viernes, 27 de mayo de 2016

Etapa 10 (367) Montmartin sur Mer-Lessay



Etapa 10 (367). 23 de junio de 2013, domingo.
Montmartin sur Mer-Orval-Coutances-Montsurvent-Créances-Lessay.


Hoy es mi 76 etapa por Francia. Va a ser un día en que todo el recorrido va a ir por el interior. El haber ido hacia Coutances por la D-20 y no haber tirado a la izquierda por la D-650, ha sido el momento clave. En el primer cruce. Quizás la lluvia o el atractivo de la gran ciudad con sus epatantes iglesias también han podido ser la razón de no haber ido hacia la costa. Eso es lo que ha pasado, y a lo hecho, pecho.

Amanecer en Montmartin-sur-Mer.
El día amanece gris. Oigo ruido de alcantarillas, pero no parece que llueva. Lo confirmo asomándome a la ventana. Me levanto a las siete y voy a cagar, pasillo adelante, con la toalla blanca. Me afeito y me ducho. He recogido camiseta y calzoncillos, todavía húmedos y los he metido tal cual en la mochila, con la esperanza de que ya se acabarán de secar dentro. Algo de agua ha escurrido fuera del plato de la incómoda ducha. Para las 7:30 horas ya estoy en marcha. 
 
Cojo carretera a la derecha en lugar de hacia la izquierda. paso por la iglesia de Montmartin. Voy por carretera equivocada. El día está triste y los árboles me quitan el viento. Aguanta sin llover, pero será por poco tiempo. 

Hyenville.
Pretendía ir hacia el Havre de la Sienne y me estoy acercando a Hyenville por una carretera inexistente que no aparece en mi mapa. Saco foto de la iglesia y el cementerio. Un hombre sale de su casa para fumar y me confirma que voy en buena dirección hacia Coutances y que me faltan 7 Km. para llegar. Es lo que pone al salir del pueblo, un kilómetro más allá. Paso varios cruces y, cuando estoy ya orientado, empieza el sirimiri. Me tengo que poner la capa porque empieza a llover con ganas. Veo un sapo despanzurrado en la carretera y canta un gallo. Poco después paso un puente sobre la Sienne. La capa se está rasgando por el cuello, hacia la parte delantera. El agua cae fuerte durante unos veinte minutos, pero luego amaina. He salido indemne, pero se me ha terminado de romper la sandalia derecha. Voy con ella medio arrastras. 

Después de la tempestad viene la calma, así que faltando 5 Km. para Coutances, veo anuncio de iglesia de los siglos XI y XIII en Orval y, aunque me debo desviar para verla lo hago a sabiendas de que después tendré que volver a este mismo punto. Un trozo con recorrido de ida y vuelta.

Orval. Iglesia s XI y XIII.
Cuando llego a un cruce de la carretera con las vías del tren, anuncian la iglesia a un kilómetro. 
 
Ya no llueve. Camino el kilómetro que me falta y entro al recinto. Es una iglesia tosca pero con encanto. Su torre surge del crucero, del encuentro entre las dos naves, no en vano es de planta de cruz latina. Saco una foto de la iglesia con su cementerio alrededor. En el momento en que estoy llegando a la iglesia, llega un cura con las llaves para abrirla y me acompaña a la cripta. 
 





Me explica qué partes son del s XI y cuáles del XIII. Me dice que alrededor de la pila bautismal se enseñaba el catecismo y la escuela. No me dice en qué época. 
 
Supongo que en tiempos en que Francia no era república y en que la religión impregnaba toda la cultura y las costumbres del pueblo. Saco foto del baptisterio y el entorno que hacía de escuela y catequesis. Por unas escaleras se accedía a la parte que él dice del s. XIV y no del XIII, como he leído. Creo todo lo que me dice. 

 







Saco foto de la cripta y de la puerta que da acceso a ella. Es interesante el techado de la cripta, bajo la iglesia, pero quizás más aún la puerta para acceder a la cripta. El rebaje en la piedra le da un aire poco convencional. 

 






El cura se tiene que ir y, entonces visito la iglesia. Saco una foto de la nave única desde la parte de atrás hacia el altar mayor, con la pila bautismal actual en primer término. 

 



Me quito la sandalia rota y le saco foto de despedida, en el escalón de la puerta de entrada. Esta Quechua pasó a mejor vida. No me atrevo a tirar su pareja, pues me puede servir para sustituir en el caso de una ampolla, de una rozadura producida por otra. Cambio de sandalias y guardo la desparejada. 

 
Me acerco al crucero y en el ábside está el altar mayor. Sin embargo, algo adelantada, hay otra ara más sencilla pero, probablemente, donde se celebra la misa. Al fondo del altar mayor, hay tres vidrieras pequeñas pero muy interesantes. Con esta última imagen de interior, salgo del recinto de iglesia y cementerio y retorno hacia el cruce de las vías del tren. En conjunto, he estado poco más de un cuarto de hora. Ha sido una visita rápida pero suficiente y me puedo congratular de que he llegado en el mismo momento que san Pedro con las llaves y que ha sido un guía de excepción.


A Coutances.
Después de las vías del tren, voy pensando en que a lo mejor trato de poner plantillas a las sandalias que Pierre me arregló el pasado año en Parentis. Del cruce a Coutances, como he dicho, quedan cinco kilómetros. En Orval no había ningún lugar para desayunar, así que me olvido de hacerlo y de tener esa preocupación, pues si no se me va a juntar con la hora de la comida. 

 
La carretera rojiza es buena y, al ser domingo y haber arrancado con tan mal tiempo, soporta poca circulación. Cuando llego a una curva, ya puedo ver, todavía lejana, la gran mole de la catedral. Destaca, algo nebulosa y atrayente, en lo alto. Ya estoy entrando por la zona de la vega baja de Coutances y saco otra foto de la catedral que, a pesar de estar más cercana, aún muestra algo de la tenue neblina matutina. Aunque estoy cerca, aún tardaré más de veinte minutos en llegar hasta ella. No es lo mismo, y el paraje no es como aquel, pero la imagen que percibo me recuerda a Mont-Saint-Michel. 
 
Ascendiendo hacia la catedral, paso por una iglesia con cúpula, totalmente atípica. No tiene nada que ver con las que vi en Bretaña, ni con las que estoy viendo en Normandía. 

 






Siguiendo un poco más adelante, paso por otra, con alto clocher y más convencional. Es así como llego a los edificios y aparcamientos del Centro Hospitalario, donde señalan con flecha las dependencias y la sección de Urgencias. 
 
 








Esta vez no voy a tener que hacer uso de estos servicios, como ocurrió el pasado año en Douarnenez. 

No sé las razones que me han hecho creer que estos edificios eran la residencia de ancianos. Quizás alguno de los edificios próximos lo fueran. Todavía no he llegado a la cima y la carretera continúa ascendente. Llego a otra iglesia que, por sus grandes dimensiones y su majestuosidad, pienso que ya es la catedral. Pero no lo es. 
 
 
La fotografío según la veo al llegar y al rodearla. No entro en ella. Tampoco sé si se puede entrar. Al menos no veo feligreses domingueros que lo estén haciendo por ninguno de sus accesos. Todavía saco una tercera foto desde el otro lado. Exteriormente, me va a gustar más esta iglesia que la catedral que, aunque la he visto desde la carretera, en la distancia, ahora no consigo ver. 
 
Es lo que ocurre cuando estás dentro de población, la altura de las casas, aunque sea muy inferior a la de las iglesias y, sobre todo, a la de sus campanarios, no permite ver los pinchos que intentan horadar el cielo. Sólo, desde lugares puntuales, se puede ver lo que el caminante busca.

Champ’bord Tabac.
Primero paso por el Champ’bord, un Tabac donde tomo un café con leche para engañar al estómago hasta que llegue la hora de comer. Pago 2,50 €. Va a tener más carácter de aperitivo que de desayuno, pues no como nada, para que no me quite el apetito. Nada más cruzar la puerta, una señora se ríe al verme y voy a saludarla. 
 
Le doy mi mano y al señor que está con ella. Todo el mundo que entra va a saludarla. La mayoría con dos o cuatro besos. La chica que me ha servido, me recomienda el Cous-cous para comer. Creo que le voy a hacer caso. Salgo y, por una calle, veo lo que busco.

La Catedral.
Entre calles, llego a dar con una de las torres de la catedral. Bueno, digo una de sus torres, cuando en realidad son las dos pero que, en la posición en que las veo, se confunden y amalgaman una con la otra. 

 





Es difícil obtener una foto completa más cercana, pues el entorno no permite espacio suficiente al fotógrafo como para poder dar pasos de encuadre hacia atrás. Solamente, cuando esté en la larga plaza que enfrenta a la catedral con el ayuntamiento, poder político para el bienestar o malestar de los ciudadanos, frente a poder religioso para el malestar o bienestar de sus almas, podré sacar foto en la que las dos torres se muestran de forma bien diferenciada. Entro en la catedral. 

