lunes, 12 de junio de 2017

Etapa 35 (392) Petit Fort Philippe-Dunkerque


Etapa 35 (392) 18 de julio de 2013, jueves. Magno día para el recuerdo de la impostura.
Petit Fort Philippe-Gravelines-Saint Pol sur Mer-Dunkerque.


Etapa 101 por la Francia atlántica.

Amanecer en la duna.
Me despierto para las 5:50 horas. Pero aguanto dentro del saco y no me levanto hasta las 6:20.
 







 Saco foto de mi cama, de todo mi dormitorio. Un gran cabezal de arena es el corte interior de la duna. En la foto el protector de la mochila está dado la vuelta para que el rocío mañanero se empape en la arena y lo pueda secar más fácilmente. Para las 6:40 ya estoy en marcha.


Paseo extra de ida y vuelta.
Camino por la playa hacia Dunkerque. El sol está queriendo despuntar por encima de la duna. En el mar, un barco hace el recorrido Dunkerque-Dover-Dunkerque. Un gran transatlántico, casi colisiona, es un decir, con un barquito pequeño.
 

Es el mismo juego que hice ayer desde la playa donde me bañé. Yo pensaba que era el práctico, el barco piloto, que le iba a buscar para acompañarlo al puerto, pero la motora no tiene nada que ver con esa operación.



La Central Nuclear que no he visto desde ayer por la noche, empieza también a aflorar por detrás de la duna. Se ve que la productora de energía tiene envidia e imita al sol.

 


Ando un cuarto de hora y encuentro a un pescador en la orilla del mar y me acerco a hablar con él. “¿Toda la noche?”, le pregunto. Y su respuesta es: “No, desde las cinco de la mañana.”

 

Me dice que no puedo continuar por la playa porque el Canal des Dunes, cuya agua cumple la función de enfriamiento de la central nuclear, y el puerto, donde acaba de entrar un transatlántico, o quizás un ferry, me lo impiden. Agradecido por la información, retrocedo. He perdido media hora, un cuarto de ida y otro cuarto de vuelta. Habría sido peor si al pescador le hubiese dado pereza madrugar. Vuelvo a deshacer el camino y regreso hacia mi duna.

Segunda visita a Petit-Fort- Philippe.
Saludo a mi duna y la fotografío. Hoy lo puedo hacer con mejor luz que anoche. Me voy acercando a las casetas de baño y saco nueva foto. El faro está muy próximo y nítido, como ya lo vi ayer al atardecer, pero la iglesia que se ve no es la del Petit, sino la del Grand, al otro lado del canal.


Vuelvo al paseo marítimo, donde ya está en marcha una brigada de limpieza y también veo a un buscador de tesoros con su detector de metales. Es evidente que éste no busca bombas ni metralla. Paso a hacer el recorrido paralelo al canal que viene de Gravelines y, al pasar, tomo nota del nombre de la churrería, aunque no sé si es el nombre real, o el de uno de sus productos estrella. 
 
De nuevo foto del canal, donde la historia se repite, aunque a esta hora no hay puesta de sol que moleste, ni sol naciente que se vea. Llego a las construcciones Vauban y al Anse des Españols. Encuentro a hombre que va con un niño. Le pregunto si sabe por qué se llama así a la ensenada.
 


Él no lo sabe, pero sí me dice que aquí estuvieron los españoles unos cuatrocientos años. “Demasiado tiempo para cosa buena”, le digo, y asiente. El Puerto de los Islandeses es debido a que los franceses iban a pescar a Islandia y en recuerdo… Una forma de reparar o compensar la cantidad de pescado que se trajeron de allí. 

Claro es que entonces los mares eran de todos y había pescado de sobra. Le cuento mi viaje y luego, cuando me pasa, pues regresa en su coche, me invita a subir para llevarme a Dunkerque. Se lo agradezco, aunque ya le he dicho cómo es mi viaje, y debe saber que no voy a aceptar. Igualmente agradecido. El camino paralelo al canal, que ayer fue exclusivamente peatonal en todo su recorrido, hoy es utilizado por más vehículos de los que hubiera deseado. Me resulta menos cómodo, pues me obliga a estar pendiente de ellos. Durante gran rato voy viendo, de todos los sitios y en todas sus formas, la iglesia de Grand-Fort-Phiippe, que ayer me costó tanto fotografiar. Paso por una esclusa que regula el paso de agua entre la maraña de canales que hay en Gravelines.

De nuevo en Gravelines. Café de la Marine.
Cuando estoy llegando a Gravelines, un hombre, que está saliendo de su casa, pues está esperando a que alguien le venga a reparar algo, no me añade nada a la respuesta del hombre de Dunkerque sobre los 400 años de españoles aquí. Intento tener más información para contrastar. Me desea buena continuación. Entro en la plaza y me meto en PMU. Descargo las mochilas y el barman sale a la puerta para decirme el lugar donde está la panadería. Allí compro un caracol de pasas por 1,50 € y el café largo de leche, en jarrita espumosa, me cuesta lo mismo, 1,50 €. Me lavo, cago, escribo y pregunto. El barman es servicial y tiene poca clientela, así que me ayuda. Me dice que primero encontraré el albergue en la plaza Paul Asseman y después, si me falla el primero, que lo intente en L’Escale. Es una buena referencia para que no tenga que perder mucho tiempo. Después de escribir otro rato, a las 9:30 voy a la oficina de Turismo, que ayer estaba cerrada.

Oficina de Turismo.
La atención en esta oficina es buena, pero no tienen otro mapa mejor del tramo que me queda de Nord. En realidad, para lo poco que me queda de aquí a la frontera belga, y teniendo en cuenta que en el tramo de Pas-de-Calais me ha funcionado muy bien, no me voy a preocupar más.

Me dan plano de Dunkerque y conseguimos situar los dos albergues juveniles. Ambos están muy próximos uno del otro. Acabo de comer un caracol de pasas, y en la Oficina de Turismo tienen una escalera de caracol muy funcional. Es por eso que saco una foto de ella, sin intención de comérmela. Un espejo de fondo le da otra dimensión, amplificándola. La chica que está hablando por teléfono al ver el flash me mira y me sonríe y, como la conversación tiene pinta de que se va a alargar, llama a su compañera, que baja por dicha escalera de caracol. Cuando aterriza, me parece muy alta, le cuento mi viaje y me da sus buenos deseos. He visto también un plano de la ciudad de Gravelines y en él se aprecia muy bien todo su entramado de canales fortificados. No lo pido porque no voy a hacer un recorrido por la ciudad. Es como un hexágono o, quizás un octógono, muy regular. Tendría gracia que, al acabar la costa francesa, me acabara gustando también Vauban.


Última visión de Gravelines.
Ya con la información, regreso al PMU para enseñarle en el mapa la posición de los dos albergues, para que los visualice y su información a otros sea tan buena o mejor que la que ya me había dado, aunque sin plano. El barman me da de nuevo un apretón de manos. Salgo por el sitio que me ha indicado y voy pasando por más canales, puentes y fortalezas. Entre el canal y la fortaleza Vauban hay preciosos y bucólicos senderos, que sería necesario patear para apreciar su verdadero valor. No estoy en condiciones de hacerlo y de verdad lo siento.
 

Pero cuando voy por arriba, ya veo a alguien que pasea por ellos. En uno de los canales hay muchas embarcaciones de recreo en azul y blanco. Supongo que la gente hará recorridos por tan diversos canales. En una plazoleta con una construcción que parece medio dique holandés, un toro broncíneo parece que afronta su fuerza con la de Vauban. Dos fortalezas enfrentadas.

 
Sobre las diez y cuarto y ya saliendo de Gravellines, paso por la iglesia de Santo Thomás Becket. Me limito a fotografiar la fachada de lejos y ni me acerco para ver si está abierta o cerrada.









Cuando llego a una semi-rotonda, florecida con mucho gusto, con flores azules, rosas y blancas, que parece que se desparraman de un ánfora caída, ya estoy saliendo de la ciudad.

Recorrido hacia Saint-Pol-sur-Mer.
Va a ser un recorrido poco interesante. Se acaban las aceras, el paseo se hace monótono y se vuelve más peligroso, con mucho tráfico rodado. Para matar el aburrimiento, me entretengo en mi juego de buscar matrículas. La esperanza de encontrar un CW 999 o el primer CX antes de que mañana salga de Francia, si no hay imprevistos, y entre en Bélgica, donde ya no sé si podré construir palabras con las matrículas. Desconozco su sistema de matriculación. 

Desde esta carretera veo una vía férrea que, probablemente comunique Calais con Dunkerque y la frontera belga. También muchos pabellones industriales, que no sé si tendrán relación con la central nuclear. Altas chimeneas, tuberías enroscadas que suben y bajan, pero que no puedo ver con nitidez.

