me costará salir de Vlaardingen. 
Al propio puerto desagua una gran boca de agua coloreada de ocres y que me produce una impresión de poca salubridad. No quiero criticar sin saber de donde provienen estas aguas, que llegan con fuerza. Además, Holanda parece que es una nación que cuida la calidad de los residuos con conciencia ecológica, por tanto pienso que las que aquí desaguan son aguas pluviales del alcantarillado urbano. Decido no dar más vueltas al tema y sigo adelante. Como contraste, me entretengo con la flora. 


Encuentro una planta que tiene larga historia en mi vida, ya que la conozco desde niño y la asocio a otra menor que da frutos también más pequeños. Es la planta pinchosa que ofrezco, que ofrece unos pequeños pétalos morados. Con la especie de frutos menores, jugábamos de niños a lanzarlas a los jerseis que, si eran de lana, quedaban enganchados firmemente a las fibras. Lo peor era cuando se enredaban en los pelos de las melenas largas de las chicas. Ellas pasaban mucho tiempo tratando de desenredarlos. Entonces los chicos no llevábamos melena y los peluqueros nos cortaban el pelo a “lo garçon”. En mi recorrido, ahora debo enlazar el número 75 de mi mapa con el 42. Parece que no será difícil, pues basta con seguir el borde del canal portuario. Lo mismo parece que va a ocurrir con el tramo 42-40. 
 
El paso del día se va notando en mi cuerpo, que va mostrando cansancio. Encuentro a una pareja mayor. Están sentados en un banco, descansando, pero no son caminantes. Ella, porque no puede deambular, se desplaza en silla de tres ruedas a motor. Él, es más autónomo, y le acompaña en bicicleta. Es la apreciación que hago en base a lo que intuyo y veo. Quizás me ayude la posición de los dos medios de transporte. Digo que ese vehículo a motor será mi medio de transporte del futuro. Les saludo, pido permiso para hacer la foto, agradezco, y sigo mi camino hacia Maassluis. Me marcho sin saber lo que significa el cartel grandote con el número 1016. En el recorrido apenas aparecen pequeños espacios con arena de playa pues, la mayoría del terreno del canal es de rocas. Son piedras grandotas que van en paralelo a la pista.

Maassluis
Hoy el recorrido no me está produciendo sorpresas. Sólo encuentro un poste indicador, contra el que alguien se ha chocado y lo ha torcido, que me ofrece dudas. Una pareja ciclista comprende mis dudas y me ayuda a solventarlas. En una recta de la pista ciclista, donde al fondo veo dos grandes mamotretos, el acceso a la duna-dique está interceptado por una valla y no deja pasar. Los edificios me hacen pensar que ya estoy cerca de Maassluis y no me equivoco. Este final “luis”, que ya vi ayer en Helleveetsluis, me hace pensar que sea un elemento que ayuda a completar la palabra unicial y que tiene algo que ver con el mar. 
 
Pero pregunto al traductor de Google y me ofrece sólo el significado de piojo y “sluis” me lo traduce como bloqueo. Me quedo con esta segunda opción y la asocio a dique, que bloquea, y a puerto, que defienden los barcos del impètuoso mar. Pronto llego a un canal urbano, en la propia ciudad. También en él encuentro una gran barcaza, que parece hacer más funciones laborales que de trasiego de turistas en vacaciones. Paso al otro lado del canal y, siguiendo adelante, encuentro la iglesia a la que no me apetece retroceder ni deshacer camino para visitarla. 
 

Los barcos que veo en esta parte del canal tienen ya más aspecto de ser de turistas individuales o para hacer turismo grupal. Una vez pasado el canal y esta zona urbana, la ciudad de Maassluis, siguiendo la pista para bicis, me va llevando hacia la zona más industrial y que llaman Steendijk polder. Dos edificios grandotes me atraen la curiosidad. También veo que sobre el dique va un camino para peatones, pero yo voy muy a gusto por la pista ciclista, más próxima al agua. 


El primer edificio, es una mole, cuya única cosa curiosa la veo en la fachada que mira al canal. La mitad de arriba es perpendicular y, la mitad de abajo, inclinada. El color marrón oscuro no es que sea muy atractivo, pero el conjunto me gusta. Quizás me parezca más original el segundo edificio, por los nichos escalonados que ofrece, aunque no acabo de ver su finalidad. 

 
No sé si los espacios exteriores son aprovechables por los propietarios colindantes o si están dedicados a espacios comunes. En cualquier caso, el escalonamiento me agrada y le da cierta agilidad a un inmueble que, de otra forma, sería un mamotreto. Un gran carguero pasa por el canal de camino a la bocana, buscando su salida al Mar del Norte. Este trasiego de barcos con transporte comercial será una constante en la tarde de hoy.

Del 37 al 22. 
Maassluis-Hoek van Holland.
De momento, mi objetivo para la tarde de hoy es salir a la playa en Hoek van Holland y, una vez allí, ya pensaré lo que haré después. 

Ciclistas en grupos van pasando por su carril y, cuando esto ocurre yo me escoro al dique inclinado que va a ser una constante en diversos tramos del recorrido. A lo lejos, al otro lado del canal de enlace portuario, se empiezan a ver los altos molinos para la obtención de energía eólica. 


Es otra forma de obtener un buen aprovechamiento del viento en una zona fabril, que anteayer tuve el buen acierto de soslayar. También, durante un gran tramo de este recorrido, encontraré en el canal, junto a las rocas aledañas al dique inclinado, gran cantidad de palmípedas, como cuando iba camino de Helleveetsluis, pero en esta ocasión se trata de cisnes blancos. 
 
Una gran familia. No los puedo contar, pero calculo que habrá más de trescientos. Por el canal pasa un transatlántico. Más tarde se cruzará con otro británico que viene, el Stena Line, al que veré llegar a puerto. De momento, llego a la zona en que al otro lado del canal giran sus aspas los ventiladores captadores eólicos. La zona de cisnes en manada ya ha finalizado, pero áun se pueden ver algunas parejas. Serán las menos sociables. La pista para ciclistas ahora es a compartir con los peatones. Ya no hay otra alternativa peatonal. Llego a una zona en que el canal se bifurca. Un ciclista ha dejado su bici aparcada de pie sobre el muelle empedrado y observa con el torso descubierto, ofreciéndolo a los beneficiosos rayos solares. Al otro lado, un pescador observa su caña. Al fondo, un tinglado que me hace pensar en Calatrava, el arquitecto, pero que parece que sea un soporte que mantiene en lo alto alguna tubería que cumple alguna función industrial, como de carga y descarga de líquidos o de gramíneas y similares a granel, transportados por los barcos. 
 