 





Se está celebrando la institución de la Eucaristía y, para no interferir el desarrollo del rito, me escoro hacia la nave lateral de la derecha. Saco una foto que confirma su grandiosidad. Me tendría que haber marchado sin más pero, a riesgo de que me saltara el flash, que no acabo de controlar bien cuándo lo hace y cuándo no, saco otra de la nave central hacia el altar donde el celebrante es atractivo de todas las miradas, pues es el momento de la consagración del pan y del vino. 
 
Los feligreses están atentos a todo el proceso, aunque la novedad sea improbable ya que, como en todo rito, la repetición idéntica de los pasos a dar es la tónica. Es muy difícil salirse del guión. Quizás esté ahí el misterio de que los asiduos no se aburran de siempre lo mismo. Es inimaginable que alguien acudiera día tras día o semana tras semana, a ver y oír el mismo concierto, la misma ópera, el mismo teatro… Algo esotérico tiene el rito que no cansa ni a María Santísima, a ella menos que a nadie, el sacrificio de su hijo por el bien de la humanidad. 
 
Obtenida la última foto de interior sin haber interferido la marcha del acto religioso, y sin atreverme a ver más, ni del altar ni del coro, salgo de esta gran catedral de Coutances, que no estaba entre mis planes visitar, pero a la que me ha traído el camino equivocado. Salgo por puerta lateral frontal a la que he entrado. Ya en la plaza y al pie de la fachada principal de la catedral, saco foto de la puerta de acceso, que parece está atrancada. Desde esta posición, veo también, hacia abajo, la torre de la última iglesia por la que he pasado al subir y que luego visitaré. Me aproximo hacia el ayuntamiento, para sacar foto completa de la fachada principal de la catedral. Ahora la distancia me permite sacar la foto que antes no he podido hacer. Las dos torres con sus arranques de pararrayos, que no apuro, pues también quiero que salga la fuente central que me va a ayudar a centrar la imagen. Aunque no sale perfecta, trato de conseguir un equilibrio entre los dos lados. Que echando una raya vertical imaginaria que pase por el centro de las dos puertas principales, el lado derecho sea idéntico al izquierdo. Casi lo consigo.

El Ayuntamiento.
El Hôtel de Ville, como he dicho, está en la misma plaza, al lado contrario de la catedral. Es un edificio noble grandioso, de cuatro plantas: planta baja, dos pisos convencionales y un cuarto abuhardillado y con cubierta de lajas de pizarra a prueba de goteras. Su edificio central, algo adelantado y con doble escalinata para acceder a la puerta de entrada, presenta una distribución en alturas no correspondiente con los pisos de las dos alas simétricas. Empieza en un entresuelo y acaba en otro espacio abuhardillado porque aquí el edificio tiene más altura y lo permite. Visto desde enfrente, parece menos regular, ya que al lado izquierdo han plantados unos árboles que, en el derecho, no hay. Hoy ofrece profusión de banderas. No tengo referentes para saber si es lo habitual. No conozco la bandera local, pero sobre el balcón de las asomadas ondea una que bien pudiera serlo. A cada lado y partiendo del suelo, están la europea y la normanda. En cinco balcones de cada lado ondean muchas banderas tri-color y la europea. La proporción de los ramilletes es de tres azul-blanca-roja por dos de Europa estrelladas. 
 
En el escudo que protege sus mástiles, también se ofrece la francesa. El orden es el mismo en que fueron apareciendo las películas de Kiewslosky: Azul, con Binoche, Blanco con Delpi, y Rojo, con Trintignan. Abandono la plaza para dirigirme a la iglesia por la que he pasado antes.

La otra iglesia importante.
Creía que esta iglesia no era visitable. Ahora la visito por dentro. La iglesia está vacía. El único detalle que puede avalar que está en uso es el gran armatoste floral que está delante del altar. No tiene retablo en el altar mayor y ofrece un espacio luminoso en lo que pudiera ser su girola. Es de tres naves, la central más alta que las laterales, y sin crucero. La visita va a ser necesariamente rápida, pues se va acercando la hora de comer. Visto el día que hace, creo que no voy a tratar de buscar la costa e iré por interior hacia Lessay ya que un entrante de mar que aparece en mi mapa me obligaría a retroceder de la costa, de nuevo hacia el interior.

Pescadería y más iglesias.
Estoy haciendo tiempo para que llegue la hora de comer. Como no he desayunado, quiero comer en cuanto abran el primer restaurante que encuentre. En principio voy a tratar que sea en el recomendado. Paso por la pescadería que, como es natural en domingo, está cerrada. Me gusta lo aséptica y limpia que es. En especial en los lugares en que se expone el pescado que, aunque no lo haya, me supongo su lugar. Me gusta también el sistema de tuberías instalado para facilitar la limpieza. 

 


La foto la saco desde fuera, pero es como si estuviera dentro del edificio. Todo muy blanco, muy luminoso. Supongo que esto facilitará a las clientes la visión de la frescura del pescado que decidan comprar, las agallas rojas, los ojos brillantes… Voy bajando por un lateral de la catedral y saco una vista desde abajo con las torres campanario de la fachada y la torre de base cuadrada del crucero central, que es también muy potente. 

 









La foto que saco desde abajo, también me gusta. 

 

Paso por otra iglesia con cúpula, algo poco habitual por estos lugares y que, al ofrecer una exposición, me hace pensar en iglesia no abierta al culto. Todavía pasaré por otra iglesia más, la sexta de la mañana, y que ofrece un bonito ábside por el exterior. Habría sido mejor valorarlo por dentro. Ya está bien de iglesias por esta mañana, son las doce pasadas y me acerco al cous-cous. También tienen habitaciones a precios interesantes: con WC, con ducha y los precios son en función de los servicios.

La Kabylie. La Rose des Sables.
Aunque me han dicho que abren “a midi”, tardarán otro cuarto de hora en hacerlo. Viendo la carta desde fuera, enseguida decido lo que voy a comer en este restaurante: Ensalada y brocheta de cordero. Por no aburrirme esperando, voy en busca del Teatro, pero no lo encuentro. Voy a buscar la salida hacia Lessay, para después ir más directo hacia ella. Pregunto a un hombre, que viene de comprar el pan, por qué hay tantas iglesias, y me responde que Coutances tuvo obispado (quizás arzobispado). Me orienta hacia la salida y me quiere llevar hasta el cruce en su coche. Agradezco la intención, pero le digo que primero quiero comer. Me adelanto a dos jóvenes a quienes he visto tratando de entrar en otro restaurante y que acaban viniendo al mismo en que yo voy a comer. Tengo ventaja y elijo mesa cerca de una ventana y ellos comen cerca de una pared. Se retrasarán más porque toman su aperitivo y yo no. El hotel se llama La Kabylie y el restaurante La Rose del Sables. No sé si esta rosa de arena puede tener otra traducción, como la formación pétrea Rosa del desierto. La ensalada que pido es de hoja de roble, aguacate, remolacha, rebanadas de tallos de endivias y pasas de corinto amarillas. Pido pichet de 25 cl de vino tinto (rouge). La brocheta de cordero la pido con “haricot vert” (vaina redonda) que están algo fuertes, quizás demasiado saladas, pero también me la sirven con ensalada. Tiene el aroma de una hierba que no acabo de pillar. 
 
Estábamos comiendo solos los tres únicos clientes, pero estaba preparada una mesa para 20 y, cuando entran, se acaba la tranquilidad. Son hombres, mujeres y algún joven. En la mesa de al lado se ponen dos mujeres y un hombre y va a ser con los únicos que hable antes de marchar. Aunque la decoración es de yeso como la de ayer, ésta no tiene tanto encanto como la de Le Palais du Couscous. Pago con Visa 18,50 € por la salade rose des sables, la brochette agneau y el vino. Para la una ya estoy en marcha.



Despedida de Coutances.
Ahora sí paso por el Teatro, que no entiendo cómo antes no lo he podido ver. Una señora que sale de la panadería me dice que siga hacia debajo de la calle. Cuando llego al cruce y veo ya la dirección Lessay, algo parecido al “lasai” vasco, ya estoy tranquilo, pues ya me encuentro encaminado. “Lasai”, “bare”, significan en nuestro idioma vasco, tranquilo. Veo una pastelería y entro a comprar un pastel. Elijo el que más me atrae, el que lleva por nombre “divorce”. Tras ver tanta iglesia parece que me quiera divorciar definitivamente de la religión. Este pastel es como las dos piezas de un mal Sant-Honoré pegadas con mantequilla. Van rellenas de una crema de chocolate mal ligada yendo uno de los lados recubierto también de chocolate y el otro de caramelo. Pago 1,70 € y me lo voy comiendo por el camino. A pesar de lo malo que lo he descrito, como soy goloso, no voy a dejar ni muestra. Tiro los restos del soporte en una papelera. Después paso por la entrada al cementerio y la funeraria y es así como voy saliendo de esta ciudad. Una ciudad en la que he pasado casi tres horas. Saco foto de la entrada de los muertos, un paso que trataré de tardar en recorrer. Todo lo que pueda. Voy por la carretera y cuando son las 13:30 horas, parece que quiere el sol abrirse paso entre las nubes. Pero, inmediatamente, caen unas gotas que me intranquilizan. ¡Que no llueva! Bastante ha caído por la mañana. Ya es suficiente. Con una lluvia suave iré caminando hasta llegar a Montsurvent.