 

Hay una densa niebla que apenas me deja ver algunos molinos de viento, productores de energía eólica, por los que paso relativamente cercano. La fábrica que pensaba podría tener relación con la central, resulta ser Aluminium Dunkerque. Hoy día 18 de julio, día de infausto recuerdo para las democracias del mundo, confío en que no me ocurra nada anómalo, como fue la rotura de peroné en 2009, en la Costa Brava, que me llevó al hospital de Palamós, o la infección de mi otro pie, llegando a Audierne, y que me llevó a urgencias en el hospital de Douarnenez.



¡Mejor no tentar al maligno! Antes he escrito 999, ¡que no lo interprete como 666! La ruta ha ido cambiando. Unas veces ofrece arcén y otras no. También aparece alguna pista cyclable. La primera desviación que debo abandonar es la que se indica con el nombre de Leon-Plage, ya que ahora no me conviene ir hacia la costa, hasta pasar Dunkerque. Lo mismo ocurrirá con Grande-Synthe. Pensaba que era un centro comercial, pero resulta ser una población diversificada, aunque comienza con Auchan y Leroy, y doble entrada. Fort Mandyck va a ser algo que paso tangencialmente, sin entrar. Antes de entrar en Saint-Pol, aparece el indicador Dunkerque, a la izquierda, a la derecha y por el centro. Decido coger la dirección Saint-Pol y Dunkerque centre ville y acierto. Casi dos horas más tarde de salir de Gravelines, la carretera pasa por encima de un canal. Tal como veo en mi mapa, es probable que sea el ramal que, proveniente del Canal de Bourbourg, alimenta el Canal des Dunes, para refrigerio de la central nuclear, de la que tan próximo he estado esta mañana.

Saint-Pol-sur-Mer. Le Saint Pol.
Ya estoy entrando en este pueblo, que está a las afueras de Dunkerque y relativamente cercano al destino previsto para hoy. Va a ser un día de poco recorrido y ¡menos mal!, tras haber caminado ayer tanto por la playa, hoy el asfalto se me hace muy pesado. Me parece que las doce del mediodía es buena hora para comer, es la hora francesa por excelencia y además hoy he desayunado temprano. Una mujer, que acaba de aparcar su coche, me dice por dónde seguir para encontrar restaurante. En el camino, un joven ciclista, que lleva su bici cargada de bolsas en su maletero (faltriqueras), me saluda mientras pasa pedaleando. Un indicador de que finaliza Dunkerque. “¿Cómo puede finalizar antes de entrar?” es lo que me cuestiono y pregunto a un chico, que está medio atontado con su móvil. Está esperando en la parada del bus. Me dice que cuando acaba Saint-Pol comienza la gran ciudad. En el camino me viene el nombre de Evarista Facunda, el personaje teatral que representó, primero mi amiga Mari Luz y luego mi otra amiga Marivonne, en el Balneario de Verche. ¡A ver si llamo a Mary Luz esta noche, antes de entrar en Bélgica para que me diga dónde vive su familia política, ya que su marido, ya fallecido, era belga! Sería fantástico que ella estuviera allí de vacaciones. Casi todos los años les visita. Así, llego al Saint Pol, que ofrece como plato del día charcutería, acompañado de algo más. Estoy dispuesto a comerlo, pero prefiero pedir carta por si hubiera algo que me apetezca más. Acabo comiendo más de lo mismo, aunque hoy pido huevos fritos, que hace siglos que no como. El camarero se resiste, pues le parece mucha comida. Huevos fritos con patatas fritas y bavette, le parece excesivo. Amañamos los platos. Dejamos las patatas fritas a los huevos, y las eliminamos del filete, sustituyéndolas por “haricots”, vainas verdes. Aún le parece mucho, pero le explico el viaje que estoy haciendo. El camarero me hace un dibujo para que pueda salir sin dificultad de Saint-Pol-sur-Mer en dirección a Dunkerque. Espero a que me sirva. Cuando estoy comiendo la bavette “bleu”, que está muy rica, y acordándome de Mari Luz, y pensando de cómo voy a llamarle y hablar francés por teléfono, con mi francés elemental… me viene la imagen de mi otra amiga catalana, que se me va, y lloro con desconsuelo. Y ahora, cuando lo escribo, las lágrimas afloran de nuevo. Hasta las gafas se me inundan. Sería bonito podernos reunir de nuevo los cuatro en Barcelona, pero yo no puedo forzar a una relación de amistad a las tres que viven en la ciudad condal. Yo sólo he sido el enlace necesario de mi amiga con metástasis y a las dos Evaristas Facundas del balneario de Verche. Luisá fallece en julio de 2017. Pago la cuenta con Visa que, con un cuartillo de vino, asciende a 20,70 €. Dejo de escribir a las 14:10 y me voy con el croquis que me ha hecho el camarero. ¡A ver si salgo bien hacia Dunkerque!
De Saint-Pol-sur-Mer a Dunkerque.
En principio, el dibujo me sirve para salir, pero debo preguntar varias veces hasta salir a la carretera que me llevará a la gran ciudad. Donde ya empiezo a ver canales y hasta que enfilo la calle París.



Saliendo de Saint-Pol, paso un puente sobre la carretera principal. Después paso por el M.V.A., la Casa de las asociaciones, que aquí denominan Maison de la Vie Associative. Esto es un buen indicador de que las asociaciones en Nord tienen vida. Como cuando lo vi ayer en Gravelines, hoy también me vuelvo a acordar de Irun, donde tendremos que esperar aún tres años más. La única pega que encuentro a este edificio es que está muy a las afueras de la ciudad.













Dunkerque.
Paso más canales y avisto una iglesia con dos torres. En la fachada de una casa me vuelvo a encontrar las siglas CAF, como saliendo de Calais. Nuevos recuerdos iruneses y beasaindarras.
 

Llego a la iglesia, fotografío la fachada principal con las dos torres campanario, y entro. Se está celebrando un óbito, un deceso, como dicen los galos.






















El fallecido ha convocado a un número respetable de familiares y amigos. Desde el atril, alguien dice unas palabras de despedida. La iglesia es de cruz latina con crucero luminoso y, por lo poco que veo de ella, me parece que no está muy recargada de santos, pero no visito las naves laterales en atención a los feligreses y al acontecimiento luctuoso que celebran. 
 
Salgo de la iglesia y, cuando llego a la calle París, que es un buen referente, decido la estrategia a seguir para llegar al albergue juvenil. Son las tres cuando he salido de la iglesia y, para las 15:15 ya estoy por el paseo, con el canal a la derecha, en dirección a la costa, pues desemboca cerca de la playa.

 

Paso por una zona preparada para hacer ejercicios gimnásticos.







Siguiendo la dirección del dique, llego hasta el último puente, por el que debo pasar para llegar a la plaza que busco.
 
L’Escale. Auberge de Jeneusse. AFEJI.
Paso el puente y llego a un edificio que no pone nada de A.J. y sí algo referente a Teatro. Un chico, que va con su chica, me dice que ese es el edificio que busco. Entro y una chica me dice que este edificio fue un día albergue juvenil, pero que se trasladó a otro… y sale para indicarme por dónde debo ir. Debo volver a pasar el puente y seguir por el barrio del Grand Large. Alcanzo a la pareja, agradezco su información inexacta, y digo lo que me han dicho para que, si quieren ayudar a otra gente que les pregunte, puedan decir cuál es el verdadero Auberge de Janeusse, el de L’Escale. Hacia allí me dirijo. Subo unas escaleras que debo volver a bajar. ¿Será por ellas que el edificio aledaño se llama así? Entro en el edificio y en recepción no hay nadie. En el mostrador está un cuarentón, que parece monitor de un chaval mayor en silla de ruedas. Encuentro a más “handicapés”, que me persiguen. Este hombre me dice que el albergue está completo, con varios grupos que lo comparten. Llama a alguien que está dentro. Sale otro que por el material que lleva en los bolsillos de su peto, cables y otras menudencias, me parece que puede ser el que hace las reparaciones eléctricas y que también se dedica a completar habitaciones. También me dice que el albergue está completo, pero que va a avisar al responsable del “accueil” que va a ser una persona “accueillante”, acogedora. Mientras la recepcionista mira sus registros y otra le complementa información en el ordenador, yo saco mi carnet de alberguista, el de identidad y la tarjeta Visa. Me pregunta: nom… prenom… y le dice al chico del peto que complete la 307 y me da la tarjeta para entrar en la habitación. Pago con la Visa 26,74 € que es lo que me cuesta la cama con el desyuno (22,40), el kit de sábanas y las toallas (3,90) y la taxa (0,44). La factura me la dará mañana.

