viernes, 22 de abril de 2016

Viaje a Saint-Brieuc


Último día de viaje antes de empezar a caminar. 13 de junio de 2013.
En coche: Plougrescant-Plouguiel-Tréguier-Minihi Tréguier-Guingamp.
En tren: Guingamp-Saint Brieuc.
A pie: desde la estación de Saint Brieuc hasta el albergue juvenil de Les Villages.

Hoy tampoco cuenta como día de marcha, puesto que sólo caminaré de la Gare de Saint-Brieuc, hasta l’auberge de jeneusse que está en el barrio de Les Villages.


Último amanecer en Plougrescant.
A las seis me despierto y bajo a orinar, pero subo de nuevo y no me levanto hasta las siete. Hoy parece que no tiene intención de salir el sol y hace mucho viento. Me levanto, cago, me afeito y ducho. Consigo regular bien la temperatura y acabo con agua fría. Aireo la cama, abro una ventana y bajo para ojear una revista de arte, una de las tantas que tiene Annick. Trata de Monet, el impresionismo alemán y Arte Dogon. Ayer vi Munch y Arte provocador. Para las ocho ya estamos desayunando. Bien de leche con achicoria soluble Ricoré, pan, mantequilla, mermelada y croissant. Enseño a Annick lo que llevo de equipaje dentro de la mochila. Me dice que la capa la ponga arriba del todo, para que la tenga más a mano en caso de necesitarla pero, al volver a meter todo de nuevo dentro, se queda de nuevo abajo, en el fondo. Lo tendré en cuenta. Ella sale con su coche y yo cierro la puerta baja de la entrada. Pasamos por el centro de Plougrescant y, sin bajar para nada, seguimos hacia Plouguiel.


Plouguiel. Visita a Tabac.
Aparca frente a la iglesia y nos metemos en el Tabac. En la barra está el mismo del año pasado, el que me dijo que todos los deportistas españoles se drogan. Les habíamos eliminado en la Eurocopa en futbol, pero lo mismo decía de Nadal, Pau Gasol y Contador. No me fijo si continúa en el techo la bandera española. Como cuando llegamos está dando la mano a otros, yo también se la estrecho, como cualquier cliente habitual. Me he puesto a la cola y le digo: “¿Este año también se ha chutado Nadal?” y hago un gesto como que me pincho en vena del otro brazo. Él me vuelve a repetir el mismo discurso que el del año anterior. Pero esta vez no le acude a su mente el nombre de Pau Gasol y se lo tengo que chivar. Todavía recuerda la mesa en que escribía mi diario y parece que le ha hecho gracia mi aparición. Annick colabora como intermediaria. Como al barman le reclaman en la cocina, nos despedimos de él pesarosos. Parece que a él también le habría gustado seguir dándome cuerda. Pero el deber le obliga.



Tréguier. El Calvario de la Reparación.
Seguimos en coche hacia Tréguier. Primero paramos en Le Calvaire de Reparation. Fue construido en 1903 e inaugurado en 1904, y como desagravio de los católicos por el monumento y la consideración que se le había tributado al filósofo Ernest Renan. Este calvario se puede considerar un monumento a la intransigencia de los poseedores de la verdad absoluta. Su verdad es la única. Qué ignominia haber puesto una escultura de Renan en la plaza, junto a la catedral. “Estos cristianos…”, comenta Annick. Saco foto del calvario y de la leyenda que lo explica, en francés y en inglés. Como ya estuve dos veces en Tréguier la otra vez, nos abstenemos de volver a entrar en la ciudad y nos dirigimos hacia Minihy-Tréguier.




Minihy-Tréguier. Saint Yves.
Fue en la ciudad antigua donde nació Saint Yves. Visitamos la iglesia y su órgano, pero no vamos a ver la casa donde nació. En el cementerio que circunda la iglesia es tradición pasar por la piedra. Una gran piedra labrada en forma de altar, dispone en la parte alta de un agujero y, para seguir la ley y la costumbre, yo también hago malabarismos para introducirme por el hueco. Es Annick quien me saca dos fotos para el recuerdo. No sé cual es el sistema más eficaz para pasar por el aro, ni los beneficios que voy a obtener con este acto tan tradicional. En tiempos, la institución Iglesia y el Estado confesional, que habían impregnado nuestra cultura de tantas falsedades, nos hicieron pasar por el aro e imponer su visión del mundo.
 




Ahora, en estos tiempos en los que ya estoy liberado de tanta mentira, paso por el interior de este altar porque me da la real gana. Lo hago divirtiéndome y haciendo alarde de la potencia de mis brazos que, apoyándose en las palmas de mis manos, sostienen el peso de todo mi cuerpo.

















Entramos en la iglesia. Dentro de la iglesia, destacan las bonitas vidrieras. Saco la que está tras del altar mayor y luego lo que puedo de la que está junto al órgano. Sobre el sencillo ara del sacrificio hay un simple mantel con puntillas en su perímetro y un simple cestillo floral.
 

No estamos aquí mucho tiempo y nos vamos acercando a Guingamp, donde tenemos encargada la mesa para la comida. Como vamos con tiempo, Annick menciona algo que a mí me suena a “déchetterie”, planta de reciclaje, pero no tengo seguridad de que sea eso lo que ella busca.

Guingamp. Segunda visita.
Annick busca una zona de no pago para aparcar. Encontramos aparcamiento frente al ayuntamiento. Saco una foto. 
 
El edificio es noble, pero la puerta de entrada tiene todo el aspecto de ser una portada de iglesia. Algo que corrobora lo que digo son las tres hornacinas santificadas que se pueden apreciar a los lados de la puerta y en la cúspide. Parecen tres imágenes femeninas, pero no lo puedo asegurar. Por su aspecto, no son ni la justicia, ni la equidad, ni la igualdad, ni la fraternidad, figuras que no sé cómo habría que representar.
 

Tras sacar una foto a la Mairie, nos acercamos a la catedral, pasando por las murallas del castillo, que anteayer vimos de lejos.









La catedral es voluminosa y el campanario muy alto. La entrada principal es doble, con una columnilla que separa una puerta de la otra. Por alguna razón me trae al recuerdo el Pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago de Compostela. Ésta también está muy decorada en los diversos arcos.
 