Montsurvent.
No entiendo por qué los franceses escriben Mont-Saint-Michel con sus correspondientes guiones y, en este caso con Montsurvent, no lo hacen de la misma manera. Lo lógico sería poner Mont-sur-Vent. Al llegar, saco foto de una iglesia menor, que me parece muy interesante exteriormente, con su cementerio aledaño, que no veo porque me lo tapa una tapia, pero que intuyo por que asoman las partes altas de las cruces, alguna entera y las lápidas familiares. Es todo lo que fotografío de este lugar. El único cambio que se produce a partir de aquí, es que deja de llover, el cielo se vuelve menos plomizo, pero, para hacer honor al nombre, empieza a soplar un fuerte viento. Como, motivado por la lluvia, he cambiado la visera por el gorro de lluvia, me lo tengo que sujetar a la cabeza con las manos para que no se me vuele.

Vacas y agua.
Llega una gran recta de unos 9 kilómetros. A un lado hay una gran balsa de agua que supongo fluvial o lacustre, pues estoy muy alejado del mar de La Mancha. En los terrenos del otro lado, pastan muchos rebaños de vacas, blancas y pardas, que un roble bajo, propio de zona demasiado lavada, apenas me deja ver bien. Es lo más significativo, lo más destacable de este recorrido por carretera, monótono y sin mayores alicientes. No me puedo quejar porque, al menos, no ha llovido. Así es como llego a Créances.



Créances.
En este lugar, lo único que voy a plasmar es su iglesia, entorno y su interior, pues entro a visitarla. Nada más llegar, veo que la puerta está abierta y que voy a poder entrar. Su fachada ofrece una imagen sencilla y equilibrada. Su campanario no es excesivo, sino que guarda proporción con el resto. Quizás el detalle más sorpresivo y que me parece no corresponder al lugar, es su cruz griega en hueco sobre el dintel de la portada. 

 








Un niño se acerca al caminante y me dice que la capilla pertenece a Creances. Según mi mapa, este pueblo está más cerca de la carretera de la costa, la D-650, que la D-2 que es por la que creo que voy pero, a veces, me llevo sorpresas y creyendo que voy por una, camino por otra. Por la dirección en que me dice que está el pueblo, en esta ocasión creo que no voy desacertado. Ahora recuerdo que una señora me dijo que los niños en Francia tardan en captar los cambios que hace la “e”, según lleven el indicador abierto, cerrado y circunflejo (`´^) o la forma “eu”. En la escuela ha creado problemas, ya que los niños tardan mucho en aprender a leer bien y ha habido intentos de eliminar tanta variabilidad. El problema es que, si no se ponen estos signos, cambian los significados de las palabras. Al comerse los franceses tantas letras, algunos de estos signos sirven para que la “e” se pronuncie en unas ocasiones, y en otras no. Entro en la Chapelle que sólo dispone de nave central y es bastante limpia, además de ser prácticamente blanca, y con poca estatuaria. Una virgen en el altar mayor, con dos ángeles a cada lado. un cristo a la derecha y, en las paredes laterales casi enfrentados, la virgen de Lourdes y San Antonio de Padua con su niño en brazos, o el Santo António de Lisboa que da lo mismo, que lo mismo da. Lourdes, Padua, Lisboa… ciudades del mundo. María, Antonio… santos de la misma religión. 

Al salir fotografío el verde de los setos. Así, sin flores, exige menos mantenimiento. Esta última foto permite que se vea también el cementerio que, en la primera, apenas aparece. Lo mejor de estas fotos, las de exterior, es que ya se aprecia que el cielo no amenaza lluvia para esta noche. Ya estoy a punto de llegar al destino de esta jornada, la décima de este verano. De entre una semana y una decena de días, suele ser lo que me cuesta entrar en marcha. Ya parece que estoy perdiendo mi urbanita que llevo dentro y me siento caminante por los senderos del mundo. Con todo, este verano creo que el proceso ha culminado antes. Parece que han pasado infinidad de días desde que salí de Saint-Brieuc. Ya estoy cerca de Lessay y hacia esta ciudad me dirijo.

Lessay. Maison de Retraite.
La entrada a Lessay me resulta algo extraña. Veo cómo paran unas autocaravanas. La primera lo hace delante de mí y, por detrás, las treinta o cuarenta que le siguen. Con este parón, han obstruido la circulación de la carretera. Uno de los conductores de coche, se desespera porque no le dejan continuar. Pregunto a un hombre que va con un perro y me dice por dónde debo entrar para llegar al centre-ville. 
 
Por un sendero llego a la “Maison de Retraite” y entro. Un cartel indica “accueil”, recepción, enfocado a recibir a los ancianos y también el de “livraisons”, que se refiere más a la entrega de mercancías. Tampoco es demasiado disparatado que la dirección sea la misma para los clientes que para los materiales necesarios para mantener a los ancianos con vida. Me vienen imágenes de mi madre de la época final en que estuvo ingresada en la Residencia de ancianos de Altsasu. Me voy rápidamente de un lugar que no niego que existe, que es real, pero a donde me gustaría no llegar o llegar lo más tarde posible. ¡Veremos! (Veremos, dijo un ciego, y nunca vio. Ésta solía ser la respuesta). Salgo de la residencia de ancianos, que es más un centro sanitario (de aparcamiento de los viejos inútiles), que de ocio y diversión, y me encuentro con un ciclista al que se le ha pinchado la bicicleta. No tiene los útiles necesarios para reparar la rueda y cuando le pregunto hacia dónde debo seguir, coge la bici en la mano y nos acompañamos hasta la siguiente rotonda. Cuando llegamos el garaje, que pensaba encontrar él abierto, está cerrado. Es domingo. Se las tendrá que arreglar él, o buscar colaboración de otro ciclista que vaya mejor pertrechado. El ciclista, que ahora es peatón con un estorbo que no le sirve para nada, me dice por dónde debo continuar. Dos mujeres van por delante. Les alcanzo. Una me dije que el hotel más cercano es de los de esa clase que no puede ser muy caro. Llego al hotel, entro, recorro todas las puertas de acceso posibles y todas se muestran cerradas a cal y canto. Al salir, veo un recinto en el que va a ser posible dormir, que dispone de dos bancos corridos fijos. Si no encuentro algo mejor, éste podrá ser mi dormitorio y gratuito. Las paredes son de un entramado que presenta ranuras, pero creo que serán suficientes como para frenar el viento. Paso por la Gendarmerie y retrocedo al lugar en que está la residencia de ancianos y dónde he encontrado al ciclista con la rueda de su bicicleta pinchada. Continúo, y veo una calle llena de restaurantes de todo tipo, donde creo que encontraré luego algo adecuado para cenar. Tras ver un Tabac, en seguida me topo con la abadía.

Abbaye de Lessay.
Para acceder a la abadía, hay un ponito paseo de árboles cuyas ramas entrelazadas forman una copa, como si fuera un largo palio. Forman un bonito trecho protector con una buena y grata sombra para los días muy soleados y calurosos. Al fondo del paseo, conduce a una de las puertas de la abadía. Pero es una puerta que está cerrada. Habrá que buscar otra por el otro lado. En esa puerta anuncian conciertos en julio y agosto. En junio no se celebra ninguno. ¡Lástima! Hoy no hay nada.  

Cuando llego, un hombre al que iba a preguntar, entra en unos retretes, y espero a que salga. Luego que sale, sin preguntarle nada, entro yo y cago. La deposición me deja escocido el ano. Será alguna especia de los franceses, ¿la de las alitas de pollo de anoche? No hay papel y me limpio con media servilleta que siempre llevo en mi arsenal mochilero. Después, entro en la abadía. Primero saco otra foto del exterior, ya que la primera estaba muy oculta por los árboles, donde ya se aprecian las grandes proporciones del edificio de planta de cruz latina. Del crucero surge una mastodóntica torre cuadrada, que dispone de cuatro arquillos a cada lado de su parte más elevada del edificio, y que es el campanario. 
 