La pista ciclista se bifurca. Una sigue hacia Hoek, la otra retorna a Rotterdam y ofrece otros recorridos.

Transalánticos y cruceros.
Pasa un enorme cruce, el MSC, que va en dirección a la bocana. Es el que luego se cruzará con el Stena Line. 
 
Cuando le saco de lejos, por primera vez, el gran transatlántico no deja de emitir cantidad de bocinazos sordos que, en espacio tan abierto y siendo tan lejanos, no molestan, aunque no sean nada gratos a las personas que estén cerca del lugar de la emisión sonora. Junto a la pista, encuentro una gran letra K, que tampoco sé su significado. 

Durante este tramo me entretengo en fotografiar el encuentro entre los grandes barcos. Voy tranquilo, con la confianza en que ninguno de los dos se va a chocar. Me vería obligado a intervenir en el rescate de pasajeros emulando las azañas de algunos tripulantes del Titanic y, la verdad es que no tengo muchas ganas de trabajar. 

Como no vi la película, tampoco sabría qué hacer. Quizás perjudicara más que ayudar. En el otro lado del canal, las torres captadoras eólicas van desapareciendo y, a lo lejos, se ve un gran chorro de agua, cuya utilidad no voy a conocer. El choque no se produce y voy a ver en breve al Stena Line, Stena Britannic, amarrado al puerto. 
 
Los cables unidos al Stena Transporter, lo aferran bien al puerto, donde un tren de mercancias está a la espera. En realidad, no es un tren, sino un conjunto de contenedores depositados en línea. Cuando llego a la altura del gran barco, pasa un tranvía que une la costa de Hoek van Holland con Rotterdam. Algunos dirán: si tenías un tranvía, ¿por qué vienes andando? Me hago el mudo.

 
Va de animales.
He dejado atrás el crucero británico y ahora me encuentro en zona agropecuaria poco antes de llegar a Hoek van Holland. Un carnero joven, al que ya se le está poniendo cara de malos amigos, me mira a través de la alambrada, que le protege de los ladrones y también a mí de su embestida. 



 
Enseguida veo a uno de sus descendientes que, con su lana marrón y rizada, tan empeñado está en arrancar la hierba con su lengua prensora, que ni me ve, ni saluda al caminante que ha llegado desde el País Vasco para verle. ¡Qué “esavorio”! Tras fotografiarlos, llego a la señal número 22, que me da dos opciones. La que habría seguido si tantas ganas tengo de llegar a la playa, la número 94 y la opción Centro, que es la que cojo pues, ya que estoy aquí, voy a tratar de ver algo del pueblo. Un ciclista con el que me he cruzado varias veces, para su bici y me pregunta qué estoy haciendo. Se lo cuento a grandes rasgos. ¡Asombroso!
Hoek van Holland.
La dirección Centro, me lleva a la iglesia. Su torre me recuerda a la que he visto esta mañana y que me ha recordado a un supositorio. Ahora me recuerda más a una bala, embalada, hacia el cielo. Su significado no es diferente de lo que intentan las torres de las catedrales góticas; poco a poco, llegar a Dios. Saco foto de la iglesia. Veo la carta oferta de un restaurante italiano, donde hago planes de cenar más tarde. Busco un bar para beber mi tercera cerveza, que será no Jupiler, sino Heineken. Pago por ella 2,20 €. La chica que atiende la barra se bandea bien con los clientes, muchos de los cuales van bien servidos de alcohol pero siguen bebiendo. Ella no para. Nada más llegar yo, me coge el mapa y no sé lo que me cuenta. Otro que está en la barra es un camionero inglés, al que le faltan cuatro años para jubilarse. A todos les veo mayores que yo. ¿Será por el exceso de alcohol. A lo mejor es porque yo no me veo la cara y no puedo compararla con la de ellos. Pero es con el inglés con el que más hablo. Le cuento a grandes rasgos mis recorridos de verano entre 2006 y 2013. Me informa de un hecho luctuoso. El miércoles hubo u accidente de trenes en Galicia en un tren que iba a Santiago de Compostela, con resultado de 80 muertos. Alguien más interviene para ampliar la información. Tras beber la cerveza y despedirme, rechazando la cerveza a que me invitan, me acerco al italiano.

Roma Antica.
Lo primero que pregunto es si tienen ensalada de pasta. Su respuesta es negativa y sale el cocinero, que parece ser también dueño. Éste me confirma que no la hacen. Pido ensalada de tomate con cebolla y agradezco las vinagreras a la vista con su rico aceite de oliva. Al aliñarla corro el riesgo de echarle demasiada sal, pero de aceite sólo le echo cuatro gotas porque ya tiene suficiente. Enfrente hay una parejita, un chaval con su novia. Se han enterado de mi viaje. Se ríe por lo que me podría haber pasado si no me doy cuenta de que el tapón de la sal estaba suelto. No sería la primera vez en que me tuvieran que hacer una nueva ensalada. Bebo cerveza y la cuenta asciende a 16 € que pago con la Visa. Aunque la tarjeta la han metido en la ranura con menos energía que lo suelo hacer yo, la conexión va bien. ¡Qué contento estoy! Escribo en el diario mientras voy terminando la cerveza. Son las 19:45 y, antes de encaminarme hacia la playa, paso por el retrete. Al pasar, al que hace las pizzas le pregunto si es el “padrone” y me responde afirmativamente. Mientras él trabaja la masa y pone los ingredientes, le cuento algo de mi viaje y del que hice en autobús por su tierra italiana, pero el hombre está a lo suyo y no le quiero descentrar de su trabajo, así que me despido y me voy. 

La playa de Hoek van Holland.
Salgo de Roma Antica y paso por delante del bar donde antes he tomado la cerveza pero, en la penumbra, no veo a la eficaz moza que trabaja fuera y dentro de la barra, tampoco a ninguno de los que he visto antes y con los que he estado hablando, por lo que sigo adelante. Unos chavales salen de un camino asfaltado y yo también me animo a seguir por allí. Me da la impresión de que, en lugar de llevarme a la gran playa lo va a hacer a una zona más al Norte de la misma, pero acabo saliendo a la carretera y dos chicas me dicen que para ir a la “strand”, siga por la principal. 
 