Cojo un ascensor que no funciona y luego otro que estaba más cercano y que es OTIS y me sube al 3º. Entro con la tarjeta que aquí funciona bien y a la primera. La habitación es amplia, con dos camas bajas, una mesa con luz natural que le viene de la izquierda, ¡perfecto!, y con enchufe. ¡Hoy que no tengo que cargar ni móvil, ni cámara! Primero hago la cama y extiendo el saco algo humedecido de la noche, para que se seque bien, sobre las sábanas. El baño es enorme, con asiento plegable en la ducha, preparado para personas con minusvalía. Se ve que hoy conviviré con ellos. El asiento no sólo servirá a los minusválidos, sino que alguna persona mayor, como yo, también lo voy a usar para lavarme bien los pies. La uña del dedo que va junto al dedo pequeño izquierdo, ya está casi negra, pero la que estaba casi negra del derecho, ha emblanquecido. Hoy cago diarrea pero no me preocupa mucho. El día de San Franco no me ha dejado sin albergue y espero que tampoco me mate de una cagalera. Después me ducho. Como no todo van a ser parabienes, la cebolleta de la ducha no se sujeta bien arriba y el acto de ducharme va a ser menos placentero de lo que hubiera deseado. La toalla pequeña no la usaré, pero irá limpia de nuevo a la lavadora. Tendría que revisar las facturas de otros albergues para saber si este es el más caro de mi historia. Pero todavía no he llegado a Holanda y Dinamarca, donde tendré que pagar más que aquí. Después lavo camiseta y calzoncillo y lo tiendo en el ropero, dejando las puertas abiertas de par en par. Aunque he puesto la manta encima, es probable que con la sábana sea suficiente. Escribo con buena luz natural. Dunkerque 2013 es Capital Regional de la Cultura y consigo un programa que se desarrolla del 6 de julio al 12 de setiembre. Elijo algo programado para hoy en la “digue” Malo-les-Bains, pero primero debo localizar el dique. Lo llaman Letter Camp-Les jeudis de Malo. Me llena de curiosidad sin saber qué puedan ser estas cartas de los jueves. Lo malo es que no sé si es un horario continuo desde las 10 de la mañana hasta las 8 de la tarde, o son dos sesiones independientes, una que ha sido a las 10, y otra que será a las 8. Tampoco viene el horario de otro espectáculo que me pudiera interesar y que empieza hoy: Festival de músicas tradicionales. No tengo el programa. Dejo de escribir a las cinco y media. Ya veré si ceno más tarde y dónde.


Un paseo por el Dunkerque cultural.
Aunque la capitalidad de Dunkerque es regional, me intereso porque en 2016 Donostia-San Sebastián será Capital Europea de la Cultura. Cuando transcribo este diario, para colgarlo en mi blog, ya estamos casi en verano de 2017. El balance que se hace de Donostia-2016 es variopinto y dependiente de la implicación que cada uno haya tenido. Yo creo que fue una experiencia interesante, con aciertos y desaciertos, de donde otras futuras capitales tendrían mucha enseñanza que obtener. Creo que, en conjunto, la experiencia fue más positiva que negativa. Pero antes quiero pasar por la oficina de información y, primero, volver al lugar del teatro, donde antes estaba el albergue juvenil, por si hay algún espectáculo teatral para ver. Me pilla de paso. Pero al bajar de la habitación, veo en la puerta una navette que va a salir en cinco minutos hacia la playa de Malo.

Voy hablando con dos chicas jóvenes poco receptivas y acabo compartiendo mi viaje con la señora de enfrente, a la que le gusta lo que estoy haciendo. Bajo en la primera parada de la “digue”, el dique que es el paseo marítimo. Pregunto a tres chicas encargadas de controlar entrada de los vehículos, por donde he pasado antes con la navette. No me saben decir en qué dirección está lo que busco y decido ir en la contraria a la que me indican porque allí está la oficina de turismo donde creo que me orientarán mejor. Allí me dicen que la actividad se desarrolla en el contenedor rosa que está en la arena. Bueno, al menos ya lo tengo localizado. Paso por la Biblioteca donde se pueden coger libros para leer en la playa o en la terraza. Esta es una actividad cultural propia del verano y para todos los veranos, que no sé si estará recogida en el programa de 2013, pero que debiera estarlo. Fotografío a los lectores de la terraza.
 

La zona Malo de la playa alberga en la arena unas cabinas muy interesantes, con un diseño curioso que me gusta. También camas elásticas para que los niños ejerciten y sean menos obesos.

 


Así llego al contenedor, donde dos mujeres jóvenes sentadas se respaldan y ocultan del viento, con algún niño, mientras los otros juegan y el padre se mantiene en pie. Quitar el viento será la única actividad cultural que va a ofrecer este contenedor pantera rosa. El contenedor está cerrado a cal y canto y pregunto a la familia. No saben nada de la actividad programada. Vuelvo donde el bibliotecario, por si sabe algo. Como tampoco sabe nada, regreso a la Oficina de Turismo. Me dicen: “Se habrá suspendido”. Regreso al contenedor y hablo con las dos mujeres, mientras los dos maridos juegan en la arena con sus niños, en dos grupos. Vuelvo por tercera vez, por si me saben orientar para ver dónde puedo comer “lapin”, conejo. No sé la razón por la que me apetece. Me dicen que es necesario ir a pueblos del interior, en la campiña, y que los restaurantes no lo suelen ofrecer en verano. Lo mismo me dirá la señora donde ceno: “Es plato de invierno”.
 
Camino por el paseo marítimo de la playa de Malo, y encuentro una caseta de obra, decorada con elementos de voleibol. Hay alguna red montada cerca y quiero pensar que allí guardaran los elementos necesarios para poder practicar dicho deporte. Cuatro mástiles altísimos ofrecen banderas de cuatro colores. En principio pienso que es el sistema de informar a los bañistas sobre las condiciones del mar. Pero si no hay peligro, bastaría con la verde y, si lo hubiera, no tienen la roja. En vista de lo cual, decido que es una manifestación colorista para alegrar el paisaje del paseo. En vista del éxito obtenido, con la actividad cultual elegida e inexistente, y a falta de Letter o Lettres, me voy a leer cartas de restaurantes para ver si encuentro algún conejo. Leídos menús y cartas, creo que finalmente acabaré comiendo “moules-frites”, los consabidos mejillones con patatas fritas.
 

Me meto por el interior, buscando Centre-ville y me va llevando al punto de partida. En un pequeño parque, encuentro otro contenedor rosa, también bien cerrado y en el que leo algo distinto de lo que pone en él: El arte a prueba de bombas. Son contenedores culturales, tan potentes, que no hay quién los abra. Llego a una iglesia que parece la proa de un barco apunto de zozobrar.
 
Me gusta su forma pero no sé la razón por la que han alejado tanto su campanario. Por su posición, los fotografío por separado.

















Es así como vuelvo al Casino, que es como otro gran contenedor acristalado de líneas rectas, cuadrangular.
 


Está cerca del Kursaal, el Palacio de Congresos, una gran K roja destaca de un edificio bajo, también acristalado y que no desentona de la forma constructiva del Casino. Aquí finaliza mi frustrada actividad cultural de la jornada.



  
L’Escadre.
Es una brasserie cercana a esta plaza. Si voy a dormir en la escala, ¿por qué no voy a cenar en la escuadra? Pido tagliatelles boloñesa y una Grimbergen, pero esta vez será rubia. Me impactó más la negra, pero debo aprender a pedirla. A pesar de que mi cena es para cubrir el expediente, la señora me saca dos tapas de surimi con mahonesa. Me entran muy bien con la cerveza mientras espero la pasta. Soy el único cliente y la mujer se muestra muy atenta. Me da las claves para que siga mañana por la playa hasta llegar a Bélgica. Y un poco más de la continuación por las playas belgas. Pago con Visa 15,95 € y este va a ser el último pago que haga con la Visa en Francia.

Regreso a L’Escale. 
Le Bateau Feu y el LAAC.
De regreso, recalo en el Teatro, el antiguo A.J., pero ya está cerrado, lo que me hace pensar en que hoy no había función, si es que hacen teatro allí o no es más que un lugar donde ensayan los grupos locales. Saco foto del exterior. Se llama Le Bateau Feu y el anagrama es un pez volador. No sé qué tendrá que ver este pez que vuela con un barco de fuego, aunque en el argot teatral, también puede ser interpretado “feu” como candilejas, que sí tendría algo que ver con el teatro. Anuncian una obra para finales de setiembre, lo cual hace pensar que en el ínterin no habrá nada más.
 
Paso el puente sobre el canal y, al otro lado, en el quartier du Grand Large, hay un edificio singular, es el mismo barrio del albergue. Figura en el mapa con el nº 6 pero como lo he recortado y reducido a la mínima expresión, no puedo ver la leyenda correspondiente a dicho número. Mañana pasaré y leeré: Espacio Artístico LAAC.