Busco el acceso a la nave central y es lo primero que fotografío al entrar. Es de grandes proporciones, sobre todo en altura. Quizás la zona más alta del crucero, sea la menos luminosa de toda la iglesia. Vista desde la nave central, es una abadía muy poco ornamentada. Una de las alas del crucero ofrece cuatro vanos al frente que dan mucha luminosidad al espacio, además de la iluminación natural de los otros laterales. Me acerco al ábside del altar mayor y es más luminoso aún que los dos laterales. Pero la parte alta es más oscura. 

Será para que no veamos a Dios, que sigue la tónica del triángulo con el ojo dentro, y de la táctica de ver sin ser visto. Todo tiene arreglo. Él lo ve todo pero a nosotros, que sabemos que están en todas partes, en todas las cosas, ¡Que nos importa que no lo veamos! Esta teoría del panóptico esotérico les fue muy bien durante mucho tiempo a las monjas y a los curas vigilantes para no dejarnos vivir. Esta abadía es grandiosa y me agrada, a pesar de que la religión me la refanfinfle. Otros dirían “me la suda”, y el diccionario de Google se la admitiría, al contrario de lo que hace con la elegida por mí. 
 
 








Lo que más sorprende aquí es que siendo un edificio tan clásico, tan de época, aunque yo no sepa encajarlo en un siglo concreto, en época gótica, el baptisterio que ofrece es ultra-moderno. 

 






Pero entre el empedrado de cantos rodados construido en círculos del suelo y el contraste con la pieza de mármol o alabastro que es la pila bautismal, todo de una línea tan moderna, creo que el conjunto resulta precioso y muy acorde con el lugar. Hasta la cruz labrada es bella. 

Lástima que no hayan prestado el cuidado necesario a la parte baja de las paredes. Para finalizar mi visita por el interior, saco foto de un friso labrado muy deteriorado en sus figuras y que no destaca por ser del mismo color de la pared y casi se camufla con ella. Con todo, y aunque destaque poco, no dejo de fotografiarlo para los seguidores de mi blog que, no cabe duda, sois multitud. Un órgano demasiado moderno estropea la belleza del conjunto. Cuando salgo, fotografío la abadía desde el ábside lateral izquierdo, que es su parte más lograda para mi gusto. 

Son las seis de la tarde cuando finalizo la visita a esta grata Abadía de Lessay. Los árboles construyen al exterior un claustro que no existe o no he podido ver.

Un rato en Tabac du Centre.
Pido un tinto por el que pago 2 € y me siento a escribir. La mujer que atiende desborda su vestido rojo de volantes y rebosa simpatía. Me informa de por dónde salir mañana hacia Saint-Germain-sur-Ay. Alterno la escritura de mi diario y la contada de anécdotas de mi viaje. Le digo que he intentado entrar en el hotel cercano y me dice que cierra los domingos. Me dice que vaya a una chambre d’hôte. Le respondo que 40 o 60 € es demasiado caro para mí. Le cuento que ya he visto un sitio que me gusta y que me permitirá dormir gratis al aire libre. Después lo comenta con otros clientes. A mi me interesa que lo diga, por si surge alguna alternativa mejor, pero no habrá nada mejor. Le pregunto qué restaurante de la zona me recomienda para cenar, pero me dice que ninguno abre los domingos. Le pregunto si ella me puede preparar un bocadillo y me dice que sí. De lo que me ofrece, elijo uno de jamón París, con virutas de queso y, aunque acepto que le ponga algo de mahonesa, se equivoca y me lo pone con mantequilla. Le pregunto a qué hora cierra y me dice que a las 18:30 horas. Son las 18:50, ya tenía que haber cerrado, pero me dice que puedo seguir escribiendo. Aunque el precio del bocadillo eran 2,70 le pago 3 € y le agradezco su acogida y su buena atención. Aunque ya no admite más clientes, con ella se queda un grupo charlando.

Últimas horas en Lessay. Mi dormitorio.
Salgo hacia la “rond-point”, rotonda, y paso sin fijarme en las alternativas para desayunar mañana. Cuando llego al Lidl, retorno y no acabo de aclararme. Mañana daré otro repaso a la zona. Llego al lugar de madera que he elegido para dormir. Tiene una tejavana translúcida, que es genial para el caso de que, por la noche, le diera por llover. Las tablas no ensambladas de las mamparas filtran el aire pero, aunque fuera sopla fuerte el viento, no penetra dentro del pequeño recinto. Lo único que consigue el viento es que la bolsa de basura que está dentro del cubo de recogida, meta un ruido nada grato. El lugar está preparado para los fumadores. Aparece la prohibición de fumar para menores de 18 años y en la misma entrada al que va a ser mi dormitorio, hay un pequeño cubo para las colillas que está colocado sobre la “poubelle”, el cubo grande ya mencionado. Al conjunto en el que estoy, lo llaman “Gîtes Municipales”. Así que interpreto como sitio que alberga servicios municipales, y lo uso como albergue que el municipio ofrece al caminante. ¿Cómo soluciono para evitar el ruido de la bolsa? Metiendo el colillero dentro. Ya no suena. 

Mañana deberé acordarme de sacarlo y dejarlo como estaba. Como el bocadillo que me ha preparado la mujer del Tabac du Centre y el pan está algo endurecido. No bebo mucha agua, para evitar que me tenga que levantar muchas veces durante la noche. Para las 20:30 horas ya estoy dentro del saco, aunque no con intención de dormir, pero si de estar descansado. Poco antes de las diez, llamo a Vera. Al no contestar el fijo, llamo a Sara. Ya leyeron el correo. Las notas de Julen mejoraron algo al final del curso. Todos están bien. Hace mal tiempo. Le digo que aquí también pero pronostican sol para los próximos tres días. Es lo que he podido entender de la lectura del Tabac du Centre. En Donostia temen que mañana se suspendan las hogueras de San Juan. Con la llamada hecha, me duermo. Todo mi equipaje está metido bajo uno de los bancos corridos. Es como si dijera que mi equipaje está a buen recaudo en el banco (en mi caja de caudales). Me levanto dos veces a orinar. No veo la luna pues está al otro lado de la casa. Duermo bien y no me despierto hasta las seis.

Balance de toda una jornada por interior.
Ya estoy a mitad de camino de la costa más occidental de Normandía. La sorpresa de la mañana tan lluviosa ha sido la pequeña iglesia Orval y la grandiosidad de la catedral y de toda la ciudad de Coutances. También me ha gustado la abadía de Lessay. La comida en La Rosa de las Arenas también ha estado bien y el bocadillo, aunque el pan estaba algo duro, la atención ha sido magnífica en el Tabac du Centre de Lessay. Genial la noche gratis en los servicios municipales. Ha pesar de la mañana lluviosa, el resto de la jornada he ido bastante bien.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Etapa 09 (366) Granville-Montmartin sur Mer


Etapa 09 (366). 22 de junio de 2013, sábado.
Granville-Donville les Bains-Bréville sur Mer-Coudeville sur Mer-Bréhal-Bricqueville sur Mer-Lingreville-Annoville-Montmartin sur Mer.


Contando sólo las etapas por Francia, hoy sería la nº 75.
Como ayer poco pude ver de Granville y la mayor parte del tiempo en horas nocturnas y me parece un lugar que puede ser adecuado para dedicar un tiempo a la logística y a Internet, voy a pasar toda la mañana en esta bonita ciudad. Decido, por tanto, comer aquí y reanudar la marcha por la tarde.

Granville de mañana. 
Desayuno en Tabac La Marée.
Me despierto a las 6:30 horas, orino y me vuelvo a acostar hasta las siete. Me levanto, afeito y vuelvo a orinar. Con el aseo terminado, me pongo a escribir. Como hay bastante que contar, aunque no sea nada extraordinario, no acabo hasta las 8:15. He deshecho la cama y dejado las sábanas arrebujadas sobre la misma. 
 