Hay un pequeño retablo policromado que, siendo muy distinto, me recuerda al flamenco de la iglesia parroquial de Errenteria. No tengo ni idea de si éste es flamenco o no, ni si sus figurillas están engarzadas o son desmontables. Tiro dos fotos para ver si alguna me sale presentable. Mi cámara no es muy buena para las fotos de interior. Una la he sacado en normal y la segunda en especial. Ya veremos el resultado.


Después nos acercamos al altar mayor y fotografío las vidrieras. Queda una foto oscura, que ya no puedo o no sé remediar.

Ya en la calle y camino del restaurante en que tenemos hecha la reserva, pasamos por un gran portón sobre cuyas columnillas decorativas, pues no cumplen una función de sostén de nada pesado que lo justifique.
Quizás el peso que soportan sea más espiritual, más simbólico que real. Se trata de dos grandes conchas, símbolo del camino Xacobeo de Bretaña, que pasa por Guingamp en dirección a Santiago de Compostela. No sé si es este portalón u otro próximo, el que corresponde a la vivienda de los amigos de Annick que conocí el verano pasado, con los que comí y fui a Tréguier.


No sé cómo las llaman aquí, pero en mi tierra se denomina vieira a estas conchas, aunque creo que en la realidad nunca alcanzarán tan desorbitado tamaño. Estas vieiras han sido esculpidas en lo alto para epatar. Quizás sea un buen reclamo, una forma de animar a caminantes de los Amigos bretones del Camino de Santiago.


Restaurante L’O.
Llegamos al restaurante cuando están sonando las campanadas de las doce en el reloj de la catedral. Nos dan la posibilidad de comer en la planta o en la entreplanta, y optamos por la de arriba, pues nos permite mejores vistas sobre el Trieux y el puente peatonal de madera. Hoy no están los patitos con mamá pata.



Saco foto desde el gran ventanal. Comemos sopa de melón, que es como un gazpacho, pero más dulce. También una salchicha con vegetales. Nos ofrecían lentejas, pero comimos ayer en ensalada en Saint Gildas y, las que quedaron, las cenaré esta noche. Con el café gourmande, que el mío es descafeinado, acompañan: pequeñas proporciones de crema catalana, isla flotante y browning. Hemos regado la comida con una garrafa de tinto de 50 centilitros.
 





Pago 46 € con Visa y no dejo propina. Pasamos por los retretes y, al salir, la camarera nos saca fotos de recuerdo del lugar. Nos saca dos, pero están a contraluz y nuestra felicidad es menos manifiesta. Retornamos hacia la plaza de la ciudad y pasamos por la guardería de Florence. Llegamos al coche. Vamos con tiempo suficiente para mi tren.

 


Despedida en la Gare de Saint-Brieuc.
Montamos y aparcamos en la frontal de la estación. Llegamos 8 minutos antes de la salida de mi tren para Saint-Brieuc. En el panel no vemos el andén por el que va a entrar mi tren, así que preguntamos. Nos dicen que hoy es día de huelga y el Jefe de servicio, me pone un sello en mi billete que me autoriza a ir en el TGV de las 14:41 horas. Así que iré en primera clase por el mismo precio. Agradezco a Annick por todo, y por el buen inicio de viaje que me ha propiciado, y nos despedimos con cuatro besos, que acabarán siendo ocho. Ella se queda en el andén para decirme adiós con la mano hasta que el tren arranca y desaparece.

TGV de Guingamp a Saint-Brieuc.
El billete ya lo llevaba comprado desde Hendaya. Me siento frente a una mujer que parece tener problemas auditivos, pero consigo hacerle entender mi discurso sobre la bondad de la gente. Algunos viajeros parece que ponen atención en lo que hablamos. Una mujer del otro lado del pasillo, asiente.
 

Y otra del siguiente grupo de asientos, me sonríe cuando me dispongo a bajar. Sólo ha sido una estación, puesto que la primera parada ya es mi destino. Viaje corto que me ha permitido lo que me podía dar de sí. Desde la plataforma y con la puerta cerrada, saco una foto del pasillo del TGV.

Saint-Brieuc, de nuevo.
Al tener la casa tan especial y en un sitio tan estratégico, pensé que había trabajado en alguna inmobiliaria y que había tenido la oportunidad de adquirirla. Ahora ya sé que Annick trabajó en esta ciudad como ginecóloga. Tiene muchos conocidos en la ciudad.









Camino hacia el albergue y me vuelvo para sacar foto de la estación, aunque el pasado año ya lo había hecho, pero desde otro ángulo. Voy andando por lugares conocidos y paso por el edificio singular, en forma de barco, de Recaudación Tributaria. Me equivoco y acabo en el Giant. Unos jardineros me orientan hasta que llego al indicador de Auberge de Jeneusse. Ahora ya estoy en el camino del último día, después de haber hecho la compra para la cena con Sabina, Felipe y Violeta.
Auberge de Jeneusse.
Cuando llego veo muchos coches aparcados y mucha gente dentro. Creo que no tendré problemas porque ya escribí a Gwendoline la fecha en que venía, pero hasta que no esté instalado, no las tengo todas conmigo. Me entero que la gente está porque ha venido a una reunión. Una pareja que viene con intención de pernoctar, espera leyendo. La chica de recepción me dice que ya no está trabajando allí Gwendoline, pero que ya tengo reservada la habitación. Me quedo más tranquilo, pero debo esperar hasta las cinco, hora en que vendrá Cloe. Mientras espero, hablo con Sara. Todo va bien. Ha tenido suerte y se ha librado de estar en el Consejo del Centro escolar. Julen, mañana acaba el deporte escolar y estuvo con Vera en el Principal, donde asistieron a una función de bersolarismo. Julen cantó algunos versos y dice que estuvo bien. Acabada la llamada, me pongo a hablar con el matrimonio. Son de la zona de los Alpes. Han llegado de Dinard por el mismo camino que yo empezaré mañana. Han caminado durante una semana y hoy lo dan por terminado. Tienen intención de continuarlo el próximo año hasta Perros-Guirec. No sé dónde he perdido el plástico que me iba a servir para salvaguardar los mapas. Hablamos de mi viaje y le cuento la caminata por las islas, que ha servido de preparación para este verano. También, y de forma crítica hacia los bretones, lo de la primera comunión de los caballos y lo del Calvario de la Reparation de los católicos contra el monumento a Renan. Dan muestras de ser poco o nada católicos. A las cinco, llega puntual Cloe. Primero entrega la llave a la pareja y luego me la da a mí. Esta vez me asigna la número 5, que está abajo, cuyo servicio ya había usado, depositando una gran cagada. La habitación es para tres. Cojo la cama solitaria y dejo la baja con litera para los que vengan atrás. Ni me molesto en cerrar la persiana. Me dicen que el desayuno es entre las 7:15 horas y las ocho. Un joven llega, besa a Cloe y se dedica a labores de jardinería, quitando hierbajos que han crecido en el pavimento. Otro, dentro de una zona para comer los empleados. 
 