Sigo por el camino de bicis que, en un momento determinado, se bifurca. Pero no tiene consecuencias nefastas, pus acaba sacándome a espacios próximos a la playa. Un lugar en donde se vende de todo. Después de dos días sin ver mar abierto, me hace ilusión volver al Mar del Norte en esta playa de Hoek van Holland. 

Por una plataforma de grandes cuadros de cemento, me voy acercando a la arena y pronto estoy descalzo en la orilla. Desde la arena seca saco foto de playa, y donde se aprecia al fondo, hacia el Sur, la zona industrial del otro lado de la bocana de salida al mar del puerto de Rotterdam, que ya abandono con ganas. 
 
Otra foto, hacia el Norte ya me abre la perspectiva del camino playero que me espera hasta finalizar la jornada. Paseo muy satisfecho descalzo por la orilla confiando en que, con el roce del agua y la arena, se me termine de caer la uña del dedo que cuelga. Poco a poco la anchísima playa se empieza a estrechar, pero tengo suerte porque la marea alta comienza su descenso. Aunque de forma irregular, el piso de arena se presenta con bastante firmeza. En el primer espacio de playa, cerca de la duna, se ofrecen algunos chiringuitos de playa y también algunas casetas. 
 
La diferencia de esta playa, con respecto a las de más al sur, es que aquí no aparecen las barreras dobles que van desde la arena seca hacia el mar y que cumplen función de retener la arena. Aquellas eran más vulnerables que ésta. Sin esas barreras camino mejor por la orilla y creo que así podré llegar mañana sin problemas hasta Den Haag, la que siempre estudiamos con La Haya, capital administrativa de Holanda. El camionero inglés del bar, me ha asegurado que la capital es Amsterdam. 
 
Me encuentro con una reata de cinco caballos montados por mujeres. Uno de los que lleva jineta y un hombre desmontado agarra del bocado, no consigue que el caballo se digne mojar sus cascos. Da unos pasos hacia atrás cada vez que se acerca una ola. Se ve que al caballo le asusta pisar agua en movimiento y se niega a hacerlo. No va a tener otro remedio que llevarlo por la arena entre húmeda y seca. Se va quedando atrás, muy lejano, el complejo industrial que me evité ayer al venir por Rotterdam. En la arena han quedado bien remarcadas las pisadas de los cascos del caballo que temía a las olas del mar. 
 
El esquema que me va ofreciendo la playa es el mismo, casetas y algunos chiringuitos. Probablemente estos ya pertenecen a Gravenzande, un pueblo que queda más hacia el interior. Más a delante, en el mar, veo un barco que draga la arena y la expande en chorro. Esto es, saca arena del mar y la devuelve al mar. 
 

Me sorprende que esto ocurra en mar abierto, pero ya se sabe que el movimiento marino desajusta los espacios necesarios idóneos para la navegación. Avanzando un poco más y entretenido en la contemplación de esta dragadora de fondos marinos, compruebo que, lo que yo creía un chorro al inicio, ahora se bifurca en dos.
 

Con tan buena fortuna de que, en ese momento, pasa un avión. Me parece que va muy bajo para aterrizar en Den Haag, pero parece que así va a ser. El cielo permanece bastante despejado y el sol ya va bajando hacia el ocaso. Hoy podré ver cómo se acuesta.

Anochecer cerca de Monster.
Paso el último chiringuito y las últimas casetas de playa y llego a un puesto de socorro, en el que leo Post Arendsduin, que mañana escribiré para localizar la playa en donde duermo. En el puesto aparece el nombre de Haaglanden, que pertenece a ‘s-Gravenzande y del que me voy alejando más al Norte. Creo que la duna en que finalmente duermo, está más cerca de Ter Heijde, por lo que sitúo allí mi final de etapa. 
 
Ter Heijde pertenece a Monster. Cada vez que leo la palabra Reddingsbrigade (socorristas) recuerdo la balada de la cárcel de Reading y lo trafulco todo diciendo que los socorristas serían la brigada que controla a los presos. Una más de mis pajas mentales. A estas horas ya quedan pocos paseantes de playa. Me retiro al fondo, hacia la duna. Leo un cartel que dice: Verboden Toegang, que intuyo como una prohibición de entrar en la duna. Como si la barrera alambrada no fuera suficiente indicador. Al entrar en Bélgica ya vi un nombre igual o similar que prohibía patinar con “skates”. La foto que saco presenta la sombra del caminante que, en el ocaso, empieza a ser alargada y se proyecta en la duna, a la que me abstendré de entrar. 
 
Ocaso en Ter Heijde.
Busco un lugar horizontal cerca del poste 48 y pronto lo encuentro. Este es el primer lugar en Holanda en el que leo un cartel con el que tratan de proteger la duna. Las de este país, la mayoría, son muy bajitas. 

Una vez alisada la arena para que quede lo más horizontal posible, coloco la esterilla encima y extiendo el saco de dormir. Me siento a esperar a la puesta de sol, que no se produce hasta las 21:30. Se puede apreciar sobre la arena seca el impacto de las gotas de esta noche o de la pasada. También he visto charcos a lo largo del camino, aunque no lo haya comentado. También aquí hay zonas en forma de estratos que aparece endurecida por la lluvia. Mientras espero, quito la arena de mis pies y me doy masaje de aloe-vera. Ya se me está acabando el tubo. Saco dos fotos. La primera con el sol sobre el horizonte y su reflejo en la orilla. 
En la segunda, el sol ya no se refleja en el mar, aunque ya está a punto de empezar a desaparecer por hoy. Hago coincidir el momento con la llegada de un hombre paseando a su perro. La foto desordena la importancia de los componentes: primero el perro, luego el sol y, por fin el hombre. Aunque ni hombre ni perro podrían sobrevivir en ausencia del astro rey. El cielo está precioso, sin nubes, lo que me permite acostarme con cierta tranquilidad. La media luna no la veré hasta que me levanto por primera vez a orinar de madrugada. Poco después me mearán las nubes. No consigo ver la Osa Mayor. Duermo bastante bien.