Desde la ventana veo cómo el mar está bravío y las olas rompen contra las rocas. Cuando salgo de la habitación que, por su configuración, podría también ser considerado un camarote, no en vano estamos en un centro náutico, el viento pega fuerte en los cristales. No llueve, pero hace frío y yo sólo me puedo proteger con el jersey. Esperemos que amaine a lo largo del día. Pronto veo un bar abierto pero vacío y sin cruasán. La chica me dice que en la calle paralela está la panadería. Encuentro un Tabac con mínimo espacio y una sola mesa en el interior que está ocupada. Como el día no es propicio a estar a la intemperie en la terraza, decido buscar otro lugar. Llego a otro Tabac más amplio y con panadería enfrente. La fórmula es la habitual así que, sin dejar la mochila puesto que no la llevo, voy a la panadería La Flúte Gane y no compro una flauta, sino un croissant de almendra y otro relleno de manzana por 2,65 €. Empieza a lloviznar. En el bar La Marée, me cobran 2,50 € por el café con leche. El dueño de este bar, que también es barman, atiende la barra del mostrador, es camarero, tabaquero, lotero es, además, un buen relaciones públicas. Hoy el tema de conversación, entre los que desayunan y leen la prensa, es la fiesta de la música celebrada ayer. Tras terminar de desayunar, devuelvo la taza al mostrador y limpio de migajas la mesa metiéndolas en la bolsa de los croissanes, que también dejo sobre el mostrador. Una alta y joven dama ha comprado a la vez que yo, tomado su café, y se va. Hay otro chico, en el altillo, que lo toma con sacarina. Un hombre mayor que desayunaba en la barra con un niño, también se ha marchado. El del altillo y otra mujer que ha entrado después también se han ido y quedan tres en la barra. Se ve que la gente hace uso del bar pero es por poco tiempo y muy cambiante. Este bar, además de los fumadores y los apostantes que entran de continuo, tiene mucho movimiento y me entretiene más de lo conveniente mientras yo sigo con mi diario. Como son las nueve y parece que no llueve, me voy hacia la iglesia. Pero antes, en la misma calle donde he desayunado, fotografío una gran casona que me sorprende. Tiene elementos del entramado bretón, pero con una estructura totalmente distinta. Me gusta.

Gare de Granville.
Sigo por la acera hacia la iglesia, pero un señor me dice que debo pasar al otro lado de la calle y bajar por el lado derecho. Teniéndolo en cuenta, me acerco hacia unos árboles que hay al final de la calle, para ver adonde lleva y me encuentro con la Gare, la estación de los ferrocarriles franceses, SNCF. Saco una foto del edificio de una planta aunque, al fondo, se ve una parte que tiene dos. A la entrada podemos leer el rótulo de Gare de Granville y, cuando llego, el reloj marca las diez y diez que, en esta ocasión tan especial, no suman veinte. 
 
Una vez vista la estación, retrocedo hacia el lugar donde me han dicho que me tenía que escorar a la derecha para ir a la iglesia y que ahora, ya de vuelta, será a la izquierda. Paso entre calles hasta que una chica me dice que siga adelante y, en seguida, la encuentro.

Iglesia de Saint-Paul.
Un hombre me dice que siempre está cerrada, así que me conformo con sacar dos fotos de dos de sus fachadas. Son las que puedo conseguir desde la plaza que, además, es una bonita atalaya para poder apreciar los tejados de las casas de la ciudad que va por debajo. 
 
Esta iglesia tiene algunos elementos que me hacen recordar algunos elementos de la ortodoxia bizantina. Sorprende en un Granville tan alejado de Bizancio. ¿Un capricho de algún magnate de otros tiempos de la ciudad? Es un edificio enorme y es una pena que no la haya podido ver en su interior. En las dos fotos siempre hay algo que trunco. Primero el pináculo de la cúpula y, después, por querer sacar la cruz engallada que luce sobre el campanario, casi me trago toda la base de sustentación del edificio. Confío en que no se caiga por falta de sustento. 

 



Paseo por la plaza y me acerco a una escultura. Es un monumento en recuerdo a los héroes de la patria. Pienso que son los participantes de las dos conflagraciones bélicas más recientes sufridas por Francia, la Primera y la Segunda guerra mundial, pero la fecha de 1904 me desbarata mis cálculos. Es natural, ya que en aquella fecha, me faltaban 41 años para venir a este mundo. En mi caso, “este mundo” no es francés, sino vasco de “hegoalde”, el Sur. 

 







Tras sacar una foto al monumento con el texto, que creía poder leer fácilmente en la foto y por lo que no lo anoto, pero que ahora me resulta imposible de descifrar, mejor dicho, de deletrear. Me asomo al mirador y, antes de bajar la escalinata, saco foto panorámica de las cubiertas, terrazas y tejados, de las casas de Granville. Al fondo, se puede apreciar entre las casa más alejadas, un trocito del horizonte marino.

Pescadería con arañas de mar.
Inicio el descenso de la escalinata a la vez que baja también una señora que me dice: “Peor es la subida”. Ya está adelantando su fatiga para cuando, al regreso, la tenga que subir. Así es doble el sufrimiento, primero el representado y, después, el real. Aunque no llueve, esta mujer lleva su paraguas azul abierto. 

 

Me informa que para subir a la iglesia de Notre Dame, que está en otra loma, tendré que subir más escaleras y me recomienda que vaya por el Casino. Pero veo carretera ascendente que no sé si pasa o no por el Casino, e inicio por allí la subida. Pero antes entro en la plaza del mercado y me limito a observar un rato por la zona de la pescadería. Al fondo del establecimiento venden pescado, pero yo me detengo donde las “aragnées de mer”, nuestros centollos. Como no tienen cola, no se puede decir que están vivitos y coleando, pero vivos sí que están. También hay algún buey de mar, ostras y caracolas. 
 
Todo me gusta excepto estas últimas que, cuando las pruebo, me resultan de una textura muy basta. Ni la mahonesa las arregla. Un centollo no me deja ver bien su precio, pero oscila entre dos y tres euros la unidad. Nunca veo que los ofrezcan ya cocidos, así que me quitan posibilidades para comprarlos.

Iglesia de Notre Dame.
Salgo de la pescadería después de sacar dos fotos y voy ascendiendo por la cuesta hacia Notre Dame. En las calles hay banderines colgando de lado a lado y no sé la razón. 
 
¿Habrán sido las fiestas? ¿Por la Fiesta de la Música de ayer? No pregunto y nadie me lo aclara. La carretera ascendente me deja en la plaza de arriba. Un edificio que tiene algo de fortaleza, como si estructuralmente perteneciera al entramado defensivo de la ciudad, da paso por debajo a los peatones que vienen de otra calle. También a vehículos. Es la calle que viene de las escaleras que me ha anunciado la mujer del paraguas azul al bajar de Saint-Paul. La puerta ofrece unos barrotes enganchados a cadenas que hacen pensar que, en algún tiempo, aquí hubiera un puente levadizo. Una placa con mucho texto que no leo, lo puede explicar, pero sólo veo lo que destaca: Du Siege Heroique. No estoy para muchas heroicidades. Intento descifrar el año de construcción, que me cuesta ver in situ, y confiando en que la foto me ayude. Allí logré escribir el año pero con mucha inseguridad: MDCLXXXXII ¿1692? Además de esta interesante puerta de entrada a la explanada de la iglesia, hay en el mismo recinto una casa peculiar. 

Es de piedra y en la fachada se ve el mismo entramado de las bretonas, con vigas y entre vanos encalados. Lo que más destaca es una torre circular adosada a una de las esquinas. Son cilindros que van aumentando su circunferencia a medida en que ascienden, acabando, ya con el círculo superior, en un cono de bruja pirulí, que es el punto más alto de todo el edificio. Me gusta esta casa. Desde esa posición, saco foto a la iglesia de Notre Dame desde la zona del ábside, que está siendo reparado en su parte central superior y en los laterales, y con andamios. Es prácticamente imposible evitarlos en las fotos. 

Desde el lado derecho, que permite ver también la fachada principal de la iglesia, saco otra foto complementaria y más explicativa. Se puede adivinar su planta de cruz latina, con su nave central y dos naves laterales, el crucero y la torre cuadrada en la confluencia de nave central y crucero. El reloj marca la hora, son las diez menos veinte. Cuatro columnillas adosadas a ambos lados de la fachada, proporcionan el detalle neoclásico al edificio. 

  
Después de sacar otra foto hacia el puerto de Granville, queriendo delimitar el lugar en que se encuentra el albergue juvenil, y en la que destacan más hacia lo alto la iglesia de Saint-Paul y la Torre del agua, me fijo más en el agua mansa de la dársena, sin movimiento de barcos, y que da una imagen de puerto tranquilo, me decido a entrar en Notre Dame.

 
Sobre el quicio de una de sus puertas de entrada y bien custodiada por su hornacina, se nos ofrece a los visitantes una imagen muy deteriorada por la realidad climática del lugar de algo que, en su origen, pudo ser una Madre con un niño. Los dos elementos son definitorios, pero para asegurarlo, que venga Dios y lo vea. Y lo diga. Con todo su deterioro, el contraste de la piedra de sillería y esta arenisca erosionada, son de una belleza sublime. Creo que cada feligrés devoto de esta imagen será capaz de reconstruirla en su interior. Lo que demuestra que la fe es capaz de sustituir a la imaginería, haciéndola innecesaria. 

  
Quizás, en este sentido, los musulmanes pueden tener razón al prescindir de imágenes en sus libros de oraciones y en sus templos. Tras tanto preámbulo, entro en la iglesia. Lo que me había representado desde el exterior, se cumple por dentro. Saco una foto desde la nave central hacia el coro alto con su llamativo órgano. Destacan sus tubos sónicos. 