El matrimonio me recomienda que salga de Saint-Brieuc por donde llegué el año pasado, bajar hasta el puerto de Légué, pero sin cruzar el puente que pasa a Plérin, y seguir por la costa de la bahía de Saint-Brieuc hacia el nordeste. Me da un programa de mareas, donde localizo alguna playa de las que tengo apuntadas. Por ejemplo la de Nantois, que está después de pasar Pléneuf-Val-André, pero temo que mañana no me dará tiempo de llegar hasta allí, puesto que está a más de 40 kilómetros.
 
No llegaré por tres o cuatro. Les comento que caminar siete días a mí me sabría a nada, que necesito una semana o diez días para perder al urbanita que llevo dentro y poder sentirme en el camino. Me responden que tienen ocho nietos y que los echan en falta. En ningún momento me dicen que los hijos necesitan que les ayuden. “Les echamos en falta” parece una necesidad más de ellos que de los niños o de sus padres. Saco la sensación de que yo soy un mal abuelo. A mí este camino me aporta energías para el resto del año y, sin por eso quererlos menos, ya veré al regreso a nietos, hijas y yernos.
 
Salgo del albergue para hacer unas fotos antes de que oscurezca. Saco dos. Una de la entrada, con el portón abierto, y otra de la panera, el horno para hacer el pan, la que dibujé el pasado año pero desde otra posición. Ahora, vista en primer término, parece más grande de lo que en realidad es. Escribo las siete postales. Luego el diario y, a las ocho voy a la cocina.

Cena frugal.
En la cocina no hay nadie. Tampoco en las mesas de la terraza. Bajo una silla que está con el culo sobre la mesa y ceno, entre rayos de sol, las lentejas que me ha preparado Annick, con tomate, huevo duro, aceite y vinagre balsámico, que les he echado esta mañana. Se me ha escapado algo del líquido a la bolsa, que recupero lo que puedo y el plástico lo tiro a la basura, a la “pubella”. Lo como acompañado del trozo de pan que ha sobrado de la comida. De postre, tres dátiles y unas 25 pipas de calabaza. Friego, seco lo usado y husmeo en el frigorífico. Menos mal que no está lo que olvidé el verano pasado. Sólo hay líquidos y unos cubitos. En uno pone aceitunas y en el otro ni me acuerdo. Parecen bombones, pero puede ser un concentrado de algo para dar sabor a las comidas. Cuando estoy tirando los restos a la basura, una especie de horno, con rejillas a propósito como para asar pollos, se pone solo en funcionamiento. Aviso al chico que antes ha besado a Cloe y quitaba hierbas del empedrado. Viene conmigo a la cocina y me dice que es normal, ya que al llegar a una temperatura, automáticamente se pone en marcha para refrigerar. Después se para él solo. Lo hace al llegar al 00. Son aparatos inteligentes. Me río de la inteligencia de los aparatos.

A dormir que mañana empieza la prueba de resistencia.
Cuando voy hacia la habitación, veo a Cloe. Le digo que la luz del WC no funciona y me dice que mientras la arreglan puedo ir a otro retrete que ella me indica, también en la planta baja. Bien, pues está más cerca de mi habitación. Llamo a Annick y hablo marcando el 0 y luego el número fijo. El viaje ha ido bien, a ella también. Gracias por todo y también por las lentejas que ya he cenado. Escribo hasta las nueve y me acuesto. He encontrado un plástico para proteger mi mapa y que se estropee menos. Para las 21:15 horas ya estoy desnudo y en la cama. Sobre la sábana pongo una manta ligera y da suficiente calor. Durante la noche, me levanto dos veces para orinar. No salgo de la habitación, dejo correr el grifo y lo hago en el lavabo. El pis va con el agua por el desagüe. La segunda vez ha sido a las 2:15 horas. 


Tenía código de puerta diferente al del año pasado, pero que tampoco he utilizado. Lo mismo ha ocurrido con el código para entrar en la cocina. Presento los códigos, aunque no puedo discernir ahora, después de tanto tiempo, cuál fue el del pasado año y cuál el de este. Como son cambiantes, no hay ningún problema. Nadie podrá entrar con ellos a dís de hoy. Mañana empezará la etapa primera de este verano. Finalizaré la costa francesa atlántica, primero Côtes d’Armor que el pasado año se quedó a medias, después Ille et Vilaine, luego vendrá Normandía, con sus tres provincias costeras: Manche, Calvados y Seine Maritime, a continuación la Côte Picarde de la Somme, finalizando con las costas de Pas de Calais y Nord. Cuando termine la costa francesa, me costará pocos días superar la costa belga, que no tendrá más de sesenta kilómetros. Tardaré algo más, por visitar Brujas. Una traducción que nada tiene que ver con el significado original de la ciudad. De Holanda recorreré toda la costa hasta Frisland. En Harlingen iniciaré el regreso en tren a Rotterdam.




FRANCIA II - BÉLGICA- HOLANDA

Cotes d’Armor (2ª parte)




Con este mapa, que utilicé en las últimas etapas del pasado verano, inicio el primer tramo de cuatro etapas de éste.

Etapa de Preparación


Etapa de Preparación 12 de junio de 2013.
Plougrescant-Bugueles-Île Balanec-Île Illiec-Île Milieu-Île Saint Gildas-Plougrescant.


Amanecer en Plougrescant.
Me levanto a las seis y bajo a orinar. Vuelvo a subir las escaleras y no me levanto hasta las siete. Saco unas fotos desde los ventanales achaflanados hacia la costa. Se ven rocas y mar. En la segunda se aprecia un trocito del espacio ajardinado de la casa. También saco foto de la otra ventana que da hacia el interior y que ofrece la vivienda de los vecinos más próximos. En todas las casas hay rocas naturales aledañas, así que la Maison des Rochers, la más característica por el lugar estratégico que ocupa, no es la única que goza del privilegio de ser la casa de las rocas. Todas tienen rocas próximas. 