Balance de jornada de interior con final en playa.
Así como la jornada de ayer comenzó en playa y acabó en interior, hoy ocurre a la inversa; pero ni ayer ni hoy he podido disfrutar de un rico baño. Ayer, porque la hora era tempranera y hoy porque ya se me ha hecho tarde y no me apetece. Lo que deseo es dormir y descansar. El día de hoy no me ha aportado cosas de mucho interés. Aunque no ha sido óbice para que me haya entretenido con Erasmo, edificios, barcos y fauna. También agradezco la comida improvisada del Rotterdam y el interés de la señora, así como la cena en el Roma y la charla del bar de Hoek y con los jóvenes que trabajan con riesgo.


lunes, 5 de febrero de 2018

Etapa 44 (401) Ellevoetsluis-Rotterdam


Etapa 44 (401) 27 de julio de 2013, sábado.
Ellevoetsluis-Oudemhoorn-Zuidland-Spijkenisse-Hooggvliet-Poortugaal-Rhoon-Rotterdam.

Amanecer en Hellecat Badstrand.
Me despierto a las 5:30 y me hago el remolón pero, a las 5:45 se oye un altavoz con el que empiezan a hacer pruebas de sonido. Luego sabré que se está celebrando en Helleveetluis una regata, algo similar a la de Brecht-Douarnenez, con veleros antiguos. La de aquí son tres etapas, como me explicará más tarde el belga Röel (Raúl). La interpretación que yo hago de las palabras que salen de la megafonía es: “Que salga el que está debajo del catamarán”. Y, obediente, salgo. Traslado todas mis pertenencias a la mesa en la que cené ayer y allí, más cómodo que bajo el catamarán, organizo mis mochilas. Me desnudo, para sacudirme con la toalla toda la arena acumulada durante la noche, me visto y me pongo en marcha con mi equipaje a cuestas. Salgo por el mismo lugar en que ayer vi cómo se iban Hugo y sus amiguetes. Se trata de una pista para bicis y camino parsimoniosamente haciendo tiempo para que abran los cafés en el lugar adonde voy. Parece que Helleveetluis no está muy lejos.

De Hellecat a Helleveetluis.
Llego a un lugar que antes de verlo llega a mi nariz con aromas de estiércol. Se trata de una zona agropecuaria, donde el único animal que veo es una vaca, confío en que sea holandesa. En lontananza, a través de la niebla matutina, se vislumbra un sol ansioso de salir y de calentar y que será bien recibido. 
 
Pronto vuelvo a la costa y me encuentro con una playa donde, por lo temprano de la hora y por la marea excesivamente baja, no me apetece bañarme. Por lo solitario, habría sido un lugar idóneo para hacerlo. Continúo mi periplo hacia la gran ciudad y en el valle veo cómo se pasea, bastante patoso, un grupo de palmípedas. 

No me atrevo a asegurar que sean gansos u ocas, pero sí que son de la familia. Al fondo de esta zona pantanosa, ya se puede apreciar la silueta, entre la niebla, de Helleveetluis. Una especie de seta cuadrada lleva el nombre de la ciudad a la que me dirijo. Pone la distancia que me falta para llegar: 3,5 km. 
 
Un joven corredor, entrenando, pasa por mi lado, regresa y me vuelve a cruzar. El “morgen” de la primera vez,; mi risa, cuando en la segunda no entiendo lo que me dice, ya es una doble sonrisa en este tercer cruce. Lo que más me gusta de la imagen que recibo es el color entre morado y lila que me ofrecen unas plantas más próximas al mar. La manada de palmípedas va en aumento y, durante un rato, me van a ir acompañando, como guías involuntarias. Nunca había visto tantas. 

 
Una liebre salta rauda y me pilla desprevenido, quedándome sin su foto. Una codorniz pasa desde el sembrado, sin prisa, sin temor, y emprende el vuelo, alejándose. Es así como llego a un puerto deportivo muy abrigado, dentro del ya protegido Deltageu Haringvliet.  
 
Se trata del gran canal que separa la isla que ya quedó atrás ayer, la de Goeree Overflakkee, y la de Voorne Putten, que es donde estaré hasta la tarde. Tras la paliza de ayer, en la que sólo descansé el rato de comida en el camping de Hellemeet y los cuatro baños con Wim, hoy me encuentro más descansado. 
Hellevetluis. Canal y molino.
Llego a un canal, que debo cruzar para entrar en la ciudad. A lo lejos ya veo un molino, que veré luego más de cerca. 

 




De momento un buen camino me va llevando a un puente peatonal que me va a permitir cruzar el canal. 

 


Camino paralelo al canal y en pocos minutos me encuentro frente al molino. Sus cuatro aspas están completas, aunque sin la lona que le permitiría aprovechar mejor el viento. Pero, parece claro que este molino hace tiempo que no trabaja, incumpliendo su función demoledora para la que fue construido. 

 










Avanzando por el canal, que también es puerto, sigo viendo pequeñas embarcaciones, junto a algunos yates más potentes.
 
Ya en el centro de la ciudad, paso un puente que me lleva al otro lado del canal y me encuentro junto a la iglesia. 

 












La rodeo, pues estoy buscando un sitio para desayunar aunque, por ser temprano, no encuentro ningún café abierto. Saco otra foto de la iglesia por la parte de atrás. 
 
Como no encuentro nada tampoco por allí, decido volver al puente y encaminarme hacia la bocana del canal. Donde se amarran veleros antiguos con altos mástiles. Al fondo está el faro.

2013 Dutch Classic Yacht Regatta. Röel Moens.
En pocos minutos me voy a enterar de que aquí se celebra, cada dos años, una regata de tres días de duración. Este año celebran la 13ª edición. Eso es lo que pone en la camiseta, pero luego me entran dudas de si es la 13ª edición o si se trata del año 13 del siglo XXI. La gente de los veleros se está despertando. Un matrimonio en el suyo, con ojos somnolientos, desayuna en cubierta. Uno, todavía dormitando, asoma su mano del interior del edredón. Otro se limpia los dientes con cepillo. Hay una gran carpa preparada para la organización y reuniones de la dirección y los regatistas, así como instalaciones sanitarias desmontables, con retretes y duchas. 
 