 




Otra foto hacia el altar mayor, que se muestra con un ara simple y sin más decoración. Una sábana blanca y los reclinatorios, podrían justificar preparación para una boda 

 





En un altar lateral, donde han colocado un cortinón azul para que destaque la imagen de Notre Dame, comparo mentalmente con la vista en el exterior. La posición del niño, si en la de antes el bulto de la izquierda era un niño, esta invertida. Esta imagen da idea de que, con material más duradero, tenemos a Nuestra Señora para mucho tiempo. 
 
No sé el valor artístico ni histórico de esta imagen, así que me abstengo de hacer más valoraciones. No quiero adjudicarme la calificación de experto, puesto que no lo soy. Como mucho se me podría añadir el epíteto de amante o buscador de la belleza. La imagen está subida sobre un pilar. Pero tengo claro que no es la Pilarica. Para finalizar la visita, me acerco al púlpito que, sorprendentemente, no está en lugar destacado de la nave central, para tronar a los feligreses y meterles en el cuerpo el miedo del infierno, sino en lugar más discreto y recoleto. La zona se complementa con bonitas vidrieras. Desconozco también su valor histórico-artístico pero me gusta el recogimiento del lugar muy a propósito para orar.

Regreso y despedida del albergue juvenil.
Bajo por la puerta de 1692. Desciendo por calzada de adoquines y acabo bajando unas pocas escaleras, así que las vaticinadas por la mujer del paraguas azul no sé dónde podrán estar. Así llego al puerto y me dirijo hacia el albergue CRNG. Cuando llego van a dar las diez de la mañana y digo a la nueva que está en el accueill que le bajo enseguida la llave. Hago el equipaje. 

 
A la mujer que hace la limpieza le digo que las sábanas de la habitación Aurigny las he dejado sobre la cama y me responde que está bien. Saco una foto de la playa desde el corredor donde está mi habitación. En ella se puede apreciar el recorrido que hice ayer por la tarde desde los acantilados de Carolles y Champeaux. También saco otra foto del corredor donde está mi cuarto-camarote. Como se ve, cada puerta azul lleva su nombre: Corse, Aurigny, Ch… ¿Puede ser el primer nombre una premonición de que el próximo año daré la vuelta a La Corse, nuestra Córcega? Devuelvo a la recepcionista la llave y ahora, más simpática, me desea buen viaje.


En la Mediateque.
Mediateque no, pero tampoco reconoce el diccionario de Google el nombre de mediateca. En realidad equivale a Biblioteca mediática. Un lugar donde hay libros, periódicos, y medios de comunicación audiovisuales. Yo creo que ya es hora de que la palabra mediateca sea reconocida por Google. Bueno, como ya es habitual, voy con la lección aprendida para la pelea, para mi reivindicación del derecho al uso de los medios de forma gratuita. Llego a las 10:15 horas. El chico que está a cargo de la sección de ordenadores me dice que si quiero usarlos debo pagar. Ni me preocupo de conocer los precios. Le doy los argumentos habituales, en Irun, la ciudad donde vivo todo el mundo foráneo tiene derecho a un tiempo de uso gratuito igual al de los usuarios locales. Su argumento es el de que los de Granville también pagan. Vuelvo a insistir y él sigue en sus trece. Le digo que el pasado año, todos los que visité fueron gratis y le explico lo que caminé en 2012 y ahora mi proyecto para 2013. Parece que este es el argumento que más le conmueve y me dice que me siente en el ordenador que quiera. Elijo el que está más próximo a él, por si me tiene que ayudar. Lo va a tener que hacer enseguida, pues no puedo abrir los que me llegan de la UPV. Creo que alguno está repetido, pero creo que lo que me dicen es que he sido admitido en el curso de Literatura de Luisa Etxenike. Es el que más deseaba. Probablemente el otro ha sido suspendido por falta de alumnado matriculado suficiente. No sé si todavía van a esperar algo más o si es ya definitivo. Como no es hasta setiembre, lo aclararé allí y ya me devolverán el dinero. Voy borrando los que no quiero perder tiempo leyendo y los de Pedro los abro, los miro y los borro también. Sólo dejo un vídeo para ver en Irun, pues no tienen cascos para escucharlo. He recibido otro de mi primo Santi, en el que me dice que corrija sus bodas, pues he puesto de plata en lugar de oro. Las celebramos en Altsasu en primavera. Mariángeles me dice que quite un párrafo, de Arturo, que sustituya otro. Les contesto a los tres con el compromiso de hacerlo en cuanto tenga la oportunidad. Luisa me dice que ya está con Anna en Estokolmo. La siento feliz con su hija. Anna se accidentó y está con 15 días de baja. Le pusieron puntos en uno o dos dedos. Le envío dos mensajes. También a Natxo, que me invita a una presentación de libro. Me promete que leerá mi blog. A Josean y Belén Sierra que me invitan a un acto cultural en San Juan. A Marian Benitez que manda la rectificación de título de una novela de Tony Morrison. Y por fin, a la familia, diciéndoles dónde estoy. No tengo tiempo de ver las fotos de Mikel y Jon en Nueva York, pues la orden de show no ha funcionado. Intento responder una encuesta de TNS, pero se me abre demasiado lentamente. Amnistía Internacional me invita a un acto contra la pena de muerte. Excuso mi asistencia y les digo que el sistema no me permite solidarizarme contra la pena de muerte en China. A Agustín, también le digo dónde estoy. He aprovechado para decir a Marian que la discusión del último libro-forum con Julia, vino derivada de un tema muy acorde con el último libro, era sobre significado, como en la novela Nada, de autora nórdica que ahora no recuerdo el nombre. He estado casi tres horas. Salgo después de la una. Menos mal que ha sido gratis. Cuando voy a ir a agradecer al chico, se ha ido a comer y le suple la chica de la entrada.

Le Palais du Couscous.
Sin pensármelo dos veces orino y me voy a comer al Palais du Couscous. Voy a ver si tienen hoy el “tajine” que se me encaprichó ayer. Como ya estuve en Marruecos en 2001, ya sé que el “tajine” es una cazuela de barro con un guiso de carne y verduras que va cubierta por una tapa cónica también de barro. La decoración del comedor presenta pinturas y filigranas árabes en yeso de motivos geométricos repetitivos. No es la decoración de la Alhambra, pero trae Granada a mi recuerdo. También el rico legado cultural de los musulmanes sabios de la dinastía Omeya. ¡Qué diferente fue aquello a la incultura de la mayoría de los árabes que vienen hoy en día a Europa! ¡Qué estragos ha hecho la religión mahometana y los líderes que la manejan y dan normas de conducta a sus crédulos, que no creyentes. Su religión prohíbe todavía más lo mejor de la vida que la nuestra que, por suerte, dejé enterrada hace tiempo. ¡Qué horror de religión fue el catolicismo que practiqué! Ahora busco libertad en una Francia que no es paradigma de “liberté” y este Couscous me trae a la mente, toda la mierda de la que me he liberado.
 
Pero no hablemos de mierda, y comamos. Además del sitio, la vajilla también es coqueta y acorde con el mundo árabe. Además del “tajine d’agneau” menestra de cordero con verduras (16 €), pido un pichet de vino tinto de 25 cl (5,50 €) y lo completo con pastelería oriental (6 €). El cordero está excelente. Dos trozos hermosos, aderezados con almendra rayada, ajonjolíes, albaricoques y ciruelas pasas, con una salsita suave, está como para chuparse los dedos. Disfruto comiendo, saboreando los aromas y que nadie me diga que la cultura gastronómica es como un pecado de gula. Hoy en día, los grandes pecados son los sociales, los que se cometen contra los más débiles de nuestras sociedades humanas. Los derechos básicos que teóricamente defienden las constituciones de los diversos países pero que no se cumplen, esos son los verdaderos pecados. Bendita gula cuando se come bien. Para que la comida sea de cultura árabe al completo, pido “patisserie orientale”, el postre más caro de la carta. 
 
Me traen dos pastas de almendra molida y una gominola de delicias turcas. A gusto hubiera culminado con un té verde, pero no he querido pasarme. Ya me he pasado de precio. Pago 27,50 € con Visa. Ni más ni menos que el precio de la carta, sumando bien. Al salir digo a la mujer que recomendaré su restaurante en mi blog. Al escribirlo ahora, con casi tres años de retraso, cumplo mi promesa.