No sé si se hará allí buen arte o no, pero el edificio es artístico. Me acerco para verlo mejor, y lo fotografío de más cerca y con el cartel anunciador. Esta vez, sin subir ni bajar escaleras, entro en L’Escale. Paso al patio y descubro el comedor. El desayuno para mañana será entre 7 y 9. Me lo confirma una chica de verde. También que no hay teléfono público ni dentro, ni fuera, ni en las cercanías. Yo ya sé dónde hay uno, pues he llamado a Mari Luz y me ha salido su contestador automático, con la voz de su hija. Le pido que me deje usar el suyo sin coste de llamada, marcando el número de mi tarjeta telefónica, y me dice el “desolé” propio de las personas que no están desoladas. Cumple órdenes y punto. Y yo lo comprendo, pero no me gustan estos “desolés” no sentidos.

Descansando en la habitación.
Son las nueve cuando subo. Orino, escribo y me tumbo a descansar hasta las diez que será buena hora para llamar a mi hermana a Londres. Reflexiono sobre el día. Ha sido mala pata que, para una actividad que me atrae de las programadas, se haya suspendido (?). Me adormilo y, cuando me despierto son las diez y me da pereza levantarme, pero creo que lo debo hacer, que es el momento de hacerlo. Un tira y afloja conmigo mismo. ¿Quién de los dos Javis vencerá, el perezoso o el vital?

Teléfono en cabina.
Hoy vence el segundo, y salgo a la calle con el jersey puesto, aunque a las siete de la tarde ya ha salido el sol, que finalmente ha conseguido romper la niebla, y ha quedado un cielo limpio, a esta hora ya no calienta y el viento sopla. Rodeo de nuevo la montañita de las escaleras por el lado del canal, donde cuatro pescadores hablan muy alto, demasiado fuerte. Aunque el perrazo me ladra, igual que si me viera con las dos mochilas, ellos siguen a lo suyo sin mandarle callar. Cruzo el puente y voy hacia el Casino. Localizo las dos cabinas gemelas, y utilizo la misma desde la que he llamado antes a Mari Luz. Ahora le vuelvo a llamar la primera y esta vez sí me coge. Me dice que estuvo en Bélgica en mayo por un aniversario de boda de su sobrina, pero que ya no va a venir en agosto. Pone empeño en que llame a su familia, que vive en un pequeño pueblo que empieza por Oos… Pero más largo que Oostende. Como no tengo intención de aparecer por allí no estando ella, ni lo apunto, entre otras razones, porque tampoco he traído boli. Me dice que está antes de llegar a Nieuwport. Cuelgo y llamo a mi hermana. Se pone su marido, Jon, quien reconoce la posición de Dunkerque enseguida, no en vano está tan próximo a Londres. Me pasa con Lucía, quien me dice que lo de ir a Canarias no será hasta setiembre. Irán todos ¿Mikel también? Le cuento mi experiencia en el campamento de rumanos y ella me dice que son los que quieren pasar a Inglaterra y los ingleses se resisten. Le digo que para mediados de agosto espero estar en Irun.

A soñar con los angelitos.
Regreso al albergue, me acuesto y duermo como un lirón. Pero como debo mear la cerveza, me levanto tres veces durante la noche. Para cuando he salido a las diez, los adolescentes ya habían dejado de armar jaleo con actividades de grupo en la terraza. No he tenido compañero de habitación.

Balance de una corta jornada, la única completa, en Nord.
Ha sido providencial el pescador de esta mañana. Me ha evitado recorrer en vano muchos kilómetros. Bien atendido donde he desayunado, donde he comido y donde he cenado. Nada especial que destacar en el recorrido. He tenido suerte en desoír cuando me decían que el albergue estaba completo. Al final he estado solo. La habitación y el baño, todo para mí. He hecho, por fin, las dos llamadas que hace días debiera haber hecho.

Etapa 34 (391) Calais-Petit Fort Philippe


Etapa 34 (391) 17 de julio de 2013, miércoles.
Calais-Hammes de Merck-Grand Fort Philippe-NORD-Gravelines-Petit Fort Philippe.


Hoy cumplo mi etapa número 100 por la costa del Oeste de Francia. Pasaré de Pas-de-Calais a Nord, la última provincia del Norte.

Amanecer en el Premier Classe de Calais.
Me despierto a las siete. Me hago el remolón, cago y me vuelvo a acostar. En Metheo veo, sol en el Norte. Desenchufo el móvil, ya cargado, y cargo la cámara. He dormido bien con la manta. Se oye movimiento por los pasillos y los cierres de puertas. No me ducho. Escribo las tres historias de ayer noche. Cojo agua, tomo la pastilla y, para las 8:10 ya estoy en marcha. Como no tengo desayuno, sólo me resta devolver la llave. Pregunto a la nueva recepcionista qué ocurrió con la señora de ayer, si recala en el hotel o no. Como no tengo datos de ella y no veo buena voluntad de que quiera satisfacer mi curiosidad, a pesar de que le digo la hora en que ocurrieron los hechos, ni se molesta en mirar las entradas de última hora de ayer. Probablemente sea una actitud acorde con el puesto que ocupa y su obligación de mantener el celo profesional, el anonimato de los clientes. Yo sólo quería saber el resultado final de mi noble acción. Me voy de recepción y salgo caminando hacia el Ayuntamiento.


Por Calais buscando el mar.
Al pasar el puente, sobre las vías del tren, pasa por debajo un TGV camino de la estación. Hoy ya no fotografío el palacio municipal. Me basta con las dos fotos de ayer. Sigo por la calle que ayer me indicaron y voy al lado de un canal que, supongo, me llevará hacia la costa. Sigo la calle. Una industria a la izquierda me trae recuerdos de distintos momentos de mi vida, pero esta CAF no es ni la de Irun, ni la de Beasain-Ordizia. Pocas embarcaciones en este canal, ni siquiera de paso.
 

Cuando la calle dobla hacia el paso de Calais y dejo de lado la dirección al aeropuerto, veo una señal en amarillo y rojo, que no sé si me ayuda o me despista. No es la blanca y roja del GR-120. Una retama amarilla, muy florida, me ilumina el camino. El olor dulzón de sus flores, me despierta otros aromas conocidos. Un ciclista me reorienta. Por fin llego a una carretera, de doble dirección y varios carriles, que forma una barrera complicada de rebasar sin cometer alguna infracción. Por el carril de salida de Calais hacia el Norte, no hay apenas circulación, pero por el otro lado de la mediana es una continua procesión de camiones que van a pasar hacia el Reino Unido por el túnel del canal de La Mancha, o a descargar en el puerto sus contenedores bien cargados de mercancía.

Los tráiler llegan con la velocidad algo reducida y debo estar muy atento para cuando me decido a saltar la mediana y cruzar al otro lado. Saco una foto con un gran tráiler de muestra, donde se ve la mediana que debo superar y, al fondo, en alta mar, un barco de los que hacen el trayecto Calais-Dover. Una foto que da la imagen exacta de lo que estoy contando y, al fondo, dunas y matorral por donde debo pasar para llegar a la costa. Acabo de ver a dos personas que han pasado la mediana delante de mí, así que yo me aventuro sobre una acción ya vista, es decir, ya lo mío ha dejado de ser una aventura y ha pasado a ser una mera imitación. Pienso que los que han atravesado la carretera y la mediana son conductores que tienen por allí su camión aparcado, pero pronto sabré que son refugiados en espera de trabajo y solución a su miseria. Es así como, de golpe y porrazo, me encuentro en el infierno.


Campo de refugiados.
Cruzo una explanada. Ya estoy muy cerca del mar. El yodo y el salitre se huelen en el ambiente. Grandes barcos de gran calado esperan en alta mar al práctico (pilot) para entrar al puerto. Sólo me falta pasar una pequeña colina y saltar a la playa. Pero la colina va a depararme la sorpresa más ingrata de la jornada. Me acabo de meter en el campo de refugiados, creo que decían que la mayoría eran rumanos, que están allí esperando a que les autoricen desde el Reino Unido la entrada en aquel país. Son gente que no quiere nadie, según parece, y las están pasando canutas. Veo un sendero, pero me conduce a una maraña de matorrales que no me deja continuar. Retrocedo y contemplo la verdadera miseria humana. Algunos habitáculos son tienda de campaña pero, la mayoría, pedazos de plástico formando hueco, mal unidos, y que ni se sabe cómo se sostienen en pie. Y desparramado entre los matorrales, restos de plásticos, tetrabriks, botellas, papeles, etcétera. 
 
Encuentro a dos jóvenes que, por su forma de hablar, me parecen rumanos. Cuando se separan, saludo al que pasa a mi lado, pero creo que ni me responde al saludo. Toallas rotas y desperdicios junto a una cabaña en precario, me hace pensar que ellos dos viven allí. Sigo perdido y regreso. El rumano joven mea prolongadamente y, cuando termina, le pregunto: “¿Para ir a la playa?” y me señala el camino. Al ir hacia el lugar indicado, me encuentro con el otro rumano. Es entonces cuando veo el grupo mayor de chozas. Es el drama de la emigración, de los que viven en precario.
 