Me encuentro con Röel Moens, un belga que compite con su velero en la regata. Son tres los tripulantes: él, un inglés y un alemán. Parece que se entienden a la perfección. Hoy hay algún problema con el viento, y la regata está suspendida provisionalmente, mientras no mejoren las condiciones atmosféricas. Raúl me invita a entrar en la carpa y, después de contarle la caminata que estoy haciendo y, de decirle que no encuentro ningún café para desayunar, hace gestiones con la organización para que pueda desayunar con él, gratis. No hay ningún problema. Se ve que habla flamenco y se lo agradezco. Soy un invitado de la regata. Además me da la clave para el uso de los sanitarios, por si me quiero duchar. Raúl sabe castellano y se ve que le gusta ayudar. Algunos se prueban camisetas de la anterior edición, la de 2011. Se ve que tratan de vender las que les sobraron y hay demandantes. Raúl todavía es joven, pero sueña con la jubilación y con hacer el Camino a Compostela. También le gusta la costa, no en vano es hombre de velero. Le doy mis señas por si quiere pasar por Irun cuando lo haga a Santiago por la costa. El desayuno es gratis, pero hubiera preferido pagar, ya que ayer mi cena fue frugal. Saco foto a Raúl bajo la carpa. Al fondo están los que reparten el desayuno. 

Con el café no hay problema, puedo beber lo que quiera, pero parece que las vacas holandesas no dan leche, o la dan a cuentagotas. Lo que ofrecen son esos cuenquitos de leche evaporada, preparados como para la nube de leche del té de las cinco inglés. Menos mal que consigo hacerme con cinco de estos mínimos cuencos. Como dos rebanadas de pan. Una con revuelto de tortilla, bastante seca, y otra con mantequilla y mermelada. En una mesa, todavía alguien se está inscribiendo con el n.º 64. No lo entiendo muy bien, pues si ayer no regateó sus posibilidades de victoria son mínimas, si no imposibles. Mientras, hablo con el amigo belga. Röel conoce algo de Andalucía: Granada, Sevilla, Córdoba, Ronda, Vejer de la Frontera… Sus compañeros aún no se han levantado. Su velero, durante el invierno, lo tiene en Kargase, un estrecho paso en la isla de Noord-Bevelland, que ya dejé más al sur, en mi etapa 42, al Este de Walcheren. Es viejo y suele ir por él desde Bélgica en su coche. Está a 200 km de donde vive. 
 
Mientras yo escribo y Raúl tiene que hacer otras cosas, se van reuniendo dentro de la carpa a todos los regatistas. La regata acaba mañana y están tratando de no suspender la de hoy, pensando en que a la tarde mejorará el tiempo. Uno informa al resto. Yo escribo el diario de espaldas al que diserta y creo que no doy una mala imagen al resto, pues soy ajeno al tema que están tratando. A ratos alguno se ríe de alguna gracia emitida por el informador. Algunos preguntan. También oigo alguna voz femenina. Saco foto con la carpa animándose. 
 
Aunque rebajado por agua, el segundo café ya me está produciendo nervios en el estómago. Cojo agua de los WC y sigo escribiendo. Pido explicación sobre las camisetas del pasado año y me piden prestado un bolígrafo. Les dejo uno de Kutxa. Ahora la carpa está casi vacía. Han puesto música y a las 10:30 dejo de escribir para acercarme al v.v.v. para informarme y conseguir mapa. El sol, que parecía iba a salir radiante, se ha esfumado y el día está triste y gris. Es lo que veo cuando salgo de la carpa.

V.V.V.
No sólo está gris, sino también sonoro, con truenos amenazantes. Desde los cañones de defensa, fotografío los veleros amarrados con sus tripulantes y me voy caminando hacia la bocana. Parece que ya les habían anunciado la lluvia y la posibilidad de hacer la regata por la tarde. Busco a Raúl, entre las tripulaciones, pero no le veo. Lo que quiero encontrar es un velero viejo, pero no sé si es el suyo con el que compite el trío, o si el de su propiedad se quedó en Noord-Beveland. 
 
Raúl se separó hace años y, a los tres, se murió la que fuera su mujer de enfermedad pulmonar, y eso que no era fumadora. Tiene dos hijos jóvenes, demasiado jóvenes como para que le hagan abuelo. Como no encuentro a Röel, voy hacia la oficina de Turismo. De camino, un árbol me llama la atención. El tronco, ramaje y copa con hojas no tiene nada de particular, pero sorprende una rama muerta que brota de la base del tronco. Es como si le surgiera de su partes bajas un pene erecto que, para más jolgorio, han enfundado en un preservativo tejido de lana, algo que ya creía estaba pasado de moda hace años. Quiero pasar al otro lado del canal, pero debo esperar a que el puente vuelva a su ser pues, como lo han tenido que quitar para que pasara un barco, que ya ha volado hacia la bocana, no me queda más remedio que dejar que terminen la maniobra. 


No se trata de un puente levadizo, sino giratorio. Una vez que el puente queda perfectamente encajado, en un encaje semicircular, acorde al espacio y a las escaleras, también en semicírculo, puedo cruzar al otro lado. Como busco la oficina de Información y no la encuentro, pregunto a dos chicos, uno con niño en sillita, y me indican bien con el dedo. Vuelvo a cruzar el puente, hacia la iglesia con los dorados del reloj, donde ya había estado a primera hora de la mañana. El sol da en la veleta por detrás. ¡Qué cambio! 

 
Saco otra foto del canal con el molino en que he estado a primera hora de la mañana. Cerca de la iglesia veo la flecha VVV y enseguida encuentro la oficina de Información. Cuando llego, están vendiendo una mesa de campaña y nadie me atiende. Las dos chicas están ocupadas en el mismo tema. No consigo que les entusiasme mi camino y se empeñan en venderme un plano enorme, que me va a ser poco manejable, imposible de usar. Me dice la joven que no tienen otra cosa. Pero luego, la mayor, me encuentra otro de similares dimensiones, pero que me va a permitir ir por la costa hasta Haarlem y algo más y, por el Este, aunque no me interesa, hasta Amsterdam. Lo peor es que tengo que pagar por él 6,50 € y me resisto. Pero veo que, caminando por interior y sin ayuda de la costa, si no llevo este mapa lo voy a tener complicado para llegar a Rotterdam, que va a ser el objetivo para hoy, acabo comprándolo. La buena noticia es que lo puedo pagar con Visa y que la tarjeta vuelve a ir bien, como en el Gallo de Firence. Empieza a llover y meten de la calle dos motos y dos bicis que se encontraban fuera, expuestas a la lluvia. No creo que eran vehículos privados, sino que estaban también expuestas para la venta. Además de informar, se ve que aquí aprovechan la oficina para vender de todo. Con el mismo personal matan dos pájaros de un tiro. Como sigue lloviendo, me invitan a pasar a otro espacio del interior donde hay dos mesas unidas con ocho sillones de mimbre con antebrazos alrededor. Mientras escribo el diario, tengo la voz de ellas como música de fondo, pues siguen atendiendo y hablando con otros clientes. Aprovecho para doblar el enorme mapa de forma que tenga a la vista el recorrido que haré hasta Rotterdam, y así lo hago más manejable. Lo bueno es que en este mapa aparece la isla que pasé ayer y que temía me iba a quedar sin mapa de ella. También compruebo que ya no me interesa el stayokay de Dordrecht, pues queda muy al Este y por interior, y ya me puedo olvidar de él. Como no para de llover, empiezo a pensar que me va a convenir comer en esta ciudad antes de ponerme en marcha. Me asomo a la segunda puerta y sigue lloviendo. Llamo a Vera. Está sola trabajando para la próxima feria de artesanía. Sus chicos están en Los Arcos. El tiempo está desapacible, por lo que no le está dando ninguna pereza trabajar. Mañana la volveré a tener presente ante la estatua de Erasmo de Rotterdam. Escribo postales a Annick, Huguette, Pierre Rivet, Maxi y Sagrario. Va a dar la una y sigue lloviendo. Decido abrir el paraguas y marchar del VVV, con intención de buscar restaurante.