Hacia Donville.
Mientras comía, ha entrado una pareja. Él en silla de ruedas. Parece que hay mucha vida anterior sin minusvalía entre ellos, mucha compenetración, pero no tengo datos y todo lo que diga se presta a no ser más que pura especulación. Si me dejo llevar por la intuición… 

Salgo del Couscous hacia la costa, por donde me dijeron ayer las parisinas. En los cruces se ofrecen señales opuestas. Hacia el Sur, Avranches. Aquél obispo enamorado del arcángel y que dejé de lado y, hacia el Norte Coutances, en el interior y que no tengo intención de pasar. Pero una cosa es la intención, y otra la realidad que me llevará hacia allí. Pero en este momento, lo real es que no quiero ir a Coutances. Todavía en la calle, dubitativo, veo cómo salen también del Palacio del Cuscús la pareja que ha comido conmigo. Van por el paso de cebra. No he hablado con ellos y me he limitado a saludarles al partir. Para no pasar de nuevo por la iglesia de Notre Dame, voy hacia el Casino, que antes no había podido ver.
 El viento sopla fuerte por la costa, así que trato de evitarla todo lo que puedo. Pero el camino me lleva hacia el Casino que está en la costa. Saco una foto del edificio de un color entre ocre y amarillo. Tiene su gracia, aunque no me tienta para entrar a jugarme los cuartos. Pero los coches aparcados, no haciendo día de playa, significan que otros si se estarán jugando hasta las entretelas. Las consecuencias: algún arruinado, algún suicidio… pocas alegrías duraderas. 

En la playa del Casino apenas si veo tres personas bien abrigadas paseando. El día está plomizo pero, al menos, no llueve. Paso por una casa que me trae imágenes de Egipto, no se si el ajedrezado de las fachadas, que podría ser también prerrománico ramirense, pero lo que más me atrae son los abanicos verdes sobre puerta y ventanas. También los mosáicos entre los vanos de las ventanas superiores. La fachada es irregular, el estilo imposible de clasificar, pero tiene algo de encantadora. Quizás por ese eclecticismo. 

 

Tras subir a otra loma, saco foto de esta ciudad en la que he estado más tiempo que en Saint-Malo y que, como la iglesia de Notre Dame, ya voy dejando atrás. En poco más de un cuarto de hora, ya estaré entrando en Donville.



 
Donville-les-Bains.
Cuando paso por Donville, lo que me produce curiosidad es el Ayuntamiento. Sobre todo su sala de Consejos y “Mariages”. Allí se celebran, por lo que veo y leo, las bodas civiles. En la fachada delantera, donde se lee “Mairie”, en la zona ajardinada delantera, hay una barca, como indicador de que tanto el ayuntamiento como el pueblo tienen vocación marinera. Pero lo peculiar del edificio no es la fachada. Tengo que ir por la parte de atrás para ver cómo se las han ingeniado para sacar un espacio para celebrar consejos y bodas. 
 
Han tenido que construir como un garaje con estructura similar a una cubierta o desván, donde la mayor parte la ocupa un tejado de lajas de pizarra. Es como un tejado a baja altura que casi llega a ras de tierra. Me asomo y es luminosa por dentro, no en vano tiene dos amplios ventanales. Visitado este ayuntamiento, continúo mi camino. 

 







Un poco más adelante, encuentro una construcción tosca de troncos. Es de base cuadrada y acaba en piramidal. Por arriba no parece que esté cubierta, salvo que tenga una pequeña plataforma que no puedo ver por estar a gran altura. Por otro lado, no veo ninguna entrada por ninguna de las cuatro caras cuyos troncos van reduciéndose en largura en la medida en que avanzan hacia lo más alto. 

 




En definitiva, que me parece que es un artilugio sin utilidad alguna y que sólo lo han construido con mentalidad estética. Quizás sea eso lo que me gusta de él. 
 
Enseguida llego a un precioso arríate de flores muy colorista, con gran variación, de tonos y matices. Predominan campánulas que me parecen de la familia de las petunias o de las surfinias. Este pueblo me está resultando muy coqueto, quizás por estar cercano a la gran ciudad de Granville tenga que mostrar algún motivo para destacar. Llego a una rotonda donde, siguiendo la misma tónica del jardín florido que acabo de pasar, se muestra una cabaña con techado de paja, donde las flores se desbordan por sus ventanas y otras se desparraman por el suelo, un gran tiesto de flores rojas, naranjas, blancas y lilas y unos árboles bajos con hojas que me recuerdan a las plataneras que suelo ver en Tenerife, aunque aquellas suelen mostrar hojas verdes y en éstas su verde tira hacia el morado. 
También puede ser un proceso natural, ya que en Tenerife las suelo ver en invierno y aquí las estoy viendo en verano. En cualquier caso, es una bonita rotonda, aunque el viandante las tiene que apreciar de lejos. Llego a una iglesia moderna. El edificio es hermoso pero con una simpleza de líneas que roza lo sublime. La cruz blanca está sobre el atrio y es también sencilla y el único elemento que indica a qué está dedicada la construcción. No es ningún misterio y, de serlo, sería más gozoso que doloroso. El campanario podría haber estado sobre la cubierta, pero han preferido ponerlo delante de la iglesia y separado de ella unos veinte metros. 
 
La campana está a cubierto y en la pirámide superior con que culmina el campanario está el reloj que, en estos momentos marca las 14:45 horas. Sobre el, la cruz y el pararrayos. No deja de sorprenderme este pueblo pues, ya a punto de salir de él paso por la Torre del Agua, que teniendo una estructura muy similar a muchas de las vistas hasta ahora, como una gran copa con base cilíndrica y que va abriéndose en cono hacia la parte superior donde, aquí también, se aprovecha la altura para poner alguna antena para la captación de ondas. La torre del agua está decorada con motivos de costa marinera, el pino en un cabo, un velero bergantín, un pescador… 

 








 Predomina el fondo azul de mar y cielo. Así llego a la entrada del pueblo, que para mí es salida, y veo que tiene concedidas dos flores, símbolo de las ciudades floridas. Me parece poco para tanto interés y empeño por adornar floralmente la ciudad. Allí veo que están “jumelées” , hermanados, con otra ciudad de Alsacia, Hellering. Con esta serie de fotos, a cual más interesante, es como voy abandonando Donville-les-Bains. Seguramente que si hubiera ido por el paseo marítimo o a borde de mar, habría visto los baños que parece ser lo que destaca de Donville.

Bréville-sur-Mer.
Cuando llego a Bréville-sur-Mer, me fijo en una gran casa que parece recia, pero que da la sensación de estar bien mantenida sólo por el hecho de que la antena que está en uno de sus pináculos está torcida, parece que se tambalea y corre el peligro de caer. Hay arbolado en su patio interior, pero después de ver lo cuidado de Donville-les Bains, aquí parece que hay menos cuidado o más descuido. 

 
Las flores en los tiestos que veo al llegar a la Oficina de Turismo, sus combinaciones, también se ofrecen a la vista con menos gracia que allí. Sin embargo la oficina de información está en un edificio muy hermoso y amplio. ¿Quizás tenga éste pueblo más interés para los turistas que el anterior?, me pregunto. A pesar de que leo claramente la función que este edificio cumple, por su estructura, yo hubiera pensado más en un mercado de abastos, o en la plaza del mercado cubierta donde se puede comprar de todo: verduras, carne y pescado. 
 
Luego paso por la iglesia y la fotografío sólo desde el exterior. A juzgar por la poca altura de la techumbre, la nave no debe ser muy alta, al menos si la comparamos con la de la torre campanario, cuyo pináculo culmina en el gallo de veleta. No ha sido el único gallo con vocación de volar al cielo que he visto este día. Poco a poco voy saliendo también de este pueblo, otro más de los “ville” que estoy recorriendo en esta jornada, que ha empezado a lo grande, en Gran, seguido a Don, continuado por Bré y que va camino de Coude. En menos de media hora llego a Coudeville-sur-Mer a donde llego alejándome del mar.


Coudeville-sur-Mer.
Parece que acabo de dejar una iglesia, la de Bréville y estoy en otra parecida, la de Coudeville. Dando una imagen muy similar a la anterior, ambas iglesias son muy distintas. La de ahora es de planta de cruz latina, por tanto, con crucero. También sus torres campanario son dispares, aunque ésta también culmina con gallo de veleta en el pararrayos. En el reloj se indica la hora: las cinco menos veinte. Está bien marcada. En los intermedios de estos pueblos no encuentro nada destacado que reseñar. Menos mal que no están muy alejados unos de los otros. Abandono la iglesia y el pueblo de Coudeville, que se podría traducir por ciudad del codo, y me voy hacia Bréhal que, por el tamaño de letra que aparece en mi mapa, puede ser tan importante como Granville.

Bréhal.
Poco antes de llegar a Bréhal, la carretera por la que venía, y que traía tanta circulación, queda a un lado. Como todas las de hoy, sin arcén, algo que obliga al caminante a ir muy pendiente de los coches, en especial de los que vienen de frente. A pesar de que Bréhal se me representaba como una gran ciudad, la soslayo, no la veo y, lo único que voy a dejar constancia de ella va a ser un grupo de vacas pintas (negro y blanco), que se arriman al seto separador cuando yo me acerco a saludarlas. “Muuuuenas tardes”, me responden. 
 