Lo que se veía en la película Le Havre no era más que una ficción comparando con esta realidad. Allí eran árabes, cuando el protector quiere contactar con la familia del chaval protegido. Antes de salir del todo de la zona saco la segunda foto, hacia atrás, es la única forma en que puedo demostrar que he pasado por allí. 

No ha pasado nada pero, ¿he corrido algún riesgo con un colectivo tan desesperado? Nunca lo sabré. Saco foto hacia la playa, una playa larga que se me ofrece como una liberación. No sin dificultad, consigo atravesar lo que queda de matorral y llego a las dunas amables. Me descalzo y voy hacia la orilla, dejando atrás el campo de refugiados. Vuelvo la cámara hacia atrás y las dunas, aunque bajas, ocultan el campamento. Ya es como si no existiesen.


Amenaza de bomba.
Durante un rato encamino mis pies dejando que las olas los acaricien. ¡Oh suaves y gratas olas de la orilla! Además de pescadores de caña, de lejos, veo gente en la orilla haciendo algo que no distingo bien. Cuando llego, veo que son dos chicos que manipulan pala, martillo y detector de metales. 
 
Trabajan en equipo. Les digo que es la primera vez que veo buscar algo con detector en arena húmeda.








Me dicen que no buscan ni oro ni euros, sólo quieren munición de la segunda guerra mundial. Han encontrado restos de bombas y algunas las rompen con un martillo.




A mí me parecen piedras rojizas, pero me dicen que es fruto de la oxidación. Ahora han aflorado del fondo por estar la marea muy baja y aprovechan el tiempo de bajamar para realizar la tarea. Ya han conseguido encontrar una bola de munición.



No me parece que sean arqueólogos, ni geólogos, ni etnógrafos, así que al no haber una delimitación del campo, y al no filmarlo, todo rigor científico que pueda tener lo hallado se irá perdiendo y no servirá para una investigación. Pero para mí, las piedras que vea desde este momento, van a adquirir otra dimensión.

Cuando me marcho, ya empiezo a detectar metales sin llevar detector. En el mar una plataforma que no sé de qué es. ¿Sera de extracción de gas?, me pregunto. Tres hombres vienen por la orilla con dos perros que se me acercan, me parecen de raza Setter, pero el amo les llama con rigor y los dos perros se abstienen de husmearme. Creo que la llamada del amo es más para evitar que yo contamine a sus perros.




Como la playa es inmensamente larga y ya no veo a nadie que venga de frente y parece poco probable que eso ocurra, me quito el pantalón y el calzoncillo y voy con el culete al aire. Paralelo a la orilla, me acompaña una línea continua de dunas bajas.

 

También, pero mucho más lejos, empiezo a ver la silueta de la iglesia y la torre campanario de Hammes-de-Marck. Decido que sea el sitio al que debo ir a desayunar, pero no va a ser nada fácil, por todo lo que hay por medio.
 

Obstáculos en el camino.
Decido salir de la playa hacia Hammes. Encuentro la huella de unas ruedas de tractor que ha hecho el trabajo de quitar la arena a un canal que trae agua hasta la playa y que muere allí sin posibilitar su continuidad.
 

La arena negra del fondo la ha ido acumulando en el lateral, dando la sensación de que están haciendo unas dunas artificiales. Continúo el reguero, o regato artificial, y como no hay paso, no me va a quedar más remedio que cruzarlo. Pero pronto me encuentro con otro canal y tengo que retroceder hasta el inicio.
 

Son ríos artificiales de fango negruzco que provienen de charcas del interior. No sé si avanzo o retrocedo. Acabada esta primera parte de zanjas, me meto en un laberinto de grandes hoyos. Pudiera pensarse que son charcas para conseguir sal marina, pero mi instinto no me lleva por esos derroteros. En un lugar siguen dragando estos hoyos. Huele a cenagal.
 


Salgo a mejor camino pero, como los camiones que vienen de la ciénaga, van desprendiendo como bosta, llenando de mierda por donde pasan, me voy manchando de negro los pies y llevando el mal olor conmigo. Llego a otra gran charca que aún no ha sido intervenida por los dragadores.



Llego a un lugar donde hay coches aparcados que pienso que pueden ser de gente que ha venido a la playa o de los propios trabajadores que dragan. Cuando estoy pasando por el camino, se cruzan dos camiones en ambos sentidos y, cuando regresa el que ha ido a descargar la mierda, le pregunto por dónde debo salir para llegar a la villa, pues veo dos caminos que van en dirección opuesta, pero no me sabe responder.
 

Me voy después de muchas dudas hasta que veo coches que circulan por la carretera aún lejana. La nota más amable de este trayecto la ofrece un campo de lino que, aunque mantiene alguna de sus florecillas azules, ya empieza a amarillear. Así llego a la ruta para vehículos y veo un letrero que indica Hammes, que pertenece a la Comunidad de Marck. Pregunto a un hombre por café, está hablando con otro a la vez que poda un seto. Me responde que a 200 metros lo encontraré.


Hammes-de-Marck. Café au Colbert.
Llego sobre las once, tras dos horas y media de camino. Como es una hora tan tardía para desayunar, decido comer un bocadillo de jamón de Bayonne que me cuesta 4,50 €. El café con leche 1,10 € me lo sacan con mucha leche y me ofrecen más. Es de los más ricos que he bebido. El bocata de jamón lleva mantequilla y, mientras lo como. Cuento a grandes rasgos mi viaje a un barman receptivo, que lo comenta a alguno de los clientes que van llegando. Cada cliente me da la mano y también los que van entrando. Eso hace que me sienta muy cómodo con ellos. Leo un periódico, en el que alertan del peligro que supone vivir. Veo que Contador sigue 3º y Aymar Zubeldia el 42º. Entre medias, unos diez españoles. Este domingo finaliza el Tour en los Campos Elíseos. Ahora están en los Alpes. De lo que me alegro, pues no me los encontraré por mi camino. Con este desayuno-comida, la tarde se me presenta tranquila, placentera. Un matrimonio, cuya mujer bebe cerveza Grimbergen, belga, me trae al recuerdo el matrimonio militar, la mujer que también me la recomendó. Pido una para probarla antes de llegar a Bélgica. Me gusta y espero que caigan unas cuantas en el país al que me acerco. Pago 2,80 € por ella. Me da la impresión de que esta tarde ya pasaré a Nord, la última provincia del litoral francés. Hablo con el matrimonio y comparo “falaises”, también hablamos de cervezas. 
 

Veo cómo preparan en la barra del bar un “picón” y me atrae, me apetece probarlo. Es una especie de vermut con sabor a vino de oporto con naranja y algo de limón que extraen de otra botella; le echan vino blanco, que rebaja los 18 grados de la picón. Me sabe rico, pero va a ser la primera y la última vez que lo beba. Pago también 2,80 €. Luego voy a cagar y para antes de la una ya he puesto el diario al día y me voy a marchar agradecido. Ha sido este un lugar en el que me he sentido muy cómodo. Ha pasado la una, la hora oficial de cierre del local, pero los tres clientes que quedan, no acaban de levantarse de la mesa. En la televisión, dicen que en el Norte va a hacer buen tiempo hasta el domingo. No me alegra suficiente, puesto que me tendré que fiar de lo que diga Metheo de Bélgica, donde creo que estaré pasado mañana. 

 Va a depender de si tengo plaza o no en el último albergue juvenil francés, el de Dunkerque. Ayer, en otro reportaje, vi cómo llovía en el mercado de Cherbourgo. Entonces habría tenido sentido abrir el paraguas de verdad. Me voy definitivamente, antes de que cierren el local, y salgo bien direccionado siguiendo hacia el Este.

Despedida de Hammer-de-Marck.
Saco foto del lugar donde he pasado más de un par de horas, e Café au Colbert después, la fachada de la iglesia, cuya torre me parece muy diferente a otras vistas en la zona.


 
Luego paso por delante de la Maison de Filandau, que no tengo ni idea de la razón por la que la destacan con ese nombre. Todas las ventanas están defendidas de la luz y es imposible ver nada de lo que pueda haber dentro. Una escalera metálica exterior permite el acceso a la gambara. Al rato, y ya cercano a la playa, a la que estoy volviendo de nuevo, me encuentro un camping.


Ahora sí estaría en condiciones de poder responder a la pregunta que me hicieron los que buscaban uno. Lo que más me agrada de este camping es que han colocado un ancla, mejor dicho, una doble ancla ante el accueil, una forma de recibir bien a las visitas y su deseo de que no sean clientes de paso, sino que queden anclados allí por una temporada. Aunque recepción está todavía en obras, sin terminar, me parece excelente toda la tejavana que han hecho rodeando el edificio. Una rica sombra para los días calurosos.