Buscando restaurante y despedida de Raúl.
El paraguas se impregna de pequeñas gotas y enseguida deja de llover. Lo cierro, lo sacudo y lo vuelvo a guardar donde estaba, de donde no debiera haber salido. ¡Impaciente!, me digo a mí mismo. 

Paso el puente, pues veo al otro lado una pizzería, pero sólo abre por las tardes y tarde. Busco la embarcación de Raúl, la número 10, y localizo al amigo. Aún le voy a pedir otro favor. Raúl está saliendo de la cabina de su velero Stormvogel a cuatro patas, con la calva por delante. La verdad es que en estos habitáculos los espacios reducidos obligan a ejercitar posturas a las que hay que adaptar la agilidad corporal. Exigen preparación y adaptarse a ellos. Él y sus dos compañeros ya han comido y sale para enterarse de si por fin la regata se va a iniciar a las cuatro, o no. Me ayuda a buscar un lugar adecuado para comer. En el primero lo único que ofrecen son las fritangas de los frituur y pasamos al otro cercano donde, después de mirar la carta, vemos que ofrecen ensaladas y espagueti. Me despido de Röel agradecido por toda la ayuda que me ha prestado a lo largo de la mañana y me siento ocupando una mesa. Cuando se acerca el camarero me dice que las ensaladas y la pasta sólo la sirven por la tarde, que a esta hora sólo ofrecen sándwiches. Me voy y enseguida encuentro otro restaurante.

De Ruyterhuis.
Entro y pido sopa, ensalada de tomate con mozzarella, y tres huevos sobre pan y jamón y queso. Todo, incluso la mozzarella me parece bueno, pero el queso que recubre los huevos y el jamón, hace el plato excesivamente empalagoso. La sopa es como una ministrone con trocitos de jamón y champiñón bailando, que como a gusto. También los tomatitos, que son del tipo chery con variadas formas, tamaños y colores. A los tres platos les acompaña el pan, en los primeros es negro y, el de los huevos, blanco. Estos panes, que están en la base, los saco de debajo y ni los pruebo. Acompaño la comida con dos cervezas de 2,75 € cada y la cuenta asciende a 24,50 € que pago con Visa, que me sigue dando alegrías. Me he retrasado mucho, pues el servicio ha sido lento y, además, quiero volver al VVV para obtener plano de Rotterdam y localizar el lugar exacto donde se encuentra el stayokay. Pero lo único que me ofrecen es otro también de pago. Me manda a la zona en que está todo lo de la gran ciudad, por si hubiera un plano de la ciudad dentro de ellos, pero lo único que hago es perder tiempo y no encontrar nada. Salgo de la ciudad por el indicador Oudenhoorn.

De nuevo en la costa y sin lluvia.
El día se ha ido aclarando, pero todavía hay nubes, aunque poco amenazantes. Voy por el borde del mar. En medio del canal, el islote Slijkplaat. Oudenhoorn está a 6 kilómetros, pero para llegar allí, deberé abandonar el mar. 

  
Pronto empezaré a ver señales hacia Rotterdam. Una fila de ánades agitan sus palmípedas patas y nadan en dirección contraria a la mía. No me van a servir de ninguna compañía. Van dieciséis en perfecta formación, siguiendo a su "pato guía". 



De momento, mi mapa me indica que debo coger la referencia 87 y seguir hacia la 86. En este tramo encuentro un manojo de señales, a la que me acerco por si me arrojan alguna información de ayuda, pero son las clásicas señales que no sirven de nada y parecen más un juego floral de juegos imposibles. ¿Para qué quiero saber por dónde se va a Finlandia, Noruega, Portugal o Brasil? Más o menos ya tengo claro el itinerario que debo hacer hasta la ciudad de Erasmus. Otro referente importante que no puedo perder, de momento, es la ciudad de Spijkenisse. Después la abandonaré, pues el puente que debo pasar para la siguiente isla de Ijssel Monde, donde está una parte de la ciudad de Rotterdam, se encuentra más al norte. El canal Oude Maas separa las islas Voorne Putten y Ijssel Monde, y el puente lo pasaré más tarde. En realidad lo que me ocurre es un fallo de interpretación, derivado del gran tamaño de mi nuevo mapa y es que Spijkerisse aparece en él en el sur de la población y ésta es hermosa, más que la que acabo de dejar, Helleveetsluis. Inevitablemente, el camino me llevará por Spijkerisse hasta el puente. Voy a tener otro problema, pues las señales no coinciden exactamente con el itinerario del nuevo mapa, así que tendré que estar muy atento a las opciones y no cometer ningún error. A veces se ha caído una señal y, lo que para otros se compensa con las otras señales, a mí me llena de zozobra. A pesar de llevar teóricamente un mapa magnífico, yo voy más inseguro y vulnerable por el interior que en el resto de mi viaje, con mapas más endebles. Pero esto va a ser una constante en el día de hoy. Reanudo la narración entre Helleveetsluis y Oudenhoorn. El camino sigue bien pero, en un cruce, la señal me manda a la carretera. Como un coche que pasa me pita, retrocedo y reviso para ver si he interpretado mal la señal, pero mi deducción había sido correcta. Llega una pareja en bici y ella, con muy buen castellano, me dice que siga por la carretera, que los coches deben respetar a los caminantes en este tramo que hay que compartir y que, normalmente, lo respetan al caminante. Me informan que coja la primera desviación a la izquierda. Cuando llego, efectivamente, allí está la señal correcta. Sigue el camino por carretera estrecha y sin arcén, pero por la que apenas circulan coches. Ahora todo va bien. 
Hasta veo un ave que me hace recordar alguna polla de agua que cazó mi padre, aunque mi recuerdo más reciente me hace pensar en las fochas que suelo ver en Plaiaundi, el humedal de Irun. Me cuestiono si polla de agua o focha no sean la misma ave. Veo también otra gran ave, que se me vuela antes de que pueda preparar mi cámara. 
 