Saco también foto de la amplia y mullida cama con el vistoso cabezal que da alegría a la habitación, gracias a un papel colorista bien elegido. La última la saco con los pies puestos en los escalones, donde se puede ver mi equipaje y el pastillero LMXJVSD. “X” es “mercredi”, miércoles. Aunque sólo tomo una pastilla al día, por la mañana, me sirve para tener la certeza de si me la he tomado o no. Bajo a escribir. Cuando estoy escribiendo el diario, salgo a la terraza y me acerco a la puerta de entrada para fotografiar La Casa de las Rocas, no vaya a ser que me quede sin fotografiarla, pues desde la habitación no lograba verla.
  

Por el Este parece que el sol quiere empezar a despuntar. Sin salir del recinto de la casa, saco foto de la misma. El pabellón más pequeño, el que está al fondo a la izquierda, es el que alberga el cuarto de los invitados, el lugar donde he dormido plácidamente esta noche.

Desayuno y preparativos para la marcha.
Hacemos un buen desayuno. El mío con mucha leche, sin restricciones, pan tostado, croissant, mermelada de manzana y otra de jengibre y calabaza. Ayer ya comimos calabazas peladas. Llevamos la comida que ha preparado Annick en Tuperwares y nos dirigimos hacia las islas que, en la marea baja, han dejado de serlo. Ella lo tiene todo bien calculado.
 
Me pregunta si nos acercamos en coche hasta Bugueles y, aunque ella es la que debe decidirlo, opino que es mejor que vayamos andando desde casa. Es así como lo hacemos.















 





Annick me saca una foto cuando arrancamos a las diez, con su casa al fondo. Allí estará esperándonos a la vuelta. Llevo el jersey a rayas, pues todavía no hace calor. Vamos por terreno que ya conozco, con la única novedad de que lo estoy recorriendo al revés que cuando llegué el pasado verano. Reconozco la playa en que me bañé desnudo, aunque de mala manera. Hoy sería peor, pues la marea está más baja aún.
 


Saco foto de la roca que llaman de Los Enamorados, o de Los Amantes. No creo que haya mucha diferencia entre los dos conceptos que implican cierto grado de enajenación mental. También pasamos por las que llaman rocas del Pequeño y del Gran Napoleón y que ya fotografié en 2012, aunque sin saber su nombre. Como Napoleón no es uno de mis personajes históricos favoritos, no las vuelvo a plasmar en mi cámara.

 

Todo lo siguiente me resulta desconocido, hasta que llego al lugar en que encontré a los chavalillos y les pregunté por un sitio para desayunar. También en el puerto en que encontré a un abuelo transportando una barca en un carro para sacar a sus dos nietos a navegar por el mar. También el camino que va por zona inundable, un poco antes de llegar al pequeño puerto natural. Cuando nos encontramos con algún conocido, Annick se para con ellos para hablar. Una pareja de mayores. Él lleva un palo con puntero. Otro que está trabajando en su huerta. Pasamos por la casa que en marea alta queda aislada y en donde ya me entretuve fotografiándola a la venida. Ahora, en el camino, una brigada de jardineros municipales se encarga de tener expedito de hierbas el camino. 
 
Los caminantes agradecemos este trabajo, sobre todo cuando lo invaden ortigas y matorral. En la costa de “ajoncs”, al menos en el camino, tengo suerte de no toparme con las temidas aulagas, como me ocurrió en el lado gaditano del estrecho de Gibraltar. 

En Internet obtengo ahora esta foto vía satélite que indica vien a la vista las islas por las que vamos caminando Annick y yo aprovechando la marea baja. Me parece suficientemente ilustrativa. 

Llegamos a la isla de Balanec. Entramos por zona que ha estado inundada hasta hace pocos momentos. Pasamos a la de Genets. Allí encontramos una silla, en la que Annick se sienta. Es consciente de que no es silla puesta allí para ella, que tan buena marcha lleva, puesto que es una andarina avezada y esta silla es para personas “agees”, entradas en años. En ella se pide que no la cambien de lugar. La fotografío vacía, con el texto en que indica lo dicho y que es para mayores.










 


Île de Illiec. Lindberg.
Es así como llegamos a la isla de Illiec. Annick va bien pertrechada para la marcha y disfrazada de Caperucita Roja. Ya se aprecia la marea baja, ya que algunas barquitas ya se apoyan con sus panzas sobre los fondos marinos. Las orillas son de piedras sueltas. Pocas playas de arena encontramos y las rocas todavía están humedecidas porque no hace mucho que han estado cubiertas por el mar. Pronto llegamos a la casa en que vivió Charles Lindberg. El primer aviador que sobrevoló el Atlántico en 1937.

 


Saco una foto de esta casa, que más bien parece un palacio, y otra vista desde el otro lado, con la explanada que da al mar y la hierba bien recortada. Aunque la casa parece cerrada y sin uso, lo bien recortado del césped da la sensación de que estuviera en uso. Sería un bonito lugar para poner un museo y explotar la efemérides del intrépido aviador.








También podría incluir una biblioteca con Saint Exupery como protagonista. Aquí también el roquedal es majestuoso. Después bordeamos otros pequeños islotes y llegamos a île de Levrettes. Es así como llegamos a la última, la de Saint Gildas.


Île de Saint Gildas. Caballos religiosos.
Ya en Saint Gildas Annick me enseña el monolito donde se recibió el primer mensaje que envió Lindberg, tras lograr la hazaña. Un gran muro separa unas construcciones del camino. Así llegamos a la capilla de Saint Gildas. El “clocher”, campanario, está cubierto de hiedra, de la que se libra por poco la campana. Lo más curioso de esta capilla me lo cuenta mi amiga. Un día al año, también con la marea baja, llegan caballos y caballistas, yeguas y amazonas que, indistintamente, pueden galopar en macho o hembra. Ese es un día especial para los equinos, puesto que el cura, les da la comunión.
 