 
Pregunto a una chica si tengo salida a la playa, por si acaso el camping me ha preparado una encerrona, a un callejón sin salida. Ella me confirma que por allí voy bien a la playa. En unos minutos ya un sendero de arena me encamina hacia la playa.

Por la arena hacia las dunas. Monotonía.
Pronto me encuentro con tres chavalillos que van en la misma dirección que llevo yo y me animo a alcanzarlos. No sé si es un Hipad, o una Tablet, lo que llevan, puede ser cualquier artilugio electrónico que no controlo. Dos tienen bici y uno motocicleta, que dejan al entrar en la playa, pero pronto van a ir caminando conmigo. Al principio vamos pisando “haricots de la mer”. Les califico, puesto que no sé sus nombres, como el mayor, el pequeño y el mediano, como “En alta mar” de Slowomir Mrozek, el autor teatral polaco. El pequeño se retrasa porque ha retrocedido para recoger algo que se le había caído. Casi le alcanzo, pero él echa a correr para ir con los suyos. Por fin, llego donde los tres y les hablo de mi viaje.
 

Ya se cansan sólo con oírme de dónde vengo, pero no prestan demasiado interés en lo que les cuento, aunque me hacen algunas preguntas que respondo. Luego ellos me cuentan algo y la conversación va siendo más entretenida. Cuando ellos están llegando al lugar donde familiares y amigos les esperan, se escoran hacia las dunas y nos separamos.
 
Buen viaje, me desean. Con playa tan larga, el recuerdo de las Landas y de la Gironda es inevitable. Aquí también la duna con materia vegetal a la derecha, un mar más tranquilo a la izquierda y, al frente, el infinito. Combino arena húmeda de la orilla con arena seca, pero siempre descalzo.

La gente que está en las dunas no está desnuda, aunque pudieran estarlo sin problemas, sin que se les viera nada. Puede que no entre dentro de su cultura, pero volveríamos de nuevo no sólo al pudor, sino también a cómo acepta cada uno la realidad de su propio cuerpo. ¡Sería fantástico que todos nos aceptáramos tal y como somos! Pronto dejo de ver gente. Voy siguiendo una rodada y, como rompedor de la monotonía del paisaje, encuentro un trozo de balaustrada, que alguien ha tenido el capricho de traer hasta aquí. 
 
No creo que el mar haya sido capaz de depositarlo tan lejos de la orilla, en zona de arena seca, donde pienso que nunca subirá la marea ni en pleamar. Llego a zona con charca y donde también ha habido movimiento de arenas negras.

 


La rodada del tractor y la poca profundidad del laguito, me hacen presagiar que aún les queda mucho que horadar. Pero no podré saber la finalidad de este trabajo. Continúa la playa igual, y sin otra cosa que hacer, cualquier novedad es buena.

 

Ahora las rodadas de coches o de tractores, cambian por huellas de cascos de caballos. Iré con ellas durante un rato, mientras no se ve ninguna construcción, ni a derecha, ni al fondo, que me pueda informar del acercamiento a ninguna población.

 

Cuando empiezo a ver las primeras casas, tras las dunas bajas consolidadas, me sorprende ver cómo en la arena también crece una ligera vegetación. Es como si fuera el inicio de consolidación de otra duna que, con el paso del tiempo, irá paralela a la otra.



Paso por una zona en que han delimitado con estacas un espacio próximo a la duna, pero no sé tampoco su finalidad, quizás esos postes permitirán poner barreras de defensa para los días de mucho viento.


 

Ahora, con rodadas de coche y la duna inevitable y bella, empiezan a aparecer las barreras que van de la duna hacia el mar y que, a veces, me crean problema para atravesarlas con mi mochila. Esta barrera no es la primera ni la última en mi camino de hoy. Algunas son de troncos y otras de piedras verticales.

 
Volviendo a fijarme en la duna, en esta parte veo, además de las hierbas y vegetación propia dunar, algunos matorrales calcinados. No sé si por la sequía, o porque los hayan incendiado. La distancia entre la orilla y la duna se reduce en algunos tramos de tan larguísima playa.
 

Encuentro un ánfora o algo que me parece que pudiera serlo. Después de ver esta mañana la munición y las balas encontradas y que estaban rodeadas de una capa rojiza, pienso que ésta, que en origen sería de barro o terracota, ahora se ha cubierto de una capa también ferruginosa. Pero luego, al verla del otro lado y con un enganche en el extremo más estrecho, tengo que recular en mi apreciación e inclinarme por pensar que no es tal ánfora, sino que probablemente sea una boya arrancada al mar por algún fuerte oleaje.
 
Con las dos fotos, vosotros decidiréis, a qué carta quedaros. En otra zona, donde la distancia entre la orilla y la duna es menor, elijo una duna que no tiene camino ni acceso desde el interior, me desnudo, me voy a la orilla y me baño. Sabré pronto que estoy ya en Oye.

Oye-Plage.
Allí estaré un buen rato, disfrutando de la sensación de libertad que me proporciona el estar desnudo y refrescado por el agua del inmenso océano, aunque por aquí, con Gran Bretaña enfrente, sea más estrecho.
 

La marea sigue baja, pero el baño va a ser uno de los más placenteros de los últimos días, el mejor. Estaré allí desde poco después de las dos hasta las cinco de la tarde, casi tres horitas, pero muy bien aprovechadas. Así es cierto que mucho no voy a avanzar hoy pero, en este momento, hago lo que me pide el cuerpo. Aparece un chico por las dunas del Oeste y pasa por detrás de donde estoy yo, subiendo y bajando las dunas hacia el Este.
 
Cuando estoy dándome el segundo baño, le veo que baja de la duna a la playa. Salgo del agua y me hago el encontradizo. Le saludo, me saluda, pero él continúa su recorrido hasta desaparecer definitivamente. Hacia el Este veo llegar a dos parejas y un hombre se cambia con toalla blanca, ¿del hotel? Entre ocultando y enseñando medio culo. De regreso, será el único que mire hacia el nudista.
 
 
No sé si con envidia por mi inhibición, pero si no quiere estar desnudo, él se lo pierde. Llegan dos chicos con una chica. Todos beben de la misma botella y parece que vienen algo iluminados. La iluminada hace comentarios a los otros sobre el nudista, pero ellos no le siguen el rollo y ella, que se había separado algo de ellos, vuelve y parece que se reconcilia con sus compañeros. Pasa un pescador recogiendo cebo por la orilla.
 

Una pareja, con dos perros, pasa y repasa y yo los bandeo cuando voy al agua para no interferir en su marcha. Cuando estoy saliendo del agua en mi tercero o cuarto baño, un chico pasa corriendo por la orilla. Buena hora para el entrenamiento. Desde mi sitio en la duna y con mi mochila en primer término, y la pareja con perros en la orilla, veo en el mar dos barcos. Uno viene de Dunkerque y el otro de Calais. Fantaseo con que se van a chocar. Será un encontronazo explosivo, un espectáculo gratuito que no me puedo perder. Voy siguiendo la secuencia hasta el encuentro visual se produce, pero no pasa nada. Acaba así mi fantasiosa hipótesis que la realidad determina que era falsa. Un fallo de coordenadas. He sacado cuatro fotos y, en la última, cada barco sigue su destino, uno a Calais y el otro a Dunkerque, donde mañana llegaré. En mi ignorancia, podría ser que alguno fuera hacia Dover donde, en principio, no tengo ninguna intención de ir, y menos, cuando los ingleses decidan el Brexit, su salida de Europa.
 

Han sido cuatro baños deliciosos los de esta playa de Oye y lo único que siento es haber estado desnudo en solitario, sin nadie que me acompañara e imitara, y sin nadie con quien poder conversar. Me tumbo en la arena y saco una foto del cielo que completa mi paisaje. Nubes diáfanas ponen la nota blanca a un cielo, por lo demás, tan límpido y azulino. Son las cinco de la tarde, así que me visto y continúo mi camino. El siguiente destino será Grand-Fort-Philippe.


 

Hacia Grand-Fort-Philippe.
En principio, va a ser más de lo mismo. Al rato, llego a otra de las separaciones que yo creo que cumplen una función más que delimitación geográfica de playas, de contención de arena, para que el oleaje en la marea alta no se la lleve.
 

En esta ocasión los elementos son troncos de madera y, para pasar al otro lado, prefiero hacerlo por la parte de arena seca, ya que por la orilla, la subida de la marea ya no me deja pasar y quiero evitar dificultades con la mochila y tener que descargar y cargarla de nuevo a hombros.
 