Ya en las afueras, paso por un bosque de chopos militarmente alineados en perfecta formación. Sus hojas tiemblan a mi paso. Si las vacas me han hecho su saludo animal, estos chopos, con sus hojas temblonas, me dicen su saludo vegetal. Un saludo que, si cierro los ojos, me trae el sonido de la lluvia. Pero los llevo bien abiertos y, de momento, no llueve. Ya estoy llegando a Bricqueville.

Bricqueville-sur-Mer.
Tampoco voy a sacar ninguna imagen de este pueblo. Ya voy saturado de ayuntamientos e imágenes de iglesias. 
 
Entre las casas de Bricqueville, al igual que en las tierras de los alrededores, también tienen sus huertas más protegidas. Me fijo en dos filas largas de plantas de guisantes. No es planta que me resulte muy familiar, pero ya sé que lo que cuelga de su ramaje no son vainas ni de alubias, ni de habas. Por deducción, decido que son vainas de guisantes. Todavía las vainas están poco granadas. Sus cosecheros deberán esperar a que avance el verano que acaba de comenzar. 

 










Abandono la parte urbana de este pequeño pueblo y en las afueras me encuentro un vasto terreno plantado de lechugas. Es bonito ver lo bien que se diferencia la lechuga verde de la que llamamos hoja de roble, con sus colores más rojizos. 
 
La mayoría de las filas son de lechuga verde y pocas rojizas, pero alguna hay que participa de las dos. Ante tanta monotonía, agradezco la ruptura, el cambio de imagen. En pocos minutos llego a un cruce, donde una flecha indica que estoy a medio kilómetro de Lingreville.

  
 
Lingreville.
Continúo por terrenos de interior. Hoy no he visto prácticamente el mar desde mi salida de Granville, aunque haya pasado por tantos “sur-mer”. Desde el cruce ya se ve el pueblo donde, cómo no, destaca su iglesia. Hacia ella me voy acercando. Es iglesia pequeña y de las que tiene su cementerio alrededor, algo que en las anteriores no ocurría. La torre es achaparrada y por lo que ofrece a este lado, parece que tiene nave de crucero. 
 
Para asegurarlo habría que haber visto el otro lado y yo no lo he hecho. Otra opción era haber entrado, pero ni sé si está abierta, ni tengo ganas de hacerlo. Van a dar las seis y ya tengo que ir pensando en dónde parar a pernoctar. Al no ir por la costa, creo que hoy también tendré que dormir bajo techo, aunque ya sé que el siguiente albergue no lo voy a encontrar hasta que llegue al norte de La Mancha normanda. En el mismo entorno de la iglesia está el ayuntamiento. Para llegar a él hay que pasar entre dos columnas que, probablemente en algún tiempo, tuvieron verja. Hoy no existe ningún vestigio de ella y el paso esta expedito para que pasen los vehículos sin angostura y puedan aparcar en el espacio interior reservado. La puerta sirve de tablón de anuncios, que complementa el que se ve a mano izquierda. Me sorprende ver las banderas europea y tricolor y que no haya ningún vestigio ni de la normanda ni de la local. Salgo hacia Annoville.
Annoville.
A la salida del pueblo, saco la foto dorada de la tarde. Por fin veo un trigal camino de la maduración. Aún sin perder sus tonalidades del verde, ya se ven algunas espigas doradas que se balancean con sus cabezas rendidas por el peso del grano que anuncia harina y pan. Al fondo, detrás del arbolado, ya se vislumbra la iglesia de Montmartin.

Montmartin-sur-Mer.
Nada más entrar al pueblo, lo primero que veo es un Tabac y una mujer que está en la puerta. Me acerco a ella y le pregunto por habitación. Mi pensamiento es que me oriente hacia algún lugar del pueblo que se dedique a hospedaje. Pero ella me ofrece, como es normal, su hotel, que está sobre el bar-Tabac. Me pide 36 € y sin posibilidad de regateo. Tampoco tengo yo muchas ganas de perder el tiempo, ni regateando, ni buscando otro sitio. He llegado a las seis y media y se ha cumplido lo previsto.

Hôtellerie du Bon Vieux Temps.
Hostelería de los Buenos Viejos Tiempos. Tal como lo escriben, lo que yo traduzco como Buenos, sería en singular. Pago con Visa los 36 €, me da clave para entrar (2349), pues cerrará a las ocho, y subo a la habitación. La tarjeta va de maravilla. ¡Que siga la racha! Dónde quedaron las zozobras del año pasado en Biarritz y Guérande. Antes debió ser abuhardillada, pero la han corregido en el dormitorio y sólo se ve que fue buhardilla en la ducha. Lavo camiseta y calzoncillo, los tiendo en perchas y me ducho. El agua empieza saliendo muy caliente y me resulta trabajoso regularla a templada. Resulta incómoda porque no puedo sujetar la cebolleta en altura. Una vez seco y vestido, me marcho para ir a ver si encuentro algo de comer apetecible en la pizzería. 

 






Al salir, saco una foto desde el hotel hacia la carretera y la torre de la iglesia. Es por allí por donde me dirijo a la pizzería.


Sully Snack.
Entro en otro Tabac con anuncio en la puerta de “Rapido”. Entro a preguntar si es que dan un menú que sirven rápido, y me llevan ante una televisión en la que ofrecen algún tipo de apuestas. Probablemente de caballos al trote y al galope, rapidísimos. Cuando le digo que quiero cenar, me da la lista de precios de la pizzería y me indica dónde está. Cuando estoy llegando al Carrefour, otro chico me confirma el sitio. El comedor es amplio. Pido alitas de pollo con patatas fritas y pizza mediana vegetal. Para poderlo pasar por el gaznate, bebo un botella de sidra entera y eso que ya había negociado llevarme lo que sobrara para terminar en el hotel. Tengo que mearla antes de meterme en la cama, para no tener que levantarme muchas veces. Más de lo que es habitual. Entra a cenar una familia completa de ocho y, después, cinco chavalillos. Alguno se lleva la pizza comprada “à importer” y otro se la come en la barra. Pago 6 x 3 = 18 €, también con Visa. Al venir, el recorrido lo he hecho en camiseta y hacía algo de frío, ahora, de regreso, me pongo el jersey.

Cualquier tiempo pasado fue mejor.
Es lo que me sugiere este hotel de los buenos viejos tiempos, aunque yo no opine lo mismo. Lo que yo quiero son estos tiempos de hoy, ya jubilado, sin ataduras, sin hipotecas que pagar, con mi familia, con todo este tiempo para mí. Cuando llego al hotel, la clave funciona a la primera. Ya en la habitación, escurro la parte baja de la camiseta, donde se ha acumulado casi toda el agua, para que no gotee. Voy al retrete, que está en el primer pasillo. Por la noche, lo evitaré. El plato de ducha es lugar cómodo y está más a mano. Traslado la lámpara de la mesilla a la mesa para ver mejor lo que escribo en el diario. Son las 22:20 horas cuando acabo. Lo primero que he hecho han sido las cuentas. Llevo gastadas 555,64 € (532,21 con Visa y en metálico 23,43) Esta última cifra es ficticia, pues también habría que incluir los 40 € de Jean Yves y los 4 € que me devolvió la recepcionista de Granville ayer al eliminar el desayuno ya pagado con Visa. Con los correos mandados desde la mediateca de Granville, ya no es necesario que haga ninguna llamada a la familia. Saben por donde estoy. Para las diez y media ya estoy en la cama. Duermo bien. Sólo me levanto una vez a orinar y lo hago en el plato de la ducha. La última vez es a las seis. En el último tramo, sueño con Arantza. Está llorando porque a Martín le quedan dos meses de vida. La única explicación al sueño que se me ocurre es de tipo literario y tiene que ver con el topónimo del lugar. He convertido Mont de Martin, en Mort de Martín. Monte y muerte, en francés, sólo se diferencian en una letra. Aunque un erizo no tiene mucho que ver con mi amigo, este día he visto en la carretera un erizo despanzurrado.

Balance de la jornada.
Desde Pontorson a Cap La Hague, hoy he completado un tercio de esta costa casi vertical hacia el norte de Le Manche. La mañana ha sido muy completa en Granville y me ha permitido entrar en mis correos y mandar mensajes a la familia. El paseo, aunque la mayoría del tiempo ha sido por carretera sin arcén, ha sido variado y bonito, sobre todo al paso por Donville-les-Bains. Al encontrar este hotel en Montmartin-sur-Mer, aunque lejos de la costa, tampoco me puedo quejar. La cena ha sido suficiente, aunque lo mejor el tajine de la comida en el Palacio del Cuscús.