No sé si es su Primera Comunión, o pueden reincidir. Annick me cuenta que su yegua se negó a comulgar y, al año siguiente, ya se había muerto. En descargo de crédulos, también me cuenta que otros caballos que habían comulgado, habían muerto igualmente. Hoy la capilla está cerrada y también el jardín, así que no lo podremos visitar. Tampoco vemos a nadie que nos la pueda abrir. Descubrimos dónde está la placa conmemorativa del centenario del premio Nobel de Medicina de 1912, Alexis Carel. Salimos al exterior y adelantamos al tractor que se ha encargado de segar la hierba del prado donde suelen aparcar a los caballos el día de la fiesta. Annick me cuenta anécdotas de su Lulú. De un día que casi les tira al fango y les baña vestidos sin querer hacerlo.
 
 
Saco foto de la casona principal de la isla.

Le dejeneur sur l’herbe.
Buscamos un sitio tranquilo y comemos la ensalada de lentejas que ella ha preparado en casa, con aguacate, tomate, huevo duro y el pescado que sobró ayer. Más aceite de oliva virgen y vinagre balsámico, resulta una comida potente para los esforzados caminantes que somos ambos. Nos reconforta. Comemos apoyando nuestras espaldas en una piedra. Annick, para animarme, me dice que en las piedras puede haber serpientes, víboras. A lo largo de la mañana, ha habido amagos de lluvia bretona, en ratos breves y con baja intensidad. Ahora, durante la comida, brilla el sol. Lo peor del camino ha sido lo farragoso para avanzar por las zonas húmedas y cenagosas, cuando no había apoyo en las piedras. El regreso será más fácil, al estar el camino más seco.

Regreso a Le Gouffre.
Sin mucho que contar del camino de regreso, al ser repetido y, en la segunda parte, tripitido por mí, llegamos a casa. Cogemos unas patatas pequeñas sembradas en el huerto, a la derecha de la entrada. Hoy vamos a tener otro pescado para cenar, que Annick llama “bar” y que equivale a nuestra lubina. En esta ocasión se trata de una gran lubina, no es lubina de ración habitual oferta de nuestras piscifactorías. En esta ocasión, no sé si será lubina salvaje. Mandamos mensaje a Marion y Unai para darles la enhorabuena por Armel. Mientras el horno pone a punto nuestro pescado, escribo, miro el mapa para ajustar nuestro recorrido con el nombre de las islas por las que hemos pasado y Annick me ayuda a resolver las dudas. Como aperitivo, comemos lo que me sobró de tortilla y escancio sidra con el tapón adecuado que le regalé ayer. Mañana comeremos en Guingamp, en el restaurante próximo al río Trieux en que ayer no pudimos tomar la cerveza. Para tener la certeza, ella llama para hacer la reserva. A las 19:30 horas está lloviendo y el mar ya ha subido considerablemente. Un inciso: Lu, la yegua, murió en 2010, a los 38 años y, hablando de años, me aclara que Florence, su ahijada, el pasado año no cumplió 21, sino 22 años. El hermoso pescado lo ha metido al horno como papillote. Le ha costado cortar y limpiar la tripa pues, su inadecuada tijera ha tenido que ser ayudada con el cuchillo de cortar el pan. El pescado no ha sido desescamado y me tengo que quedar sin comer la piel que tanto me gusta, quizás en papillote, me guste menos. Este pescado es mejor que el de ayer pero, sin sal y cerrado por un papel que lo aísla, pierde la gracia de cualquier otro, incluso de inferior calidad, hecho al horno o a la brasa. Las patatas enteras con piel, se pueden comer gracias a la mantequilla. Luego comemos la ensalada con los tres quesos. El que más me gusta es uno que se parece al de Idiazabal. Como hoy ha sido el primer día de caminar, estoy cansado. Creo que habremos andado unos 30 kilómetros. El pisar piedras y cieno no ha sido especialmente agradable, aunque el paisaje ha sido bonito y esta forma de caminar entre islas y por ellas ha resultado interesante y una experiencia novedosa. Me alegra haberlo hecho en compañía, puesto que solo yo creo que nunca lo hubiera intentado. Annick también se va a su cuarto. Nos despedimos hasta mañana. Para las diez y media ya me estoy lavando los pies y metiéndome en la cama. Primero me he dedicado un rato a borrar todas las fotos que tenía en la tarjeta de la cámara de fotos. Está la cámara así lista para las siguientes, como si la hubiera formateado. A las once saco una foto desde mi almohada con el otro frente de la habitación, donde se puede ver la trampilla que cubre el hueco de la escalera y que yo ni me molesto en bajar. Duermo bien y me levanto sólo una vez para bajar a orinar.


Viaje a Bretaña


307.4 11 de junio de 2013. Viaje de Hendaia a París y de París a Guingamp.
Me despierto con la alarma a las 5:50 horas. Orino, me afeito y guardo la máquina en la mochila. Ya está completa y la puedo cerrar. Me voy pesando. Primero desnudo, luego vestido, después sólo con la mochilita y, finalmente, con todo el equipo de viaje. Dejo preparados los deberes. Las restas las haré al regreso. Así sabré el peso que pierdo en el viaje que, normalmente, suele ser de siete kilos y medio. Ayer dejé la bolsa de basura cerrada y preparada para bajarla hoy. Desayuno. Ahora cierro la llave de paso del gas, para evitar accidentes en mi ausencia, pero olvido bajar el interruptor de entrada de la electricidad. Ayer dejé abierto el frigorífico, vacío y sin hielo, para que no coja mal olor. Espero que el agua sobrante de la descongelación del hielo se evapore sola y no moje el techo de los vecinos de abajo. Olvido bajar la basura. Quedará haciéndose compostaje casero, antes de que se ponga en marcha el nuevo sistema. Me doy cuenta en el ascensor, pero ya voy algo justo y no me quiero arriesgar a perder el tren. 
 
Son pasadas las 6:18 horas y tengo un cuarto de hora para llegar a la estación, la Gare de SNCF. Con los problemas derivados de la pérdida de la mochilita, que retrasó mi regreso a casa, se ha quedado sin hacer la limpieza que había previsto: barrer y fregar el suelo. Otra tarea para la vuelta. Además de las mochilas, llevo en una bolsa una botella de sidra, otra de txakolí, dos obsequios vascos para Annick, con el fin de comparar con la sidra bretona. En la misma bolsa va mi comida del mediodía: tortilla, pan, y los quesitos en porciones que me habían sobrado. Además llevo tres dientes de ajo, un limón y la mermelada de naranja sobrante. Como tentempié para el viaje: pipas de calabaza y dátiles. Menos mal que, aunque Telecom cierra los lunes, los de la competencia de Orange, ayer me resolvieron el problema de comunicación con móvil. No llevo el mismo sistema de tarjeta que el del año pasado, pero es similar.