Cuando estoy llegando al segundo delimitador, observo en la zona de la arena seca, la más próxima a la duna ascendente, que hay unas estacas verticales similares a las que he visto antes y que aquí, en mejor estado de conservación, veo más claramente la función que cumplen. Las frontales al mar, colocadas más juntas, hacen de paravientos. Si bien no lo frenan totalmente, es seguro que le obligan a soplar a menor velocidad, en beneficio de los que se quieren broncear al sol sin pasar frío. A continuación hay un bunker. Las siguientes barreras las pasaré descalzo por la orilla, pues por allí apenas las ha alcanzado el mar. Vuelvo a la arena seca. Alguien me ha hablado de que hay un fuerte o un castillo y ahora, cuando llego a una construcción de arena de playa, que se supone la han hecho niños, que se han entretenido en decorarla con lo que, de pequeños, llamábamos moco de ballena y que, en realidad, no son más que la materia no comestible de las jibias, especie de “polispán” para reciclaje, veo muy a lo lejos una construcción que me hace pensar en un gran castillo medieval. La realidad de lo que veo es muy otra. Luego dormiré en las dunas, a sus pies. Se trata de una central nuclear, si no me han informado mal. Puede que sea una central térmica. No seré yo quien asegure ni lo uno, ni lo contrario. En principio me dirijo hacia allí, pero pronto tendré que recular, al darme cuenta de que, entre medias, hay un canal que me va a obligar a meterme hacia el interior, si es que quiero pasar al otro lado. Tendré que ir primero a Gravelines, que ya está en Nord, y descender de nuevo hacia la costa a Petit-Fort-Philippe. Llego a ver de lejos un espigón y no lo veo nada claro.
 
Como no me conviene seguir por la playa, para tener que retroceder después por el espigón, me voy hacia las dunas, por donde veo que sale gente de la playa. Hago de Vicente, siguiendo el dicho: “¿Dónde va Vicente?, Donde va la gente.” Pero esta gente va por sus coches y yo acabo metiéndome en la marisma, con pequeños lagos, de donde voy saliendo como puedo. En realidad, ha sido un acierto, porque los caminos están bien delimitados y hay pequeños puentes y rejas metálicas en voladizo que permiten pasar por encima de pequeños ríos. Un niño salta sobre la reja para poner de los nervios a su madre. Me encuentro con familia joven con niños. Uno de ellos me tiende la mano y yo se la estrecho. El otro niño me hace preguntas. Les sorprende verme con mochilas viniendo de la playa. ¡Qué ricos! El padre se muestra menos rico que la madre, y me enrollo con ella, dándole pinceladas de mis dos viajes, el del pasado verano y el de este. Les digo que hoy es mi día nº 100 de mi paseo por las costas francesas del Atlántico. Ellos están en el camping y me despido de la familia al llegar a la bifurcación de caminos. Esta madre es la que me ha aclarado que lo que estoy viendo al fondo es la Central Nuclear.

El castillo medieval, lo que yo creía castillo, está cada vez más cerca pero, en la medida en que me voy acercando a las primeras casas de Grand-Fort-Philippe, cada vez estaré más lejos de allí. Al verlo por primera vez, me han recordado a los depósitos de combustible de algunas refinerías próximas a puertos, o depósitos de gas, como en la entrada, de infausto recuerdo, a Castelló. Como me he creído lo que me han contado del palacio, o del castillo, hasta me parece que veo las baterías, las torres y las almenas. Veo a otra gente que camina entre la marisma, pero será que hay caminos señalados procedentes de otro lugar, o es gente que conoce muy bien el terreno. Yo no me aventuro a salirme de la ruta marcada y que ya me ha sacado de la marisma. Es así como llego a las primeras casas de Grand-Fort.


Grand-Fort-Philippe.
Las casas son de dos plantas y una gran explanada alberga a los coches de la vecindad y a los que han venido a disfrutar de este hermoso día de playa. Voy acercándome al pueblo y fotografío el ayuntamiento. Es un edificio construido de obra y ladrillo visto y en la balconada, ondea en su mástil, únicamente, la tricolor. Como apenas hay viento, ondea muy poco. Quizás el trapo resulte algo pesado.
 

Llegar a la iglesia, no me cuesta mucho, pero lograr ver la torre campanario me va a resultar mucho más trabajoso. Fotografío la fachada principal cuyos arcos, tanto el de la puerta como el de las vidrieras, apuntan al gótico, y como el lugar no me permite alejamiento, lo que hace que la fachada salga incompleta en la foto, me voy a buscar alguna visión de la torre. Rodeo toda la manzana, puesto que las casas también se entremeten como acogidas por la santa madre iglesia y donde los moradores, feligreses se supone, reciben bien su acogimiento.
 


Al menos los muros eclesiales protegen los de sus casas. El conjunto parece una fortaleza. Después de varias vueltas, me meto en un patio de casa privada y allí consigo la foto que busco. El reloj marca las seis y veinte, lo que me hace pensar que el reloj de mi cámara está algo adelantado. Un bonito árbol me tapa parte de la factura del edificio, pero la torre se ve completa.






Un olor dulzón hace que me fije en su procedencia. Así veo un aligustre florido que acabo fotografiando. Me agrada mucho más el aroma de la madreselva, casi igual de dulzón pero más alimonado.
 


Lo peor de estas flores es que, si haces un ramillete y aunque lo metas rápidamente en el agua, sus cálices duran muy poco sin caer. De momento, el aroma me trae recuerdos. Dos chicos, que están en la terraza de un Tabac, me dicen que para pasar al otro lado del canal, que es alimentado por otros canales, debo llegar a Gravelines. “¿Para ir allí?”, pregunto. “Todo recto”, es su respuesta.


 

De Grand-Fort-Philippe a Gravelines.
Obedezco la orden y me voy por carretera sin arcén pero con posibilidad de ir por camino de hierba recortada y con arbolado aledaño.








Pronto aterrizo en un sembrado de trigo, que es el que me obliga a hacer más recorrido. En realidad, la carretera por la que voy es un dique entre terrenos sembrados. Estas fotos de trigales, van a ser las últimas que saco desde Pas-de-Calais y, en cuanto acaba el dique, ya estoy en la última provincia.



N O R D





Gravelines.
Esta ciudad ya está al otro lado de la muga provincial o departamental y va estar inundada de aguas de diferentes canales que exigieron la intervención de un experto, mi casi amigo (?) Vauban. No sé quién es Jean Bart, pero tiene que ser un artista. Tiene restaurante-bar, una boutique, y aún le da tiempo para construir barcos. Quizás lo de los barcos sea una incorrecta apreciación mía.

 
Es de las primeras cosas que veo tras entrar en Nord y en Gravelines, hacia las siete de la tarde. Enseguida llego al “port de plaisance”, o puerto deportivo. Numerosos barcos amarrados en sus pantalanes. Me gustaría pasarlo deprisa para buscar oficina de Turismo, y ver si tienen un plano más detallado de la costa de Nord. También deseo otro de Dunkerque, para que cuando llega, pueda ir directo al albergue juvenil.

 
Llego a una plaza, y dos chicas me dicen dónde está la oficina de Información. Pero, cuando llego, son las 19:05 y lo han cerrado a las seis de la tarde. Paso un puente con campanillas de diversa intensidad de azules.





Hay un bonito yate amarrado debajo. Llego a otro canal con la impronta Vauban y después un gran cartel me confirmará la autoría y diseño del constructor de fortalezas militares y civiles.
 
Empiezo a mirar restaurantes para cenar. Hoy no me puedo quedar sin cena, pues sólo he comido un bocadillo y, era además parte del desayuno. Me acerco a donde estaban las chicas que me han informado, pero ya no recuerdo en qué bar era. En el Tabac no dan cenas y en otro que ofrece “hors d’ouvre”, entremeses, y que me parece forma parte del hotel, por la noche no entra la bebida que a mediodía incluía y, además no abren hasta las 19:30. Algo tarde para querer llegar luego a dormir a la costa. Saco foto del Ayuntamiento.
 

Se trata de un edificio antiguo pero restaurado en su fachada y, muy probablemente, en su interior, que como se les quedaba pequeño, lo han ampliado rompiendo totalmente con el estilo. El nuevo edificio es acristalado, supongo que muy luminoso por dentro, y forma un conjunto armónico con el antiguo. Habrá que saber lo que opinan los que trabajan dentro de él y cuáles son las condiciones laborales. Yo sólo puedo opinar de la estética exterior y es una opinión muy particular. En el edificio viejo se lee Mairie y en el nuevo, Hôtel de Ville. Como no sabré nunca cuál es la diferencia en estas dos formas de nombrar el Palacio Municipal, lo que hago es registrarlo. La tricolor también ondea sin acompañamiento de la bandera europea, ni de la local, ni de la provincial. Esta forma de combinar antiguo y moderno, podría servir de ejemplo a Irun, para cuando amplíen el ayuntamiento. También saco foto de la plaza, con la Torre del Reloj y el restaurante donde cenaré un poco más tarde, Le Queen Mary. La Mairie está a la izquierda. El cielo, con sus nubes diáfanas, sigue estando precioso.