Ya, de lejos, veo la iglesia de Oudenhoorn y sé que he llegado al pueblo cuando veo un museo de aperos de labranza, donde aparece en letras grandes el nombre esperado. Cuando estoy más cerca de la iglesia, pero sin entrar en el casco urbano, saco foto del pincho de la bonita iglesia que, por la posición, parece un gran cono. Ahora tengo que coger dos referencias, la 85 y la 82 para llegar a Zuidland.

Zuidland.
Salgo de Oudenhoorn sin ningún contratiempo y sigo el itinerario señalado en el mapa. Lo más destacado de Zuidland son unas casitas a borde de un regato, que también parece marisma. Me parece un lugar muy bucólico pero, pensando en que puedan habitar allí niños, me parece muy peligroso sin son pequeños y no saben nadar. Tienen su puertito, sus barquitas y sus nenúfares. 

 


Más adelante me encuentro con otro canal, no tan ancho como el que pasé ayer, y más estrecho que el Oudl Maas que pasaré más tarde. Saco foto desde el puente y con otro puente al fondo. 
 
Se ve que estos canales no crean problemas para la circulación viaria. Ya, al otro lado del canal, y junto a otro mínimo regato, aquí no falta el agua, pastan vacas de todos los colores, alimentándose de la hierba que se convertirá en leche para mi desayuno de mañana.

Spijkenisse. Canal Oude Maas.
Entre los pasos 15 y 19 dudo y me tropiezo con una baldosa levantada. Retrocedo para tratar de colocarla bien, retrocedo para colocarla, y que nadie que venga detrás se tropiece. Pero no hay forma de conseguirlo y la coloco del otro lado. No sé si va a ser peor el remedio que la enfermedad. 
 
Y así es como entro en Spijkenisse. Llego a una iglesia y la fotografío. Los árboles del entorno me tapan gran parte de su fachada y prácticamente su torre. En la explanada arbórea no sé si montan o desmontan un tinglado metálico que muy bien pudiera ser la estructura de un mercadillo, no sé si pasado o futuro, si de esta mañana, o de la próxima tarde o para mañana. 
 
No consigo encontrar las señales del itinerario de mi mapa-guía, las número 23 y 04, que serían las que me llevarían a cruzar el puente sobre el canal Oude Maas. Paso un pequeño canal, que ofrece otro puente al fondo y también otro molino de cuatro aspas. Encuentro a unas chicas que van con niño en sillita. Ellas me ayudan y me reorientan hacia el puente deseado. Ya veo el puente con recia estructura a lo lejos y fotografío un poste de señales, en blanco y rojo, donde veo la distancia a Rotterdam. 

Todavía me faltan 14 kilómetros y, al pueblo del otro lado del canal, Hoogvliet, sólo 2. ¡Ya falta menos! Lo importante es que no me pierda y me retrase. Cuando llego al puente, una barcaza va decidida a pasar por debajo. ¡Menos mal que este puente es fijo! Así no tengo que esperar. 

Por efecto óptico, parece que la barcaza remolca a un navío de recreo. Lo cierto es que, como no veo al completo esta segunda embarcación, no puedo asegurar si el efecto es óptico o una realidad que la barcaza hace de arrastrero. Este canal conecta el puerto de Rotterdam con el de Dordrecht. 

 

También saco una foto en esta dirección, con lo que se puede ver que en Spijkenisse, en zona próxima al canal, han construido unos altos edificios, como rascacielos. Unos muy concentrados y otros más aislados y de similar factura, que me traen al recuerdo los mamotretos que se construyeron en su tiempo en el barrio de Bidebieta, en Donostia-San Sebastián. Sin embargo, del lado de Hoogvliet, los edificios altos son escasos.


Hoogvliet, Poortugaal y Rhoon.
Ya estoy al otro lado del gran canal. Durante este recorrido no voy a tener claro cuándo estoy en cada una de las tres ciudades previas a mi entrada en Rotterdam. Tampoco sé si, cuando vuelva a encontrar la próxima señal, ésta me orientará hacia Pernis, que es un islote dentro del gran puerto comercial, o hacia dónde. Por fortuna, y creo que es lo más racional, me va a llevar hacia Poortugaal y Rhoon. Con todo, sigo confuso a pesar de tener, teóricamente, un buen mapa. ¿Qué hubiera ocurrido si no lo tuviera? 

Probablemente habría ido más perdido, si cabe. En un bar de Hoogvliet bebo una cerveza, por la que pago 2,35 €. Me han ofrecido de grifo, pero elijo Heinekeen, que me parece la más barata. Un hombre se acerca y pregunta y le respondo con mi aprendido “I come from… I go too”. Aunque voy bien alimentado, pues he comido de sobra, estoy cansado y voy dosificando la poca agua que me queda. Me arrepiento de no haber llenado el botellín en el bar. En un canal, veo un ave alta que me hace recordar a una garza, aunque mi conocimiento sobre hornitología es mínimo. 
 
En el delta del Ebro, cerca de la Ampolla, me enseñaron una garza real volando y lo mas que veo en el Txingudi son garcetas blancas. Para que sea garza me parece demasiado confiada, impropia de zona urbana. Faltando un kilómetro para Poortugaal, todavía en Hoogvliet, me llama la atención un edificio cilíndrico con grandes ventanas apaisadas. Me parece un enorme panóptico, diseñado para vigilar. 
 
Podría ser propio de instituciones carcelarias, y me viene al recuerdo el libro “Vigilar y castigar”, o para un aeropuerto, aunque por aquí no veo aviones. Probablemente sea un edificio de oficinas, que augura ser muy luminoso por dentro durante el día. Llego a Poortugaal y saco el pincho de la iglesia entre la arboleda. Más adelante y con la torre al completo, consigo fotografiar la fachada principal libre de elementos que la oculten. No sacaré más fotos hasta llegar al cielo de Rotterdam. 