Francia Atlántica II parte. En el tren. Larry.
Después de un pateo de un cuarto de hora, llego a la estación de Hendaie. El tren ya está colocado en la vía que indican en el panel. Introduzco el billete en la canceladora de la entrada y busco el coche 23. Me toca de espalda. Escribo. Abandono la escritura llegando a la estación de Bayonne. No bajo. Si no, parecería que retrocedo al verano de 2006, cuando cogí el autobús a Saint Palais, Donapaleu, para comenzar el Camino a Santiago que, finalmente, se convirtió en la vuelta a la península. A lo largo de la mañana voy viendo grandes charcas de agua y, aunque no me preocupan de primeras, sí cuando a las 8:30 veo varios caminos inundados. Poco antes de llegar a Bordeaux, voy al retrete y cago.
 

Como ha sido grande el madrugón, no he tenido tiempo de dejar el regalito en Irun. Me desprendo de lo sobrante y mi cuerpo me lo agradece. Antes de volver a mi asiento, me acerco a la familia que ya había montado cuando yo he llegado. Están en el departamento contiguo, justo detrás de la puerta. Había intuido que iban a Euro Disney y acierto. El niño mayor no tiene más que ocho años y sus padres creen que no perderá nada fundamental por faltar unos días a clase. Me despido de los bilbaínos hasta más tarde y entrando en Burdeos me voy a mi asiento. Allí monta mucha gente. Iré con Larry hasta París. Charlaremos de todo un poco. Poco antes de llegar a destino, una señora que, por lo visto, y oído iba detrás, me dice que está prohibido hablar por móvil (“portable”, dice) en el tren, y que también ir hablando sin callar. A Larry no le dice nada. ¿Habrá pensado que he venido hablando yo solo? Creo que esta mujer puede estar dando muestras de hispanofobia, fobia al castellano, o a mi incorrecto francés. Tampoco le dice nada al chico que está al otro lado del pasillo y que ha tenido alguna intervención breve en la conversación. Me dicen: “no le hagas ni caso”. Larry se define como “vago por naturaleza”. No ha conducido nunca, ni tiene carnet de conducir. Es hijo de francés y burgalesa. Le gusta más el frío de Burgos que el calor. Lleva una Tablet pero, como el TGV no facilita conexión a Internet no podemos entrar en Google para localizar el cementerio de Montparnasse, que es el más próximo a la estación de París. El de Pere Lachaise, más interesante, queda demasiado lejos y no tengo mucho margen para coger el tren que, con dirección Brest, me llevará a Guingamp, donde me espera por la tarde Annick. Hablamos de mi viaje y de su trabajo. Es encargado de la organización de los análisis de un laboratorio. La edad de Larry se sitúa cercana a la cuarentena, pues me dice que está cercana a la de mis hijas. No tiene novia, ni intención de tenerla. Quizás sea por vagancia, por no hacer el esfuerzo de buscar y encontrar una. En la familia de la madre hay ocho hermanos y, por tanto, tiene muchos primos en España, entre Burgos y Valladolid, y alguno más en Francia. Pero él, por contraste con tanto familión, es hijo único. Vive independiente, pero haciendo muchas visitas a sus padres, en las afueras de París, “a banlieue”, como suelen decir. Al bajar, cogerá un tren de cercanías y nos despedimos. Larry me ha proporcionado un viaje ameno. Llegamos con 20 minutos de retraso y la megafonía da muchas instrucciones para aquellos que tienen que hacer conexiones con otros trenes, informando del andén en que están estacionados. Yo no me preocupo, puesto que mi tren no estará en vía hasta la tarde.


París. Cimitier de Montparnasse.
Llega el tren a París y, como vamos en el vagón de cola, nos toca patear todo el andén, de rabo a cabo. Nos cuesta mucho llegar hasta el final de la estación, un edificio que me parece desmerece la categoría que requiere la capital gala. Como el retraso me ha reducido el tiempo y estoy empeñado en comer en el cementerio, pregunto por la dirección que debo coger para llegar al de Montparnasse. Casi nadie sabe donde está. Una mujer me dice que no sabe pero, se lo piensa mejor, y me orienta en la dirección correcta. Dos mujeres, que van en esa dirección, me dan las pautas finales que me permiten llegar. Paso por la puerta de entrada, donde leo algo de Municipal, pero ni me entero de que ya estoy en el cementerio. Tenía que haber entrado por esa puerta, por la que luego saldré, pero continúo por el exterior de toda la tapia que protege a los muertos, sus tumbas y mausoleos. El paseo lo hago por la acera, con carretera de mucha circulación, no en vano estamos en París, y entro por la siguiente puerta.
 

Las mujeres no me han dicho que ya había pasado la puerta. Pensarían que la tumba que busco estará más cerca de la otra entrada. No saben que no busco ninguna tumba, sino un sitio adecuado para comer. Efectivamente, acabada la tapia, hay otra entrada. Ahora, obligado por las tumbas próximas a la muralla, mínimamente separado de ella, inicio el recorrido casi inverso, pero ahora por dentro del cementerio. Cuando llego más o menos a la mitad, paro ante un pequeño mausoleo. En él pone Missions Etrangeres. Me parece un lugar apropiado para que pare a comer quien está pretendiendo caminar por las costas europeas. Aunque el concepto de misión, me recuerda a las misiones de catequización de la iglesia del franquismo, la palabra misión también tiene connotaciones para lograr la excelencia en la calidad, unida en la trilogía: misión, visión y valores. Bueno, el caso es que he encontrado mi restaurante en estas Misiones Extranjeras. Descargo mis mochilas, orino contra la tapia y comienzo a comer mi tortilla de patatas. Aunque ayer ya congelé el pan abierto, no la como en bocadillo. Saco foto del lugar, donde se puede apreciar la poca lejanía de la tapia. 