Cena en Le Queen Mary.
Pero hoy no estará la reina cenando conmigo. Lo que menos me atrae es el nombre y, para colmo, el dueño que hace de camarero, de barman y de todo, me habla en inglés. En vista de ello, le respondo en castellano: “quiero cenar” y la chica y cocinera se ríe a gusto. Como una ensalada que, por el nombre, me había parecido que pudiera llevar cerezas, pero lo que me sacan es como si fueran trozos de pato caliente. No es la primera vez que lo como. Luego me sacan la bavette “bleu” con vainas redondas verdes, que es lo primero que como y luego acompaño al filete con las échalotes. Lo peor es que la carne se enfría enseguida. Bebo dos cervezas Affligem que, según me dicen, también son belgas. ¿Influirá la proximidad geográfica? Aunque el jefe me diga que esta rubia es mejor que la Grimbergen, que ya he probado esta mañana, yo opino al revés que él. La Affligem me ha gustado menos y me han cobrado más: 2,80 contra 3,30 €. Quizás la diferencia sea por tomarla en un bar o en un restaurante. Pago con Visa 24,60 €. Me quedo escribiendo hasta las nueve y me voy.

Saliendo de Gravelines hacia la playa.
Aunque es hora temprana, voy a intentar llamar a mi hermana Lucía. Pensaba hacerlo esta mañana, pero con el lío de la salida de Calais, finalmente se me ha olvidado. Salgo hacia la playa, pero primero paso por el Arsenal, que es donde veo que intervino Vauban en la construcción.



No voy a entrar para verlo. Después paso por una casa rosada donde está la Maison de las asociaciones. En Irún había un proyecto de hacer una Casa de Cultura, donde se iban a ubicar algunas de las asociaciones, pero la construcción se alarga. Por fin estará en marcha para finales del 2016. Luego sigo pasando por más canales bien canalizados. Una familia de cuatro patos nada palmípedamente. Llego a un mirador de confluencia donde se refleja el sol previo al ocaso.

 

Una de las ensenadas se denomina: Anse d’Españols pero, ni hoy, ni mañana, sabré a qué se refiere. También Vauban había construido otro fuerte en la Pointe des Españols, frente a Brest. Y finalmente, saco foto el canal que separa Grand-Fort-Philipp de Gravelines. En un entrante, dentro del gran canal, leo Port des Islandeses, pero tampoco nadie me sabe decir nada de la razón, del por qué.

 



 



Petit-Fort-Philippe.
Siguiendo un camino cómodo, paralelo al canal, me voy acercando al último pueblo de la jornada.

 

En las primeras casas que miran al canal, los postes con incisiones en rojo y blanco me hacen recordar la forma de señalar los GR, pero aquí no tienen el mismo significado. Hago una parada para comprar seis “chichis”, que es como llaman aquí a los churros. Los debo pagar antes de que los hagan, 2€.
 
Un grupo de chicas han pedido 9, así que hace los justos: 5 x 3 = 15. Leo Beignet Fourré, Croustillons… Casi toda la gente pide “croustillons”, crujientes, son los más demandados, y consisten en unas bolas que se fríen en otro lugar y se acaban de dorar en la freidora más próxima. Luego, en la otra freidora, ponen nuevas bolas a freír, y las hacen con un aparato similar al de poner en los cucuruchos las bolas de los helados.

 

La gente se agolpa, pero nadie hace cola. Parece que la señora controla el orden. Cuando le digo que nosotros les llamamos churros, ella dice que ya lo sabe. Primero sirve a las chicas y luego me da a mí los seis. El sol, en su ocaso, se esconde tras Grand-Fort-Philipp. Fotografío hacia la bocana y, más cerca hay un pequeño puerto con barcos deportivos amarrados en un único pantalán.
 


Voy comiendo los churros y fotografiando. Al pasar por una de las calles, veo la iglesia al fondo. Pienso acercarme luego, pero lo olvido. Algunos pescadores de caña, pescan en el canal. Bueno, lo de pescar es un decir, al menos gastan cebo.




Así es como voy llegando hasta el faro y a la playa. Me acerco a la playa y llego al final del paseo, pero no encuentro ninguna cabina telefónica, así que me quedaré sin llamar a mi hermana. Habría podido recular a la plaza de la iglesia, pero no lo hago. El celaje sigue estando precioso. Dejo los churros que me quedan en la jardinera de una palmera, para poder sacar foto de la bocana, ahora que el sol ya no me lo impide. Las playas están a cada lado del canal. Un grupo de tres personas camina por el dique. Abandono la ría que delimita los dos Fort-Philippe, el grande en Pas-de-Calais y el pequeño en Nord, un canal que viene de Gravelines y de más lejos.

 













Buscando dormitorio en la duna.
Paseo por el paseo marítimo y llego a las casetas de playa, donde cenan algunas familias.
 
Hay dos policías de seguridad y les saludo. En la playa juegan al futbol chicos y chicas y empiezo a caminar hacia la central nuclear. Voy sin miedo, sin temor a morir contaminado. El celaje, ahora más tupido, no amenaza lluvia. Cuando me vuelvo para ver cuánto me he alejado del pueblo, veo la luna que ya ha salido y me alumbrará esta noche. Aparece la central nuclear tras las dunas y me iré acercando bastante, sin llegar a la misma altura en que están ellas.
 

Las dunas parecen buenas y protectoras. Pasadas las diez de la noche, ya empiezan a encender las primeras luces en la central. Para las diez y cuarto ya he elegido el lugar de reposo, y saco tres fotos. Una del borde de la playa lejano, cerca de la orilla, con el horizonte, más alejado aún. Y otras dos de la duna en la que finalmente me quedo a dormir.


Creo que en esta vaguada la luna me protegerá del viento, si se levanta. Unas personas se asoman a la playa por entre las dunas más bajas, pero no siguen adelante. También la duna me quita la visión de la central nuclear. Es como un gran embudo con pasillo curvo. Aliso un poco la arena para hacer una superficie horizontal y, después, monto mi cama.

 

Encima hay una gran pluma cervantina que invita a escribir. Pero ya he guardado la mochilita en la mochila, con la cámara dentro, y no me apetece volverla a sacar. Como ya he sacado antes a la luna, esta pluma con la luna a la par se quedará sólo para mi retina. Realmente es un bello paisaje celeste.
 
La luna se va deslizando hacia las altas plantas de la duna y en poco tiempo desaparece de mi vista. Cuando ya he descansado un rato y me despabilo, ya ha anochecido y, justo encima de mí, veo la Osa Mayor velando mis sueños. El carro se va deslizando a lo largo de la noche y la última estrella casi roza la floresta del otro lado. Se presenta una noche tranquila. Pero oigo un motor y temo que alguna moto, de dos o de cuatro ruedas, aparezca por mi dormitorio. Mas no ocurrirá tal despropósito.

 
Ni siquiera oigo el murmullo del mar, pues estoy alejado de la orilla. Durante la noche, me levanto dos veces a orinar. No sé si habrá sido por los churros, pero tengo ganas de eructar y eructo. Alguno me sale acompañado de algún pedo. Probablemente estuviera gasificada la masa. A medida que transcurre la noche, todo mi cuerpo se va regulando. Esta es una noche en que adquiero la conciencia de haber dormido más tiempo y profundamente.




¡Ya soy un veterano durmiendo en playas! Y si la playa es propicia… Sin embargo al amanecer veo que ha hecho relente, puesto que el plástico de mi mochila ha aparecido empapado.

Balance de mi salida 
de Pas-de-Calais y llegada a Nord.
No ha estado nada mal este día 100 por la costa francesa. El paso por el campo de refugiados de Calais ha sido duro y he podido constatar otro aspecto de la miseria humana: La falta de trabajo, la desigualdad, la imposibilidad de que los europeos podamos circular en libertad por Europa… Suciedad y degradación con personas que no tienen ni presente ni futuro y que en su desespero podrían reaccionar de forma violenta. He salido con ganas de allí. Luego las bombas y, aunque mi desayuno ha sido tardío, el bocadillo casi ha sido comida, he sido muy bien acogido en el Colbert de Hammes. A primera hora de la tarde, el rico baño y la libertad de estar desnudo ha compensado la zozobra matinal. Debo disfrutar y protegerme cuando la realidad me supera y me siento impotente para resolver los problemas del mundo. Del resto del día nada más que destacar. Mucha playa y buen camino y demasiada vuelta hacia el interior para llegar de nuevo a la costa. Tras la cena y los churros, un buen final del día bajo las estrellas, la luna, las nubes plumíferas y la Osa Mayor.