 
A las puertas del Centrum.
Después de Rhoon debo ir por zona en obras, cuando ya en la carretera empiezo a ver señal de Centrum, aunque no sé si se refiere a otro pueblo o a la gran capital portuaria. Un chico me informa de que ya estoy en Rotterdam. Pregunto en una gasolinera y no me saben decir por dónde está el Albergue juvenil. Eso que aquí la palabra stayokay es más fácil de entender que para los alemanes su jugendherberge, como comprobaré en el verano de 2015. Encuentro un plano de la ciudad y sitúo la calle Overblaak en la zona centro M-5. El lugar donde está es próximo a uno de los anchos canales del Nieuwe Maas. Voy por un paseo entre marítimo e industrial. Otro chico me vuelve a orientar hacia el centro. Finalmente llego a un lugar céntrico, pero no sé hacia dónde tirar, y no veo mapas orientativos. Llego a una estación, parada de Metro. Pregunto a una chica que espera en parada de bus y ella me recomienda que coja el metro y la dirección de la izquierda. Me meto en la estación, pero no hay taquillas abiertas, sólo máquinas expendedoras de billetes. No tengo ni idea ni de la distancia, ni de dónde bajar, ni si me voy a acercar o alejar, así que decido salir de nuevo.

Amabilidad del barman y taxista durmiente.
A la chica que me ha orientado hacia el metro ya se la ha llevado el autobús que esperaba. Un chico aparece con un carro de basura, que viene de haberla echado en el contenedor. Le expongo mi problema y él mismo se encarga de pedirme un taxi desde el establecimiento en el que trabaja. Me dice que espere en la carretera, frente al bar. Veo un taxi que para al otro lado del Metro. Corro para preguntarle, pero a él nadie le ha llamado y retrocedo al lugar donde estaba antes. 
Mientras espero, saco una foto del cielo de Rotterdam. Todo el día ha estado con nubes y claros y, a esta hora, es cuando está más despejado. Bonitas nubes ponen su nota graciosa en el celaje azulino y esta va a ser mi última instantánea de la jornada. Gracias al amable barman, al poco tiempo aparece el taxi, conducido por un Pakistaní, aunque nacido en Holanda. Conduce a la vez que se le cierran los ojos. Le hablo para que no se duerma. Pareciera que el taxi no necesitara conductor, que él sólo sabe por donde ir, y me deja al pie del edificio. Era algo menos, pero han sido los 10 € mejor empleados de todo el viaje. Me alegro de haber tomado la decisión de coger el taxi, ya que normalmente me suelo resistir a tomar decisiones de este tipo, que implican coger un vehículo cuando puedo ir a pie al lugar deseado. Hoy no me arrepiento.

El stayokay de Rotterdam: Una colmena.
El acceso al edificio es complicado. Por un lado es una calle ancha y, por el otro, es una plaza con agua al canal y amplia oferta de terrazas de bares y restaurantes, una zona muy animada, que mañana fotografiaré. En el laberinto de accesos, por fin veo un indicador de stayokay.
No es foto. La que os ofrezco es una postal del stayokay. Como veis el edificio es muy original

Está en el primer piso. Cuando entro en el recinto de recepción, al que se accede por rampas y escaleras, no hay nadie en el mostrador. Por fin aparece uno, al que enseño el carnet de alberguista y me da cama en una habitación de siete camas. Pago 25,70 € con Visa y la tarjeta va bien. Subo en el ascensor al 3º con un chico que me orienta hacia el otro pasillo pero que, luego confluye con el suyo. No veo sentido a la bifurcación. Se oyen voces por el pasillo. Cuando entro en la habitación 316, ya hay dos camas ocupadas. Elijo una baja, la más próxima al WC, donde están también el lavabo y la ducha. Bebo agua pues, al dosificarla, he pasado sed. Pongo a cargar el móvil, pero no se cargará. Lavo la ropa, hago la cama con la bajera ajustable y, por encima, la funda del edredón, que escondo. Me ducho con caliente, que voy bajando a templada y acabo con fría. Consigo quitarme bastantes pellejos de la ampolla que hace tiempo se curó del lateral del talón del pie derecho. El del izquierdo hace tiempo que dejó de dolerme, pero no reventó. La uña sigue muy suelta, pero aún agarrada por la aureola. No sé cuándo se caerá. Cuando me estoy dando masaje de Aloe-vera en los pies, entra un australiano con guitarra. Hablamos de Barcelona y Torrevieja, lugares que conoce porque pasó unos días, algún año. Pero se va a fumar. Llega otro que dice “sorry” y elige la otra cama que queda sola, sin litera encima. Así que las tres camas están ocupadas. Se va. Me quedo solo y, para las 22:15 ya estoy acostado. Creo que estoy más cansado por la zozobra y las dudas que por los kilómetros recorridos. Como he comido bien, no me preocupa no cenar. Duermo con el cobertor del edredón encima. No hace falta más ropa de cama. Hace suficiente calor. La funda del edredón es igual que en Domburg, con rayas de colores alegres. Se ve que tienen el mismo equipamiento en todos los albergues de la nación. El continente es muy curioso. Parece una colmena. Pero el interior de las habitaciones no se ajusta a él. Las literas no se adecuan al espacio y las ventanas quedan en posiciones imposibles de manejar para conseguir la oscuridad en el interior. Eso tiene la ventaja de invitar a madrugar a los más perezosos noctámbulos. La litera baja la coge un motorista. Es el casco el que me da la pista. La ocupada primera es de un ciclista asiático, que también los sé por el casco. Las dos literas restantes las van a ocupar padre e hijo que, por la mañana, desayunaran a la vez que yo. Ya estamos los siete magníficos. Me levanto dos veces a orinar, para deshacerme del agua que he bebido al llegar. Esta noche ha llovido, como había vaticinado el taxista pakistaní.

Balance de una jornada curiosa por interior.
Lo mejor del día ha sido la experiencia con Röel, el regatista. También la ayuda final que me ha permitido conseguir el taxi del pakistaní que, si se llega a dormir del todo, hubiera supuesto el fin de mi viaje y de mi vida. Como curiosidad, la variedad de animales vistos durante el día, sobre todo de la fauna avícola. Y la sorpresa del árbol empalmado con su funda. Del albergue hablaré más al final de mi viaje, pues lo elegiré como colofón, en el regreso.