La tortilla la como con tenedor de plástico. Este año el equipaje va protegido por una funda naranja, muy llamativa, que cubre mi mochila y que también, por esa misma intensidad naranja, me protegerá a mí cuando camine por carretera. La otra bolsa de plástico, desaparecerá de mi equipo para cuando comience a caminar. Bebo agua del Añarbe. Terminada la comida, me encamino hacia la primera puerta, la más próxima a la estación, y saco alguna foto más del cementerio. Tumbas sencillas, catafalcos familiares, sin la elegancia y belleza del Pere Lachaise. Como la foto está orientada hacia el lado paralelo a la tapia en que estoy próximo, se pueden ver los árboles que circundan el cementerio de Montparnasse. Ahora llego a la puerta de salida, por la que no he entrado al llegar y donde veo alguna dependencia municipal, probablemente de mantenimiento del “cimitier”. Por allí abandono a los enterrados y les dejo tranquilos. No les ha despertado ni el aroma a tortilla de patata con cebolla. A pesar de mi vanagloria, compruebo que mi apreciada tortilla no tiene el poder de resucitar a los muertos.

Tren a Brest. Benoit.
Si el tren que me ha traído a París, finalizaba en la estación de Montparnasse su recorrido, el que cojo por la tarde finalizará en Brest. Pero yo no voy a llegar hasta allí, ni podré visitar al restaurador enamorado de la bilbainita que ten bien me dio de comer el verano pasado, sino que bajaré en Guingamp, de acuerdo con las instrucciones de Annick.
 
Cuando saqué el primer billete, el lugar de llegada iba a ser Saint Brieuc, a donde llegué el pasado año y de donde pienso abordar la continuación de éste. Pero Guingamp queda más cerca de Plougrescant, domicilio de mi amiga acogedora, y es la razón por la que cogí otro billete de ida y vuelta Saint Brieuc-Guingamp-Saint Brieuc. El regreso a Saint Brieuc lo haré dos días más tarde. Intento hablar por teléfono con Annick, pero no me responde al fijo. Cuando llego a la estación, el tren se encuentra situado en la vía 2. Me corresponde el coche 20, que está al final, junto a la máquina de tracción. Pero ahora los últimos vamos a ser los primeros. No tengo suerte y me toca ir de espalda a la dirección del tren. Saco foto del andén de Montparnasse, con TGV estacionado en otra vía. Apenas ha pasado un cuarto de hora desde que he salido del cementerio. Conmigo se sienta Benoit, arquitecto de profesión y con trabajo. Es aficionado a las motos. El último fin de semana participó en la organización de un campeonato de Triatlón. Me dice que el campeón del mundo es un español, Toni “nosecuantos”, no retengo el apellido. No es deporte al que encuentre ningún atractivo y sólo me suelo fijar en el periódico, en Moto GP, la pugna entre Rossi, Lorenzo y Pedrosa. Más por la rivalidad que por el deporte en sí. De los tres, el que mejor me cae es Pedrosa. Los otros dos me parecen unos showman. Por otro lado, me parece insufrible el ruido de los motores. Me ocurre igual con en el automovilismo. Benoit viene de Valence, que está en el entorno de Lyon. Está en la montaña y, esta mañana, a las 7:30 horas, su pedre le ha llevado en coche desde Valence hasta Lyon. Va a bajar conmigo en Guingamp. Me dice que el tren sólo va a hacer tres paradas: Rennes, Saint-Brieuc y la nuestra.
 
La conversación con Benoit no es fácil, la pronunciación de su francés es muy cerrada y me cuesta comprenderla. No se muestra muy dúctil para buscar palabras alternativas, que signifiquen lo mismo, y que me permitan entenderle mejor. El vecino de pasillo entiende algo el castellano. Va haciendo Sudokus y de vez en cuando ayuda a que nos entendamos mejor. Durante el recorrido, saco una foto experimental del paisaje en marcha. Una pareja juega al ajedrez. Él es muy alto y sus piernas apenas caben pajo la mesita abatible. Ella me parece española, pero no tengo argumentos consistentes como para sostener que lo sea realmente. Cuando algún peón cae al suelo, es él quien lo busca, de rodillas. Es entonces cuando ella prefiere decir: uno, dos, tres…, que un, deux, trois… Quizás eso sea lo que confirma mi intuición de que sea hispana. Cuando él coge su mochila, casi se cae sobre la mujer de delante. El marido ha entrado al tren con una coleta, especie de pompón cardado que, al apoyar la cabeza en el asiento, se le ha aplastado. Cuando bajan en Rennes, la coleta-pompón, está aplastada y hacia arriba. Da una imagen bastante ridícula de él. Llegamos a Saint-Brieuc, no veo el mar, pero la “gare”, la estación, me resulta ya familiar. En ella inicié el retorno a Hendaye el año pasado. Durante el viaje hay mucho momentos de silencio y observo el paisaje, que pasa a gran velocidad, a la misma marcha que el TGV. Saco una foto experimental y enredo con el menú que ofrecen con escaso éxito de demanda. Llegando a la estación de Guingamp me despido de Benoit.


Guingamp. Annick.
Paso al andén por debajo de las vías y enseguida veo a Annick esperándome dentro de la estación. Nos abrazamos, damos cuatro besos y nos acercamos al coche y cargo mi mochila en la furgoneta. Avanzamos por zona peatonal y aparcamos en una plaza que tiene un arbolado circular. Tiene un bonito empedrado y, hacia el otro lado, una fuente que está protegida rodeada de cadenas. Y no son las de Navarra. Al fondo, se puede apreciar la hermosa iglesia catedral que, a lo largo de la tarde, la veremos desde distintas posiciones.
 

En esta plaza hay dos edificios que me llaman la atención pues, aunque mantienen la misma factura de las casas bretonas, son muy dispares. Una tiene su viguería entrecruzada de la fachada en tonos ocres rojizos y la otra en azulados. Las ventanas también son similares y el entramado permite más o menos, según el piso. Seis en el primero, siete en el segundo y tercero y tres en el último. La azul es más uniforme. También es más baja. Además de estas dos casas típicas, hay otras más recias de piedra de sillería que, junto con la catedral y el castillo, dan una idea de la importancia del lugar. En una de esas casas tienen una vivienda los amigos de Annick que conocí el verano pasado. 









Salimos del casco y paseamos cerca del río Trieux, que ya conocí el verano pasado cuando pasé el puente en Lézardrieux camino de Kergrist y Paimpol, el día que me encontré el bastón y los gendarmes me ofrecieron su show. La única diferencia es que aquel Trieux estaba más cercano a su desembocadura y aquí más al interior.
 

Aquí, una pequeña cascada permite la regeneración de las aguas, purificándolas. Para pasar al otro lado han construido un puente peatonal de madera, que nos invita a cruzar por él. Algunos patos muestran, con sus patas membranosas de palmípedos, sus habilidades natatorias. Tras sacar fotos del puente peatonal y del que sirve para que pasen los vehículos, con cascada en dos tiempos, paseando y hablando de mi viaje y del programa para estos dos días, nos vamos por el río hacia el molino. Allí encontramos a un chico que ha encontrado un lugar desconectado del mundo para pescar tranquilo. No ha pescado nada, pero es un chaval persistente. Está más pendiente de nosotros que de pescar. 

Vemos unos patitos en el agua y, después, a mamá pata. Encontramos a un señor al que Annick conoce de algo y le cuenta pormenores de mi viaje, pasado y por venir. En el entorno del puente peatonal sobre el río Trieux y con vistas a él, hay un sitio en que Annick pensaba invitarme a tomar algo, pero sólo funciona como restaurante. Volvemos a la plaza y en un bar tomamos, yo una cerveza bretona, que cuesta 4,10 y ella una Perier (2,40), ya que tiene que conducir. Pago 6,50 €. Me va a servir para cuidarme de pedir más cerveza a ese precio. Menos mal que no me quedan muchos días de estancia en Bretaña pues, tras Ille el Vilaine, ya entraré en Mormandía.
 


Después de la bebida nos despedimos de Guingamp, nos montamos en el coche y nos vamos hacia Plougrescant, pasando por lugares conocidos. Dejamos de lado el puente que va hacia Paimpol. En Tréguier pasamos los puentes que yo pasé sobre La Joudy y La Guindy. No me acostumbro al femenino de los ríos franceses.

Plougrescant de nuevo.
Llegamos a Plougrescant y dejamos de lado la iglesia de la torre torcida para compensar. Ya os la ofrecí en el reportaje del pasado verano y no me quiero repetir. Este año está siendo restaurada su fachada exterior. Annick debe resolver un tema con unos vecinos que alquilan una “gite”, casa de vacaciones, para familia de amigos.
 
Mientras ella hace la gestión, yo paseo por los alrededores. Por un camino, entre matorral y helechos, me asomo al mar y veo los islotes característicos de la zona. No me hago a la idea de la excursión que Annick me ofrece para mañana. Me ha dicho que caminaremos por islas y no creo que estos islotes puedan ser transitables a pie. Luego me asomo a un campo segado y cuya hierba ya ha sido recogida y enfardada en rodillos. Desde este lugar, veo el mismo mar con similares características que en la otra foto. Annick ya ha hecho la gestión. Llega gente que quiere comprar “galettes”, crépes, en la Crepería, pero martes y miércoles está cerrada. Annick me presenta y saludo a los del “gite” y me informan de que hay otras que también alquilan habitaciones. Habitación y cama. El pasado verano lo intenté en vano, pero este año ya tengo cama en casa de Annick.

Le Goufre.
Llegamos a la casa. La marea está alta. Annick tiene su kayak en la terraza. Ella prepara el pescado para meterlo al horno, le pone limón y lo envuelve con algas planas. Aprovecha el limón que he traído y hace les “haricots”, vainas redondas, con mis dientes de ajo. Le he dado las botellas de txakolí y de sidra vasca y parece que le ha gustado el regalo. También el kaiku que le he traído, hecho por artesanos del Baztán con madera de abedul, y pone interés en las explicaciones que le voy dando. Soy poco amigo de las tradiciones que no dejan avanzar, pero también soy sensible a que, una vez de que nuestros mayores dejen de hacer artesanía, estos elementos definidores de una época de ordeño en los caseríos vascos desaparecerán. A los jóvenes no les interesa aprender este oficio que resulta trabajoso, no es rentable y sale caro. Hay pocos compradores que lo demandan debido a su elevado precio y que no sirve más que de adorno. Algún caprichoso encarga una docena para presentar el ellos la “mamia”, leche cuajada pero, ¿quién hace “mamia” en casa? Pocos. Mi madre la hacía, pero ya murió. Annick a precalentado el horno y mete dentro el pescado. Mientras comemos como aperitivo “maquereaux”, caballa, verdel, en escabeche y queso a la pimienta. Bebemos un vino francés de características similares al de Porto. Quizás sea algo más suave. Es de Banyuls, en el Mediterráneo francés, por donde ya pasé camino de Collioure en 2010, el año en que finalicé la vuelta a la Península Ibérica. Lo trajo ella de allí, cuando hizo su viaje entre Collioure y Cadaqués. No sé si visitaría la tumba de Antonio Machado. Pasamos al pescado que, para mi gusto, es muy soso. Creo que lo ha llamado “lieu o láeu”, pero no lo puedo asegurar. Gracias a las “haricots” al ajo y a los macarrones que lo acompañan, se deja comer. Las ostras están exquisitas. Ella come cuatro y yo ocho, sobre las que exprimo mi limón. Acompañamos la cena con un vino tinto muy rico. Hemos cenado muy a gusto y nos vamos a dar un paseo por “le goufre”, el abismo. Llamo a Vera a las 23:30 horas. Ya se ha enterado de la peripecia de última hora con mi mochila y el resultado final feliz. Está ya oscureciendo pero, como Annick conoce el camino, yo voy tranquilo. Caminamos con seguridad por las rocas. Un holandés saca fotos nocturnas, con cámara muy sensible. Está haciendo lo que él llama foto experimental. En otras palabras: a lo que salga. Cuando regresamos, él también nos acompaña y Annick le cuenta que voy caminando hacia Holanda. Son las 23:30 horas cuando regresamos a casa. Cada uno en su cama. La casa consta de dos edificios. El pequeño tiene baño abajo, y una escalera que sube a la gambara abuhardillada. Mañana la fotografiaré con buena luz. Me lavo los pies y me acuesto desnudo y sin bajar las persianas de los luceros. Quiero despertarme mañana con la luz del día. Estoy cansado y duermo muy bien. Mañana será otro día. Otro día muy movido, ya que Annick me va a llevar por las islas que dejé de lado el pasado año frente a Port Blanc. Este recorrido precisa la colaboración de las mareas, ya que sólo lo podemos realizar durante la bajamar. Nos tenemos que acoplar a ella. Lo podría meter como una etapa más de 2013, pero la considero sólo un ejercicio de preparación, de entrenamiento, puesto que la Côte d’Ajoncs, de las aulagas, ya la finalicé el pasado verano.